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Por MARTÍN LORENZO PAREDES APARICIO /

(Este texto se corresponde con el pregón que su autor, Martín Lorenzo Paredes Aparicio, ha pronunciado a mediodía de hoy en la Residencia Fuente de la Peña, exatando a una entrañable tradición de la ciudad, la del Cristo de Charcales o Cristo del Arroz).

CRISTO DEL ARROZ

Acabó la tormenta.
Se oscurecieron los manantiales.
La historia así cuenta
que, en tiempos fatales,
encontraron a este Cristo en Charcales.

El agua de cristal
acaricia la Fuente de la Peña.
Belleza sin igual.
De madrugada sueña
que antaño este campo tuvo otra dueña.

Mayo. La romería.
Domingo de Pentecostés previsto.
El campo huele a poesía.
El pueblo está ya listo.
Y pasará en su letargo el Cristo.

Tradición, alza la voz,
siempre en tu pasado orgulloso.
Hoy comemos arroz
con conejo, sabroso.
Cristo en su ermita nos mira gozoso.

(Mari Ángeles Solís).

Esperanza

Parecía que este invierno no iba a llover. Sin embargo, el olor a agua, a tierra mojada, finalmente llegó. Mientras miro por el cristal de la ventana, con una copa de vino en la mano, escuchando el Ave verum corpus de Mozart, me acuerdo de la proposición de Olga y Modesto en la que me invitaban a ser pregonero de las fiestas del Cristo de Charcales. Y, créanme, para mí esta invitación supuso un gran honor del que estoy disfrutando ahora mismo.
La recogida de la aceituna este año se ha alargado, llegando hasta primavera. Pienso en aquellos días de niño, en los que, acompañado de mi padre y de mi abuelo, ayudaba a recoger el fruto en los parajes de Jabalcuz y el Portichuelo, con las sierras de Los Villares y Valdepeñas al fondo, en la hermosa lontananza, con una parada obligatoria para rezar ante la imagen del Cristo de Charcales.
El olivo de montaña, a pesar de la dureza de su recogida, es también un bálsamo que alivia la mente. Mientras le echas el pulso al árbol, puedes distraerte con el vuelo de alguna rapaz. Y la faena, aunque sea dura, pasa más ligera.
Estos tiempos ya han pasado, y la nostalgia cubre todos mis recuerdos, pero la visita al Cristo, que es de obligado cumplimiento, la sigo haciendo cada primer sábado de mes, acompañado de mis hijas y de mi mujer. Y esto es muy hermoso.
La lluvia sigue tocando con su música los cristales.

Foto: El pregonero, Martín Lorenzo Paredes Aparicio, que ha hecho un canto a una de las ricas tradiciones de Jaén.

Eremita

Lo han vuelto a ver, ocupando el espacio que hace años le pertenecía. Detenido en el tiempo, donde el recuerdo alerta la memoria y lo olvidado se vuelve a descubrir.
Caminaba despacio, dejando atrás lo visible. Acompañado solo por la luna, doblando la última piedra para retornar a una luz más clara, convirtiéndose en un paseante más de esta sierra eterna.
La Fuente de la Peña recela, su presencia es la nostalgia de un pasado obsoleto. Sin embargo, sigue adelante, retorna a ese tiempo y espacio del que nunca debió salir.
Es medianoche, se ven más espectros cerca de la cantera
La oscuridad hermosea los olivos. Una voz sucumbe ante tanta demencia.
Es la palabra del eremita.

El poeta

Hace fresco en la ermita: la Semana Santa llegó a su fin y el poeta busca consuelo. Camina despacio, viene desde el Portichuelo, ha madrugado. Apenas hay gente en el camino que es encumbrado por valerosos versos de poetas amigos. Ojalá algún día pueda ver algunos suyos, piensa.
Se ha convertido en un poeta errante, en un improvisado cronista.
Las flores llenan las navas de la sierra y del Ojo del Buey, todavía, sale agua.
El poeta llega a la ermita y termina este poema de primavera:

Vive en la ermita mi Cristo,
en un lugar venerado,
en un pago muy sagrado,
por Él yo siempre resisto,
y es mi fe por la que existo.
Su corazón nos enseña,
el monarca de la Peña
mientras suena la campana
de estas tierras hortelanas,
amor que Tú nunca empeñas.

Fiestas

Las fiestas de la Glorieta marcaron nuestra juventud.
Hoy, después de mucho tiempo, vuelvo a recordarlas, cuando estaba a vuestro lado. No había herida ni grieta que rompiese nuestra paz. Los recuerdos han volado a las montañas cercanas, tan altas, tan invencibles, solo coronadas con el pensamiento o con el vuelo del águila real.

