La ciudad resignada del ¡ea

Emilio Lara

1 Noviembre 2016

La generación del 98 acuñó la frase “Queremos a España porque no nos gusta” que encerraba un afán por regenerar la nación, es decir, mejorarla. De algún modo podríamos reducir la escala del amor de dicha frase y aplicarla a Jaén, una ciudad lastrada por el conformismo y la resignación desde hace muchos años. Demasiados.

Los jiennenses tenemos en ocasiones poca autoestima colectiva, no valoramos lo que tenemos, nos quedamos fascinados con la belleza y el nivel de vida de otras ciudades, soñamos con el maná de las subvenciones para arreglar los asuntos o parchearlos y solemos echar la culpa de nuestros atrasos y males, cómo no, a los políticos. Y si bien es casi un axioma que Jaén ha estado preterida por políticos de toda condición en cuestiones de infraestructuras, también lo es que debemos derribar la mentalidad amurallada que suele caracterizarnos y que consiste en ser refractarios a la iniciativa privada, a la modernización y a emular lo bueno que se hace en otros lugares. Ah, y abandonar esa peregrina forma de tasar la calidad de cada ciudad que visitamos diciendo: “¡Huy, es muy cara, te cobran las tapas!”.

Una ciudad es el casco urbano y sus habitantes. Nosotros y quienes nos precedieron nos hemos encargado de derruir un inmenso patrimonio arquitectónico en las últimas cinco décadas. La apatía, el conformismo, una avaricia cateta y la desidia permitieron derribar multitud de casonas, casas palaciegas y edificios de valor singular que caracterizaron nuestro urbanismo. Nosotros fuimos Atila. En eso somos lo contrario que muchos europeos a la hora de valorar y defender su historia. Jaén fue hasta mediados del s. XX una ciudad hermosa. Hoy, Jaén es ante todo un sentimiento: una ciudad que hemos visto en fotos antiguas, que recordamos y también, que afortunadamente sobrevive en algunos puntos del casco histórico.

Sin embargo, en los últimos veinticinco años Jaén ha experimentado un repunte socioeconómico y un crecimiento que hace concebir esperanzas. La Universidad ha sido esencial en esta mutación. Pero nos queda mucho por hacer. Para ello es crucial ahondar en el espíritu crítico y abandonar el conformismo, dejar de pensar que las cosas son irremediables, no caer en la fácil resignación ante los problemas y decir, alzando los hombros: “¡Ea!, qué le vamos a hacer”.

 

 

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