Por ANTONIO GARRIDO / El escritor jienense Emilio Lara López (Jaén, 1968) ha sido distinguido en el día de hoy con un título que no solo le hace justicia sino que estoy seguro que le produce orgullo patrio. La Fundación del Olivar le distingue con el honroso nombramiento de Embajador, que se puede traducir como Embajador del Aceite de Jaén. Se premia una biografía impecable y toda una literatura en la que el olivo y el aceite han estado muy presentes, pero es que su última obra, que en la actualidad está siendo promocionada por tierra, mar y aire, “Un mar de oro verde”, constituye sin duda de ninguna clase el ensayo más completo sobre la historia cultural del aceite de oliva, y para los que ya lo hemos leído y disfrutado de su lectura, representa una declaración de amor a nuestro oro líquido y a Jaén, indefectiblemente unidos.
La entrega del título, un orgullo para cualquier jienense que se precie, ha tenido lugar en el Museo Terra Oleum, ubicado en Geolit, considerado punto de encuentro del sector y de la cultura del aceite de oliva, y solo un grupo de privilegiados, fundamentalmente amigos, hemos tenido la oportunidad de vivir esta experiencia en torno a una mesa redonda para experimentar una cata de aceite de oliva y mantener un diálogo con el escritor, que después de escribir este libro y meterse de lleno en las entrañas del universo de nuestro oro líquido ya se merece la máxima recompensa, si fuera un examen en el ámbito académico, sin dudarlo merecería la máxima calificación, summa cum laude. El escritor ha recibido la réplica de un olivo centenario y el correspondiente nombramiento que le acredita como Embajador del producto que surge de una riqueza representada en 66 millones de olivos repartidos por toda nuestra geografía. El gerente de la Fundación del Olivar, Javier Olmedo, ha entregado la distinción y tanto él como el protagonista del acto, Emilio Lara, han cruzado pequeños discursos, porque no hacían falta demasiadas palabras donde hay profundas convicciones, defender lo nuestro y procurar que el mundo entero sepa que Jaén es por derecho propio la capitalidad mundial del aceite de oliva, como se demuestra cada dos años con la Expoliva y en la Fundación durante todo el año a través de iniciativas y proyectos ambiciosos y con resultados muy satisfactorios.
Emilio Lara es jienense y además ejerce de tal, milita en el jaenerismo, y difunde por donde quiera que va nuestras fortalezas, empezando por el aceite, no en vano somos la primera provincia productora de España y podemos presumir de nuestro bosque olivarero. Pero, aunque no tenía que demostrar su cariño, el libro al que aludimos al principio, “Un mar de oro verde”, retrata tal cual la pasión de Emilio no solo por el olivar del que va a ser desde este momento una especie de embajador plenipotenciario, y sabrá hacerlo, lo aseguro, sino que el libro, que invito a que lean quienes no lo hayan hecho aún, es una fuente de conocimiento que nos puede ilustrar sobre tantos detalles como seguramente desconocemos a pesar de nuestra familiaridad con el olivar. Porque aborda la historia milenaria del árbol emblemático que no produce más que orgullo, y ello dentro de una provincia, Jaén, que para el laureado paisano “es la Andalucía que me gusta”, como repite con frecuencia. Una declaración de amor que justifica que haya podido salir de esta capital de provincia y se mantenga en ella y con la voluntad de no alejarse de sus raíces y de sus referentes.
Lean, para abrir boca, una frase contenida en el prólogo de esta publicación de Ariel, en la que Emilio Lara se expresa en primera persona: “Nací en Andalucía, en una provincia que produce el 25 por ciento del aceite de oliva mundial, de modo que el olivar forma parte de mi vida, de la cultura donde me he criado. Desde pequeño, el aire del otoño y del invierno de mi ciudad estaba impregnado del fuerte olor al aceite que producían las almazaras, cuyas chimeneas expulsaban penachos de humo blanco, como locomotoras varadas entre rectilíneas filas de olivos. Me habitué a desayunar pan con aceite, a preferir los dulces de sartén a cualquier otra repostería, a escuchar la cantinela del pesar de los olivareros por la falta de lluvias, a ver a las fatigadas cuadrillas aceituneras regresar del tajo al atardecer, a amar los geométricos paisajes de olivos que se perdían en el horizonte”.
