Skip to main content

Crónica fervorosa de vivencias y sentimientos en un viaje iniciático para profundizar la fe.

Por José Calabrús Lara /

I INTRODUCCIÓN

Viajar y Peregrinar.

Reconozco que he viajado mucho y peregrinado poco. El viajero visita lugares, ciudades, territorios, países, con los ojos bien abiertos y capta con ellos y la ayuda de otros sentidos -oído, gusto, incluso el tacto- paisajes, objetos, personas, realidades y sensaciones que va almacenando en su memoria e incorpora al acervo de sus experiencias y conocimientos para después evocarlos, recordar o hacer uso de ellos.

El peregrino, en cambio, sabe predeterminadamente a dónde se encamina, aunque no conozca el lugar y guiado por la fe, que ya tiene -pues es un don de Dios- busca con el corazón aprehender lo que ya sabe o intuye para ilustrar y fortalecer aquello en lo que cree. Peregrinar es distinto a viajar y más profundo, pues este viaje no se agota con ver ni conocer, usando todos los sentidos, sino que busca afianzar sus creencias. El peregrino tiene una razón, un motivo por el que lo hace y un fin que no es solo el conocimiento sino el deseo de incorporar a su vida espiritual cuanto vea, perciba o sienta. Si la peregrinación no cambia en algún modo a quien la hace y no mejora su relación con Dios, es estéril y no habrá pasado de un viaje más o menos piadoso.

Con esa actitud, cargado de años, he afrontado peregrinar a los Santos Lugares y de ello, a su fin, quiero dejar este testimonio de un viaje iniciático y religioso que lo ha sido con el mejor acompañamiento, mi compañera de vida tras cincuenta y dos años en común, dos sacerdotes y un grupo magnífico de paisanos creyentes y comprometidos, por cuyo solo conocimiento ya hubiera valido la pena.

Confieso mis reticencias a emprenderlo, quizás por una mala experiencia en mis años jóvenes con Roma; el primer viaje a la Ciudad Eterna, doctorando en Derecho Romano vulgar, con más conocimientos de la Instituta de Gayo y del Constitutum Constantini (la Donación que dio origen al poder temporal de los papas) que preparación razonada de la fe, fue fallido en lo religioso. Sin llegar al dislate del dicho “Roma veduta fede perduta”, la primera estancia me sumió en cierta reticencia sobre el devenir de la Iglesia. Hicieron falta años de maduración, experiencia, reflexión y hasta nueve viajes más a Roma, ya con otro talante, para entender a fondo el mandato del Maestro “Tu est Petrus” y sus consecuencias. Ahora, junto al lago de Galilea, lo he comprendido plenamente. Solo he visitado Tierra Santa cuando estaba anímicamente preparado para ello.

Viajar a Tierra Santa es peregrinar a la tierra de Jesús, buscarlo no solo en el contacto con la “piedra muerta” sino constatar las huellas. Cada rincón de esta bendita tierra tiene un recuerdo bíblico del Antiguo o del Nuevo Testamento, en ella vivieron los grandes amigos de Dios, patriarcas, profetas y el propio Jesús de Nazaret, su Madre, su padre, su familia, apóstoles y discípulos y otros “actores secundarios” de sus correrías.

Que ningún lector busque información turística, ni descripción y emplazamiento de sitios, monumentos o lugares a visitar, no los encontrará porque no es el objeto de estas letras. Cualquier guía turística o religiosa puede darle información completa; tampoco una memoria descriptiva del viaje ni el relato de estos días que están en la retina y la memoria de los que los hemos vivido, simplemente un relato sentimientos, experiencias y recuerdos personales vividos intensamente en una sucesión de “aquís”, difíciles de olvidar que reseño por si a alguien les pueden ser útiles. Considero un deber hacerlo porque el propio Jesús nos dijo: “Contad lo que habéis visto y oído” (Lucas 7, 22).   

El Grupo

Vi en las redes que la Parroquia de Santa María de mi pueblo preparaba esta peregrinación a Tierra Santa; algo me dijo que podía ser mi ocasión, hablé con Blanca y fuimos a ver a don Alfonso, que nos acogió aun siendo de San Pedro. Sabía que el año pasado, hicieron el Camino de Santiago con D. José Antonio, hoy Provicario de la diócesis, el párroco de entonces, del que surgió la idea de Tierra Santa y conocí el programa propuesto por los Padres Franciscanos de la Comisaría y Custodia de Tierra Santa, perfectamente diseñado por la agencia organizadora con el apoyo del infatigable Nacho (Ignacio Ortega) que estaba en todo. Era nuestro viaje; a medida no lo habría preparado mejor y felizmente nos decidimos, pues peregrinar no es tarea individual, mejor en grupo y si éste es una comunidad parroquial con sus pastores, mucho mejor.

