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Por JAVIER LÓPEZ / Soy de los que aplauden cuando el avión toca tierra. Y a partir de ahora rendiré tributo a Peret y sus gitanos cada vez que llegue en tren a la estación de Atocha. Sobre todo después de que Óscar Puente haya normalizado las incidencias ferroviarias. El ministro asegura que en cuestión de averías somos europeos y aclara que la responsabilidad del accidente de Urda es del centro de control, lo que viene a ser como culpar del origen de un tusnami al aleteo de una mariposa.

La teoría del caos le viene muy bien a Puente para eludir responsabilidades, pero cuando la metáfora es literal cuesta quitarse el muerto de encima. Las familias de los 69 fallecidos y la España del farmacéutico tienen claro que la falta de inversión en seguridad está detrás de la catástrofe. Y están espantadas de que el ministro cuestione el consuelo que produciría su dimisión a quien ha perdido, por aberrante orden decreciente, un hijo, un padre o una pierna.

A ellos les consolaría. Otra cosa es que consuele a Sánchez, quien, consciente de que un país bananero requiere unos servicios bananeros, respalda al ministro que mejor entiende que sus deseos son órdenes. No digo que el deterioro de la alta velocidad haya que entenderlo como un objetivo del Gobierno, pero lo cierto es que quien gasta el dinero en levantar un muro para dividir españoles deja de gastarlo en informática, raíles y señalización lateral para conectar españoles.

Esto se paga en las urnas. El siniestro, de hecho, ha roto la optimista táctica de campaña iniciada con el beso de la flaca y proseguida con mira quién baila. Ahora los asesores del presidente tienen que empezar de nuevo. Ellos, que son más de 8/5 que de 24/7, han de trabajar día y noche para salvar a Sánchez. Estaría bien que por respeto a las víctimas los estrategas del partido del amor no cambien las camisetas rojas de los mítines por otras de color rosa chicle. Capaces son.

Foto: Trenes llegando a la estación de Atocha.

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