Casi al final, después de pasar revista a los cinco capítulos en los que hace historia del olivo desde sus antiquísimos orígenes al día de hoy (El amanecer del oro verde, El legado del aceite en la Edad Media, Expansión global, La modernidad del aceite y Mare Oleum), lo universaliza, con imágenes como esta: “El olivar es la patria común de las gentes mediterráneas al constituir un paisaje cultural donde se reconocen, hallan un modo de vida con el que se identifican. Los olivares son mucho más que una geografía común, pues constituyen un poso histórico que abarca diferentes países y distintas épocas. Los habitantes de ambas orillas del Mediterráneo, cuando contemplamos las ordenadas filas de olivos contemplamos nuestros orígenes, razón por la cual nos sentimos como en casa en tantos lugares. Los campos de olivos mediterráneos configuran una acogedora patria transnacional”.
Escuchar cualquier cualquier intervención de Emilio Lara es confirmar su fe en la tierra de Jaén, porque en cada oportunidad reivindica el peso real de esta tierra, y también siempre que puede clama por la “jaenerización de Andalucía”, precisamente “para hacer valer que tenemos el mejor aceite del mundo”, porque su obsesión es que, con estas cartas credenciales “podemos ser la California del Mediterráneo”. Glosa del papel de Jaén en el contexto andaluz, que le he escuchado en bastantes ocasiones. Las intervenciones de Emilio Lara ya no producen sorpresa, todo el mundo conoce por sus conferencias y por las veces que se prodiga en medios de comunicación provinciales, regionales y nacionales, de su brillantez y elocuencia. Es todavía muy joven pero ha madurado mucho en su labor creativa, está en plena sazón, y esta última obra, como continuación de todas las anteriores, es la confirmación contundente del gran escritor, un gran talento made in Jaén cuya senda literaria nos está susurrando, sin prisa pero sin pausa, que todavía lo mejor está por venir.
Finalmente, “Un mar de oro verde”, que le está deparando en tan poco tiempo tantas satisfacciones, encierra una historia personal, como el propio autor describe en el final del libro: “Al amanecer, mi cocina tiene el aroma negro del café recién hecho. Mi mujer y yo desayunamos escuchando las noticias de la radio, pero el botón giratorio de mi memoria y corazón podría sintonizar Moon River, que Henry Mancini compuso para la banda sonora de Desayuno con diamantes, tema que suena por primera vez cuando Audrey Hepburn, con gafas de sol y vestida de Givenchy, desciende de un taxi delante de Tiffany, se detiene junto al escaparate y contempla las joyas mientras extrae de una bolsa de papel un vaso de café y un bollo dulce y desayuna, soñadora. El café con canela, las tostadas con aceite de oliva y la compañía de María José son mi Breakfast at Tifanny’s. Y es que este libro, en definitiva, es una historia de amor”.
Ha sido un placer ser testigo de un acto tan sencillo como trascendente, del gesto de la Fundación del Olivar, que tanto hace para poner a nuestro aceite de oliva en su sitio, y el orgullo con el que recoge el preciado título nuestro ilustre paisano, escritor de éxito y siempre con Jaén en los labios, en el corazón y en las páginas de sus libros y ahora asume un compromiso con el que seguro que nos sorprenderá porque Emilio Lara lo hace todo a lo grande cuando se trata de su entorno sentimental. A tal señor, tal honor.
Foto: Emilio Lara recibió, junto con un olivo, el nombramiento que le acredita como Embajador de la Fundación del Olivar.


