Por JAVIER LÓPEZ / Carezco de aptitudes para ejercer el oficio de contador de nubes o de cazador de eclipses, profesiones que, como el periodismo, son idóneas para quienes se ganan la vida sin trabajar en exceso. Para contador de nubes me faltan trigonometría y primarias y para cazador de eclipses, cuento y fusiles. En compensación me sobra sentido común, lo que motiva que no pague hoy por observar a las ocho la oscuridad que un par de horas después contemplaré gratis total.
El eclipse está sobrevalorado. Yo me gastaría cien de los grandes por observar un conato de Big Bang en la 42 esquina con la Séptima. Y me entramparía por ver el modo en que el Ku Klux Klan sucumbe ante un agujero negro en el Mississippi. Incluso desembolsaría un millón de rublos antiguos por escuchar en cualquier comarca rusa, a excepción del Gulag, la sintonía de las ondas gravitacionales, esa cadena Cope cósmica en la que el bosón de Higgs ejerce de Carlos Herrera.
Pagar una pasta, sin embargo, para ver el eclipse desde un balcón de Tarragona me parece digno del tercer género, que no es el elle, sino el tonto. Soy consciente de que ando de sensibilidad sensorial como de fondos buitre pero mi recelo ante el panteísmo está justificado: mis años de jornalero madrugador cursan en contra de la supuesta carga poética de los amaneceres. Esta pérdida de lirismo explica que al observar el firmamento no ponga nunca mirada de comanche.


