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Por MARTÍN LORENZO PAREDES APARICIO /

La pena es la cruz que marca su rostro. Desde pequeña ha tenido una vida difícil. Su historia es igual que la de muchos de los vecinos de la parte vieja de Diamantina.
Siempre, ha coincidido con las amanecidas. Las tareas del campo la esperaban. En la recogida de la aceituna, con solo quince años, se hizo mujer. A partir de ahí, sus manos pintaron las labores más hermosas.
Tiene treinta años y cincos hijos. La casa es arrendada, pero se está desmoronando igual que los pétalos de la flor, cuando llega el invierno. Y el cacique del barrio, que se llama Enrique, no es capaz de arreglarla. Quiere que Alma, nombre de la muchacha, abandone el inmueble. El marido se fue cuando nació el último niño. Esta historia es verdadera. Si vas a los servicios sociales del ayuntamiento de Diamantina, te la van a confirmar.
Su alegría de verlos crecer sanos es el estímulo que necesita para seguir su camino y remontar la cuesta que el destino le puso.
Aunque, a veces, piensa en arrojar su esperanza por la cuneta de la vida y dejarse llevar. Esta lucha, algunos días, se convierte en un enemigo al que no puede derrotar.
Se acuerda de la carta que le llegó hace varios días. La invitan a abandonar la vivienda que lleva pagando religiosamente desde que se casó. El propietario ha vendido la casa a un fondo buitre. En la misiva le dicen que en el momento que expire el término del contrato de arrendamiento no se va a proceder a su renovación. Le dan la opción de comprar la casa. El precio es inalcanzable para Alma. Es de noche, los niños ya están acostados. La lumbre de la chimenea se apaga poco a poco como su ánimo. No tiene formación académica, pero es una persona muy sensible y, ciertamente, muy culta: le gusta leer y escuchar música.
Va a las habitaciones a ver a sus ángeles que duermen tranquilos. Ella, finalmente, también se duerme.
La noche está siendo fría, quizá nieve. En la plaza se encuentra Ignacio, el pintor. Ha salido de su casa mientras Mariela termina de pintar el cuadro que tiene que entregar a muchos de los concursos del país.
El pintor pasea y llega a la casa de Alma. Se para en su puerta. Algo ha presentido y sabe que no es bueno, pero también siente que puede haber una solución.
Al día siguiente se acercará a su casa. Va a preguntar. Es consciente de la lucha de la mujer y de los maravillosos hijos que tiene.

Amanece otro día de frío. Finalmente, nevó durante la noche. Los tejados de Diamantina son blancos como el alma de Ignacio. El pintor se levanta, y mira el cuadro de Mariela, se admira de su hermosa composición. Consulta con ella, y ésta asiente. Pronto se va a producir el milagro. Los pobres de Diamantina tienen derecho.
Ignacio sale de la casona que le dejó su padre. El palacio tiene habitaciones de sobra. Piensa que es necesario dotar de vida al viejo inmueble.
Otra vez comienza a nevar. Alma acaba de llevar a los niños al colegio. Hoy no habrá aceituna, el tajo tendrá que esperar. Enciende la lumbre y comienza a leer un cuento de un autor de Diamantina. El palacio de los Uribe se llama la historia. Qué bonito cuento, ojalá me pasara algo similar, dice en voz alta.
La lumbre, de pronto, se aviva, nadie ha echado leña. Se asusta, llaman a la puerta. Es Ignacio, entra y ve la belleza humilde de un salón típico de las casas viejas que su padre fue comprando.
Alma se alarma. Qué quiere el pintor, se pregunta. Éste se da cuenta de su preocupación y le pide que se tranquilice, que le cuente, pues intuye que algo le preocupa. La muchacha habla, respira, por fin ha podido desahogarse, liberar su pena.
El pintor asiente. Su vida, de nuevo, vuelve a tener sentido. Ya se reconcilió con Mariela, ahora hay que reconciliarse con Dios, y aplicar el primer mandamiento.
La proposición del pintor pilla de sorpresa a Alma. Al principio, llora, no se atreve a aceptar, aunque en el fondo lo desea. No quiere convertirse en una ocupa. Piensa en sus hijos, y acepta la oferta de Ignacio de irse todos a vivir con él y con Mariela.
La lumbre, otra vez, se aviva. Dios está contento. Todavía quedan hombres y mujeres buenos en el mundo.

Foto: Jvlio Cruz.

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