Por MARTÍN LORENZO PAREDES APARICIO /
Queridas hijas, mientras os escribo esta pequeña carta desde la casería del Portichuelo, está empezando a llover. Gracias a Dios he podido terminar de quitar las varetas de los olivos. Dice el rico refranero español que a quién madruga Dios le ayuda. Pronto curaré el suelo para que no salga mucha hierba.
Escribo desde la biblioteca, después de haber leído el gran artículo del maestro Muñoz Molina, con el que nos muestra su tristeza por el poco interés que tienen los jóvenes, y no tan jóvenes, por la lectura y por el conocimiento en general. Cuánta razón tiene el literato cuando dice que el saber ya no ocupa lugar.
Ahora mismo desde la ventana veo nuestro monte de la Jarra y veo, también, cómo un águila recorre el cielo buscando alguna presa.
Tenía necesidad de escribiros. Todavía sois muy pequeñas y vuestra edad es nuestra gran preocupación.
No obstante, no os quedan tantos años para que ingreséis en la gran batalla de la vida y, tristemente, no contáis con las armas necesarias, pero sí con las enseñanzas que vuestra madre y yo, con todo nuestro cariño, os intentamos inculcar.
Sin embargo, tengo mucho miedo de cómo va a ser vuestro futuro. Tengo miedo de que no podáis acceder a una vivienda, de que la sanidad cada vez esté más devaluada. Tengo miedo de que no os podáis realizar en vuestra tierra debido al maltrato político al que está siendo continuamente sometida.
Sabéis, queridas mías, que, quizá, no os montéis más en un tren en esta provincia de Jaén.
Jaén es una ciudad que, al igual que el resto de España, se está polarizando debido a una serie de intereses fáciles de localizar, pero difíciles de desmontar.
Hay que ser valientes y distinguir entre dos tipos de privilegiados: los de derechas y los de izquierdas. Ambos tienen la suerte ─se lo han ganado con su trabajo, claro que sí─ de disponer de varias viviendas, de poder irse de vacaciones, de disfrutar de un trabajo continuado… La mayoría de los mortales no.
¿Qué hermoso sería que estos seres tan afortunados que tienen poder nos ayudaran a crear una sociedad mejor, que no estuviera acomodada en el enfrentamiento?
Hijas mías, siempre tenéis que estar al lado de los más vulnerables, mostrarles vuestra empatía y, sobre todo, intentar que puedan llevar una vida digna.
Estoy un poco desmotivado viendo el color tan gris del cielo. Sin embargo, mi confianza en el prójimo es lo que creo que nos puede salvar.
Con todo el amor que puede mostrar un padre os pido que sigáis el camino que nos enseñó Jesús, el hombre más bueno de todos los tiempos.
Os quiero con toda mi alma.



