Por ANTONIO GARRIDO / SOBRE todo de inferioridad, ese es el complejo de la provincia que hemos ido heredando y que ha impedido dar valor a aspectos de nuestra tierra que deberíamos exhibir y explotar con orgullo. Este es un punto negro en el que nunca podremos ser imparciales precisamente al considerar que la situación general de Jaén debiera ser muy distinta de lo que presentan las estadísticas y los ranking. No podemos, pese a todos los problemas que objetivamente tenemos, culparnos eternamente, hasta de la muerte de Manolete si llega el caso, y no usar tantos recursos de patrimonio y de personas para acabar con la imagen que se ha estereotipado en exceso hasta el extremo de que se conocen más nuestras carencias, fuera y dentro de Jaén, que esa otra cara tan real y verdaderamente atractiva como son cada una de las razones por las que merece la pena defender con entusiasmo y emprender una especie de cruzada para sustituir los viejos complejos de inferioridad por energía y disposición.
En resumen, Jaén tiene que defender su identidad y su personalidad, sin arrogancia pero con la seguridad de una provincia que sobre todo tiene argumentos para dejar de un lado y para siempre los riesgos de un cierto masoquismo. Ese complejo alguna vez se ha transformado en una especie de envidia sobre todo cuando el triunfo visita a alguno que consideramos de los nuestros, por una razón de defensa de nuestro carácter. Solemos valorar más todo lo de fuera y ese complejo tan fatídico provoca que cuando alguien cae en desgracia nos sumimos en el silencio y en el abandono, porque estamos con la gente mientras están en lo alto, no parece que sea nuestro talante el de estar a las duras y a las maduras. Es así como hemos hecho en Jaén una tierra de talentos perdidos, enterrados, y no somos capaces de desenterrarlos y mucho menos de multiplicarlos.
En realidad nos falta coraje y valentía para arriesgarnos en empresas que valgan la pena y parecemos estar amarrados al lamento porque ha sido compañero inseparable de la mayor parte de nuestra historia. El “nadie es profeta en su tierra” aquí lo es más, salvo muy raras excepciones. El jienense tiene que triunfar fuera para ser reconocido en su ámbito, porque arrastramos la leyenda de que todo lo que viene de fuera es mejor. Juan Eslava, por ejemplo, había hecho muchas cosas antes, y productivas, pero hasta que le llegó el ‘Premio Planeta’ no le dimos aceptación y agasajos. Por eso hemos estado instalados en la mediocridad en tantas cosas, de ahí nuestra claudicación, hasta el punto de que si algún día alguien con autoridad hubiera dicho de derribar la Catedral para hacer un aparcamiento, o de arrancar los olivos porque son una lacra para esta provincia, casi le damos la razón. Puede ser una exageración, pero la hago a propósito, para enfatizar la importancia de defender lo nuestro.
Salvo el siglo XVI que fue una época de esplendor, no sólo en la capital sino en la provincia, que dio su fruto en ciudades como Úbeda y Baeza, a las que felizmente se les reconoció tras un largo proceso lo que ya eran en la consideración popular, Patrimonio de la Humanidad, la historia tiene unas marcas indelebles que deberíamos poder superar a estas alturas del siglo XXI. Una especie de nuevo Renacimiento es lo que se necesitaría, en esa aventura se podría poner un caudal de esperanza. Reproducir otra copia de siglo XVI que recuerde y manifieste el gran auge que entonces se experimentó, de modo que Jaén no viva de recuerdos sino de hechos; no de sensaciones, sino de realidades. Claro que es difícil vender una idea así cuando nunca más se supo de la exposición de lo más destacado de nuestro Renacimiento que fue una de las pocas actuaciones decentes de los fastos del 92 en Andalucía, pero lo cierto es que costó mucho dinero y su rentabilidad ha brillado por su ausencia.
Hay un cierto cambio de actitud, se empiezan a valorar más las cosas, aunque no sea aún para echar las campanas al vuelo. Un indiscutible empuje cultural motivado por el crecimiento de instituciones como la Universidad y otros recursos que se han puesto en movimiento, están ayudando a crear un estado de mayor armonía en un territorio mucho tiempo virgen y que ahora empieza a estar en el escaparate y no en la trastienda porque tanto la capital como la provincia tienen un valor por encima de su precio. Por no presumir ni siquiera lo hacemos de nuestra calidad de vida.
Para superar esas acomplejadas actitudes que nos han definido siempre ahí están las ciudades de Úbeda y Baeza que para sí las quisieran en Italia, en Francia, en cualquier sitio, para levantar sobre ellas un emporio. En realidad parece que no sabemos lo que tenemos, y hasta lo demostramos de vez en cuando.
Hoy podemos poner muchas realidades en el expositor: la Expoliva, el magnífico Premio Jaén de Piano, los diferentes y variados festivales; la Universidad convencional junto con la Internacional ‘Antonio Machado’ y las poblaciones que se han ido convirtiendo en sedes de cursos universitarios de la UNED; contamos con una de las mejores romerías del mundo, la de la Virgen de la Cabeza; una Semana Santa de lujo; unos atractivos turísticos cada vez más valorados; hay una riqueza natural importantísima en los cuatro parques de la provincia; existen empresas con proyección en los mercados internacionales, una riqueza arqueológica que va a permitir algún día contar con un Museo Internacional de Arte Ibero de verdad. Podemos también presumir de jienenses ilustres, como Andrés Segovia, Raphael, Carmen Linares, Antonio Muñoz Molina…pintores como el irrepetible Rafael Zabaleta y el grandísimo Manuel Ángeles Ortiz, medalla de oro e hijo predilecto de la capital en 1981, pero que no tiene lo que en realidad merecía, una casa-museo propia, una vez más por desidia y porque no sabemos vendernos. Manuel Ángeles era para Alberti “el pintor de la luz andaluza” y para García Lorca “el poeta de la Andalucía trágica”. Para Jaén, una vez más, el gran olvidado. En fin hay muchísimas cosas, en una relación que sería interminable, de motivos que nos dan prestigio y que debieran merecer más atención. Y podemos presumir de todos y cada uno de los 97 pueblos y ciudades de la provincia, cada municipio es un tesoro, da igual que hablemos de Linares, Andújar, Martos, Alcalá, Cazorla, etc., o que nos vayamos a los más pequeños, como esos emblemáticos y hermosos Segura de la Sierra o Baños de la Encina, sin desmerecer a mi Ibros del alma, que entenderán que lo tengo puesto en un altar.
Otro será el horizonte de Jaén y la propia imagen de la provincia cuando sepamos exigir sin complejos de manera que nunca más se nos cierren puertas ni se juegue con nuestro destino.
(De mi libro #EnJaénDondeResisto)