Hemos vuelto, sin darnos cuenta, a un lugar que se abandona muy pronto, pues queríamos ser algo más y al final nos dejamos ir a un mundo que corrió muy rápido, como un tren sin rumbo, desorientado. Mundo que alguna vez pagará un suculento peaje por su soberbia y arrogancia. Y así volveremos a ser libres.
¡Cuánto os echo de menos Juanjo, Gregorio, José, Paco!

Cristo de Charcales

Te busqué antes, desde siempre, desde ayer. Te busco desde la clandestinidad, hallarte es mi sino. Te quiero encontrar en el hombre, en el amigo. Te veo en la cruz y descubro el camino.
Vuelve el hombre a su amanecer, al más antiguo. Regresa a la escarcha del hortelano, a la niebla de la Peña, al arroyo de la huerta, a tu senda divina.
Y en el calvario de tus ojos, una mirada de amor. Y una rosa se clava en la tierra, su luz se torna eterna. Tú, Cristo de Charcales, en la ermita de la Fuente de la Peña nace tu historia. Al barrio de La Glorieta conquistó tu hermosura
“Dame Jesús la venia, déjame entrar a tu paraíso de amor, quiero ser otro del que yo era”.
Con la cruz, Jesús, su amor de primavera nos enseña.

Foto: Mesa presidencial en el acto del pregón, y Martín Lorenzo Paredes Aparicio en el uso de la palabra.

Julia y Emma

La devoción es un hermoso lienzo, su pincel es el alma pura del creyente. A la memoria viene el recuerdo de la niña asomada desde la peña. El fotógrafo, experto en captar silencios y pasiones, descubre e inmortaliza el momento en el que la joven mira la belleza del Cristo. Y herida de amor, una lágrima suelta.
El poeta, cronista de esta noble ciudad, en una roca escondido, el poema crea:
Amor que a la niña llega.
Sol, con cielo, en la peña.
Ella, que lo mira, sueña,
y el agua, todo lo riega.
Un clavel al Cristo ciega,
y la niña se desvela,
Jesús que siempre la vela.
Y un viento enamorado
mece a Jesús soñado,
y la niña al cielo vuela.

La procesión

Como huérfano abandonado, así te siento, Señor mío. Caminando solo, hacia tu Calvario. La dulzura de tus ojos enciende las piedras de este Jaén que siempre busca tus pasos. Llegas en silencio, igual que la mañana sorprende a la aurora, sin darnos cuenta».

Es primavera. Carretera de Jabalcuz hacía arriba, el Cristo mira la Fuente de la Peña, busca la profundidad del barrio de La Glorieta, en la residencia lo esperan, antes suena el himno de Jesús. Ellas y ellos empiezan a cantar el himno del Cristo. Su letra es la flor que nos salva. Siguen cantando y el sol aprieta. No importa, ahí están ellos recordándonos que la vida merece la pena.
Los hombros no duelen. La devoción no es sólo de un barrio, es de toda la ciudad. Jaén nombra al Cristo de Charcales.
El sol sigue en lo más alto, escoltando al monarca de la Fuente de la Peña.

Anderos o costaleros

Ni anderos ni costaleros, son devotos. Hijos de la tierra, hortelanos de Jaén, guardianes de las huertas, señores de la Fuente de la Peña. Escuderos fieles de una tradición nacida al sur de una ciudad que mira a la montaña, que mira y respeta a sus olivos.
Son viejos y son jóvenes, son niños y hombres, son mujeres. Con la gorra se protegen del sol fuentepeñero, el Cristo le otorga tal privilegio.
La tradición continua. Mariángeles, Javi Wiña, Manuel Escudero, siempre, a vuestro lado.

Tu cruz

Duermen las estrellas, el mundo se ha convertido en un nuevo calvario. Todos somos, ahora mismo, ladrones buenos: invocamos amor, solidaridad, esperanza… Pero también se cuela por la ventana de nuestras almas el espíritu del mal ladrón. Las guerras no cesan.
Me pregunto si todavía no estarás cargando con la cruz por todos nosotros. Si tu sacrificio fue en vano.
Aislados, como Tú estuviste en un gran desierto, estamos nosotros.
Es necesario que dejes tu hombro descansar.  Debemos de coger la belleza de tu cruz, sentir el dolor de su peso en nuestra alma.
¿Qué misterio encierra ese madero que nunca dejas de llevarlo?
¿Qué tiene el tronco sagrado que nunca yerra?
Deja de soportar nuestras culpas. Abrazar tu cruz yo quisiera.