Decía que nos ha dado ocasión a Blanca y a mí de conocer a muchos amigos y ha merecido la pena; son un ramillete de jóvenes parejas y menos jóvenes, solteros, viudas, familias y conocidos, cristianos convencidos que han hecho fácil la convivencia y entre todos hemos favorecido el ambiente para aumentar y ahondar en la fe que llevábamos y que ahora intuyo ha cambiado a mejor por la común experiencia de la cercanía de Jesús que hemos encontrado y percibido en cada esquina del camino. La sensación de acogida y pertenencia ha sido total desde los primeros momentos; “hemos estado como una gran familia”, han dicho Jose y Manolo; o como escribe Carmen: “el Señor nos ha regalado una comunidad como la que él eligió para entrar en comunión con el misterio”. “Un grupo maravilloso de personas -dice Mamen- que unidas en la fe, hemos vivido esta experiencia, cómo no, desde la fe, pero también desde la amistad, la unión, haciendo comunidad”.

Y el colofón, una joven peregrina, Irene, tan bella por dentro como por fuera, lo ha escrito de forma inmejorable, por ello hago mías y tomo prestadas sus palabras: “Solo el Señor sabe sorprenderte más aun de lo que podías imaginar. Porque no solo tocaba mi corazón con cada sitio que íbamos visitando, con cada evangelio que leíamos en el lugar exacto donde sucedió con cada Eucaristía; acompañaba todo esto con el cariño, amabilidad, ayuda y acogida de cada uno de vosotros. Desde el primer día hasta el último habéis sabido compartir con nosotras vuestras alegrías, debilidades, vuestro tiempo y vuestro cariño. Gracias de corazón por unirnos a vuestra preciosa comunidad”.

Qué decir de “nuestros” sacerdotes José Antonio y Alfonso. Cada día, en la Eucaristía han tenido la palabra exacta, precisa, breve y contundente para ponernos ante el misterio conmemorado en cada uno de los ambientes; y no solo palabras, gestos, miradas que vivían y hacían vivir el momento. Ellos han logrado que palpemos lo sagrado de cada lugar y percibamos casi físicamente la presencia de Jesús. No puedo olvidar a “nuestro” seminarista, dispuesto siempre a servir el pan y la palabra, a ayudar y ser útil. Le auguro que será un buen sacerdote, que falta nos hacen.

Fray Agustín Pelayo OFM, nuestro guía, no solo turístico, un personaje abierto, simpático, de curioso sentido del humor de allende los mares, de una fe recia, mucha de ella adquirida “por absorción” de su paisaje vital desde hace veinte años. Desde el comienzo nos mostró el camino: teníamos que “desaprender para volver a aprender” para adquirir esa nueva visión que da a las Escrituras el conocimiento del “Quinto Evangelio”, que es Tierra Santa. Con un ejemplo puede entenderse mejor: María tras recibir el anuncio del Ángel y con él la noticia de que su prima Isabel está encinta la que creían estéril, se pone en camino no solo para ayudarla, sino con la esperanza de verificar la certeza de su propio estado. Al oírlo casi me pareció un dislate, que la esclava del Señor precisara de confirmaciones, o que, frente al silencio de José al recibir el anuncio, María preguntara al ángel. Tras repensarlo in situ, creo que es muy saludable acrecentar y verificar la fe, como María.

Del resto del grupo no puedo -aunque quisiera- hacer mención individualizada, sería muy largo, pues habría que ensalzar la disposición, entusiasmo y apertura de todos y cada uno de ellos para hacer completa justicia. He de confesar los temores de Blanca y míos de nuestra integración entre tantas personas jóvenes y animosas, que antes de subir al autobús de madrugada el día 21 ya se habían disipado. Siempre nos hemos sentido acogidos, distinguidos, ayudados y apoyados y con muchos hemos anidado una perdurable amistad que nos enriquece.

Un poco de historia. Dos mil años.

La historia, la geografía, la cultura, el arte polimorfo de esta parte del mundo, te sale al paso y tarea del peregrino es conocer el territorio del antiguo reino bíblico de Israel, donde Jesús nació, vivió, murió y resucitó; en la búsqueda de una nueva y renovada vivencia de Jesús para comprender mejor los cuatro Evangelios y tantas otras pías tradiciones conservadas y que integran lo que se han llamado “apócrifos”, con cierto desdén y que solo significa que carecen de la condición atribuida de verdades reveladas, lo que no equivale a falsedad o mentira. San Jerónimo (340-420) que viajó a Tierra Santa para traducir al latín las sagradas escrituras, la Vulgata nos dice: “entenderá mejor la Biblia, especialmente el Evangelio el que ha visitado con sus propios ojos los Santos Lugares”.

