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Por JAVIER LÓPEZ / Desde la Revolución Francesa las revueltas parisinas aportan literatura de autoayuda, subgénero del que en España son referentes tanto Rodríguez Zapatero -Ser socialista es tener poco y dar mucho- como Peret -Canta y sé feliz-. Entre las frases acuñadas por la muchachada gabacha sobresalen las de Mayo del 68, período que, en opinión de Trump, ha transmutado ahora en Primavera Árabe, como si debajo de los adoquines en vez de la playa estuviera Irán.

Los insurrectos no son sólo esos inmigrantes de tercera generación que añoran Teherán porque no tienen que empadronarse en ella, sino un gentío variopinto que, como acreditan los escaparates rotos, defiende causas justas de manera injusta. Un gentío unido por su adicción a la violencia y hermanado por la falta de higiene. Está por ver que el olor tenga ideología pero resulta evidente que el principal enemigo del antisistema no es el estado de derecho sino el champú.

Huelan como huelan, los antisistemas saben que cuesta más construir un chaflán que levantar una barricada y que es más fácil prender fuego a un ayuntamiento que aprobar un plan general de ordenación urbana. Esa propensión a lo simple explica que para justificarse recurran a la metáfora del tornillo, según la cual la izquierda libera y la derecha aprieta. El problema es que, de ser cierto, en China, Corea del Norte, Nicaragua y Cuba las ferreterías no están a la altura.

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