Cofradías

La cofradía, como institución, es buena en sí misma. La labor fundamental de una cofradía es evangelizar, además de buscar siempre la caridad y el amor hacía el prójimo, siguiendo las enseñanzas de Jesús.
Sin embargo, a veces, el amor al prójimo y la igualdad plena entre hermanos nunca se consigue. Ultilizar las cofradías como armas para destruir a otras personas o como plataforma de ascenso social es de una inmoralidad fuera de todas dudas. Es necesario que estás instituciones vuelvan a mirar al primero de los Mandamientos del Señor.
Nunca pensé que iba a ser el pregonero de una cofradía. Pero sí pensé que nunca me iban a llamar de ninguna para dar un pregón, especialmente de las que formo parte. Y si me llamaran mi respuesta sería negativa, pues seguramente, se formaría un tumulto digno de las crónicas de esta ciudad.
Y, aquí estoy, en este lugar dando un pregón de una hermandad de gloria. Y, créanme, estoy muy contento ya que aquí creo representar a todos aquellos cofrades desheredados por las altas esferas.
Larga vida a la Cofradía del Cristo de Charcales, que siempre siga viva.

Cuentecillo

Pronto las luces del cielo saldrán de su escondite. La nevada ha dejado las calles y las plazas de los pueblos solitarias. Todos están en sus casas, al cobijo del brasero. Las faldillas de las mesas arropan las conversaciones entre los miembros de las familias. Es el tiempo en el que los nietos preguntan al abuelo.
En la ciudad de Jaén, los inviernos se anticipaban desde siempre. Recuerdo cuando mi abuelo encendía la lumbre. El trabajo había sido agotador. Buscábamos el oficio reparador del fuego. Las tareas en el campo, aunque son duras, también son muy hermosas. Después de llevar la aceituna al molino, no regresábamos a casa. La costumbre se imponía y volvíamos a la casería, al calor y la paz de la lumbre.
En el salón, nos reuníamos con él. Las charlas se alargaban hasta muy entrada la noche. El momento en el que el sol se precipitaba por el abismo era algo que nos sobrecogía especialmente. Era la época de Navidad. A pesar de que teníamos que estudiar, era sagrado ir todos los días a recoger la aceituna. Pronto acabaríamos la universidad. Sentíamos que el vínculo con la familia y con la tierra, con la tradición, podría perderse. Por esto, esperábamos con ansiedad la llegada del invierno.
Mi abuelo era un músico consumado. Había conseguido transmitir la pasión por la música a toda la familia. Comparaba la ejecución de las sonatas con el acto de varear el olivo. Para él, las manos del jornalero debían de moverse con la misma sutilidad que la del pianista. Con el palo, el hombre o el muchacho que se prestaba debía acariciar las ramas con la rapidez exquisita del que interpreta una pieza pianística. De este modo, el olivo se entregaba y dejaba caer las aceitunas, pues, al igual que el piano, se sentía bien tratado por esas finísimas manos.
Hoy he vuelto a estar en la casería. Los olivos ya están desalmados, no soportan el peso del fruto. Son libres para mirar al sol en estas mañanas de invierno.
He entrado al salón. La chimenea se ha encendido y cerca del fuego estaba mi abuelo. El piano ha comenzado a sonar. Sus manos virtuosas han interpretado su sonata favorita.
Mi abuelo lleva más de veinte años muerto. Sin embargo, al acabar la recogida, tiene la costumbre de asomarse a mi recuerdo, pues en la lonja hay una imagen del Cristo de Charcales, su gran devoción.

La Ermita

Otra visita a la ermita
La piedra yace escondida
entre los olivos.
El agua de la Fuente de la Peña,
su voz nos calma
La quietud domina este páramo. 
Y el Cristo me mira y dice: abandónalo todo
y vente conmigo al monte.

Romería

Es el tumulto de la gente sencilla, de la gente buena y humilde. Es un barullo en el que no se pierde la compostura. No hay violencia, solo amor al Señor. Es la reunión más legítima del hortelano en la que le da las gracias al Cristo de Charcales. El romero que, en los demás días, es campesino, se convierte en el príncipe de la peña. Se sienta al lado de Dios.
La gastronomía es hermosa y sencilla. El guiso es arroz caldoso al estilo de Jaén, a la manera de los ganaderos y agricultores de estos pagos.
Nunca hubo manjar más sabroso, siempre cerca del Cristo del Arroz,

Amor

Queridos hermanos y hermanas, en la sencillez y en la humildad se encuentran las verdaderas armas de las cofradías. Debemos de seguir escuchando al Cristo de Charcales, cuando en el silencio de la ermita, nos habla y nos apremia a ser mejores cristianos.
Su devoción, tan arraigada, en este Jaén hortelano y ganadero es la flor que nos salva. Andemos siempre su camino, busquémoslo sintiendo la caída del agua por la Fuente de la Peña. Él, nos va a estar esperando.

He dicho.

Foto: Imagen del Cristo de Charcales, de Jaén. (Pasión en Jaén).

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