El peregrino no puede buscar -ni encontrar- todo como lo ha imaginado en sus lecturas evangélicas, sería una visión muy simple, infantil, en búsqueda de curiosidades ingenuas; ni Belén, ni el Calvario, ni el Cenáculo, ni la casa de José y María las va a encontrar “como antes”, ni como lo pensaron y plasmaron escritores y artistas. Han pasado más de 2000 años y el tiempo no perdona ni a los más Santos Lugares que, sobre todo Jerusalén, han sufrido ataques y cambios muchas veces por las diversas culturas que han ocupado y han ido cambiando y dejando indelebles sus huellas, unas sobre otras.

Por aquí pasó Roma en tiempos de Jesús, Poncio Pilato era el gobernador de Tiberio (Lucas 3, 1); las legiones romanas, siempre sofocando revueltas étnicas y grupales; el año 70, Tito destruye el Templo y el 130 Adriano, con visita personal incluida, se propuso acabar con el judaísmo y el incipiente cristianismo; para ello arrasa y borra la huellas de los lugares santos, erigiendo templos a sus deidades sobre los lugares de devoción y crea una nueva Jerusalén que con su peculiar urbanismo permitirá, cuando llegue en 313 Santa Elena, madre de Constantino, encontrar la cruz, el sepulcro, el calvario y la natividad bajo los templos paganos; el periodo bizantino, de predominio ortodoxo, es fructífero, se construyen las primeras iglesias y basílicas.

Invasión persa en 620, otra oleada destructiva que llegó a elevar un clamor de indignación en Occidente del que surgirán las Cruzadas. En 1099 Godofredo de Bouillon establece el Reino Latino de Jerusalén; seguirán hasta 8 cruzadas; la influencia latina es importante con numerosas construcciones civiles y religiosas y un elemento común: la fortificación. Los cruzados son expulsados en 1291 por el sultanato mameluco.

Los otomanos de Solimán el Magnífico en 1516 ocupan Jerusalén hasta la desaparición de ese imperio (1917), si bien durante el siglo XIX se percibe, por la debilidad de los sultanes cierta influencia de Rusia y con ella de los ortodoxos y más adelante de la iglesia latina.

El Mandato Británico tras la Primera Guerra Mundial de 1922 a 1948 es de esplendor en la recuperación de restos arqueológicos y reedificación de grandes Basílicas.

Los muros de Jerusalén en tiempos de Jesús abarcaban solo los montes del Templo y Sion; el Gólgota y el Sepulcro incluidos en la primera basílica bizantina quedaban fuera. La actual configuración, con ocho puertas, data de 1535.

Los sucesivos ocupantes de Tierra Santa: bizantinos, árabes, cruzados, mamelucos y otomanos despliegan por igual una tenaz labor de destrucción, roturación, construcción y acumulación de restos arqueológicos, centrados principalmente en Jerusalén; otros lugares como Galilea, el lago de Genesaret, el desierto, Jericó o Cafarnaúm han sufrido menos. Precisamente son estos paisajes, aldeas, montes y colinas, ríos y torrentes que hoy se pueden contemplar, los que permiten establecer una relación más directa con el tiempo en que vivió Jesús. Más que buscar la materialidad de las cosas, hay que buscar el entorno, el espíritu de Tierra Santa, que salta en cualquier momento y lugar y permite encuadrar en base a esos indicios y con los ojos de la fe lo que aquí sucedió.

En 1219 San Francisco de Asís viaja a Oriente para conocer la Tierra Santa pero se ve obligado a desistir; ya había sembrado en los primeros frailes menores la necesidad de cuidarlos y protegerlos de otro modo, no con el poder y la fuerza, sino de la sencilla presencia y acompañamiento y para ello la incipiente Orden crea “Custodias” en la zona. En 1333 con ayuda del Rey de Nápoles y su esposa la princesa mallorquina, adquieren a los musulmanes el lugar del Cenáculo en el Monte Sion y surge el primer convento, la primera comunidad. En 1342 el Papa Clemente VI promulga dos bulas para facilitar su labor y en 1347 se establecen en Belén junto a la Iglesia de la Natividad. En 1551 Solimán les expulsa y se recogen en Nazaret y el Monte Tabor, recuperados sus conventos son desde entonces Custodios y Guardianes de los lugares santos, sin más armas que la oración y la ayuda.

(Continuará)

Dejar un comentario