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Por MARTÍN LORENZO PAREDES APARICIO /

Populismo

Hay escarcha en la ventana —cristal helado— en una noche de invierno, bello y triste. Un silencio roto por el aire de la montaña; una ciudad angustiada por su propia existencia. Al lado, en un balcón del pasado, una bandera colgada, bastión de un antiguo dragón aún dormido, aunque parece querer despertar. No alimentéis su fuego, desobedeced el destello de su mirada, su arcoíris es el más hermoso. Si sois cautivos de sus flechas, alarmaos y echad a correr por campiña, que nos os encierre en la montaña. La calle empapada, agua distraída, perdida en las esquinas, raudales  en los que nace el alba. Ríos de asfalto que detienen el tiempo. Un joven pasea sin paraguas. Le habla a la lluvia, a la piedra. Su voz son las palabras de nuestros abuelos, de nuestros padres. Su camino es claramente el nuestro: el retiro al rincón más oscuro para hallar la angustia de existir, la voz del Creador que siempre nos escucha, pero solo a los puros habla. Al borde del sendero, el muchacho encuentra la respuesta. Su palabra mira más allá, al cielo que pronto lo reclama.

Libertad

Duermen los recuerdos en la montaña que llamabais «Nuestra». En las noches en que la sombra de él se llenaba de la bondad de la luna. Pero la sombra se destruyó y no fue por tu culpa. Se arrojó al pozo de los sin nombre. ¡No te atormentará más! No imaginarás tu mirada en la fosa de un sepulcro excavada: tus manos entrelazadas no resistirán el sufrimiento de tu pecho. La rosa de la paz nacerá de tus ojos. Correrá el agua por los ríos y los álamos moverán como banderas sus ramas, para dar la bienvenida a tu nueva vida. Piensa en ella, cuando en las mañanas de invierno roce tu cuerpo con sus tiernas manos. Mira sus ojos y escucha su tacto entre las sábanas. La sombra se quedó en la montaña. La luz del mediodía es tu sol de la esperanza.

Foto: web.ujaen.es

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