CANÍCULA

Ramón Guixá Tobar

26 Julio 2020
CANÍCULA

 

Rigor sahariano del estío jaenero. Se abate el sol como una ola inapelable sobre el solar jaenero. El reseco matorral, que enmaraña las plazoletas de algunos olivares, lanza al aire sus agudos cuchillos hiriendo las almohadillas de las patas de mis perros en mis paseos del amanecer,  o tras la puesta de sol. Verano inclemente que se desploma como una losa plúmbea sobre cuerpos y espíritus, preñándolos de una singular languidez. No queda más remedio que levantarse antes del alba, para disfrutar de las horas tempranas, aprovechar la mañana en actividades varias, para, tras la comida, caer en una suerte de sopor y laxitud, al buscar el refrigerio del salón de abajo que tiene cuatro o cinco grados menos que el resto de la casa, y allí sestear, o dedicarse a otras actividades que no impliquen un excesivo gasto calórico.

 

El sol abrasa toda

vida. No mueve el viento

un árbol. Fuera del tiempo

está el fasto del día.

La canícula absorbe

las horas, los colores,

el silencio. 

 

De repente óyese una gota

de agua, y otra,

y otra más, en la tarde.

Es la música.

 

Así lo expresó con maestría poética el poeta colombiano Jorge Gaitán, que además era penalista e insigne orador.

SURGE LA MÚSICA

Canícula en la tarde. Surge la música. El surtidor de mi jardín genera cristalinos y aéreos chorros de agua que se van transformando en una luminotecnia  plateada que vivifica el espíritu. De inmediato lo asocio con el piano hipnótico de Debussy en sus Reflets dans l'eau, música  de una sutileza, de un encanto que parece extraído de un sueño. Al oír esta pieza imaginamos esos destellos luminosos deslizándose con trazos sutiles  por la superficie, cubierta de verdín y zapateros, de viejas albercas de aguas densas, o románticos estanques tapizados de nenúfares y flores de loto creando mundos intangibles. Es una música que, sin saber por qué, asocio   a muchos pasajes delicados de la inspirada partitura que Antón García Abril realizó para la serie inolvidable de Félix Rodríguez de la Fuente: El Hombre y la Tierra. El agua renovadora, vital. El agua en la que surgió la Vida. El agua, tan venerada por nuestros colonizadores árabes que hicieron de ella solaz del espíritu, culto y religión. El agua, la única que puede consolar el rigor estival de esta tierra abrasada y decrépita debido a su detestable clima africano de julio.

Canícula deriva de perro en latín, canis, y hace alusión a la estrella Sirio, el quinto astro más brillante de nuestro cielo, tras el Sol, la Luna, Venus y Júpiter. Sirio, la estrella que tras madrugadas de ensueño, habrá que esperar al alba, como hacían los antiguos egipcios, que al verla remontar el cielo de levante, en los abrasadores amaneceres del desierto, sabían que estaba anunciando la próxima y vivificadora crecida del Nilo. La canícula, aunque ya algo desfasada en estos tiempo sobre el orto de Sirio en el horizonte, la seguimos considerando en nuestra zona desde aproximadamente el quince de julio, al quince de agosto siendo, sin lugar a dudas, el período de temperaturas medias más altas del año; cogollo abrasador del verano. Lo recoge el refrán: De Virgen a Virgen el calor aprieta de firme. Antes y después, verano es, que sitúa el clímax veraniego entre las festividades de Nuestra Señora del Carmen y la Virgen de agosto, la Asunción de María, momento festivo en gran parte de los pueblos del territorio nacional, aunque este año desgraciado no podrá ser así por temor a rebrotes y contagios que van en aumento en los últimos días y llenan de ansiedad los corazones ante el inseguro futuro que se avecina.

JABALCUZ EN LA MEMORIA

Verano jaenero; infierno urbano, purgatorio campestre. Lo que siempre ha sido, pese a que quieran convencernos que antes no hacía el calor de ahora, la memoria es frágil en estos temas meteorológicos. Pero tengo en la memoria aquellos veranos de los años cincuenta y sesenta, en mi añorada casería de Jabalcuz, cuando el sabio Manuel, el casero, cuya vivienda de piedra aneja al cortijo  —separada de este por un amplio patio, cubierto de una extensa parra refugio de gatos cuyo pelaje abarcaba toda la escala cromática—, era una verdadera nevera, haberlo visto coger sus bártulos alguna tórrida noche juliana, para dormir en la era, junto a las plantas de zumaque que tenía trituradas buscando su perfecta sequedad  antes de vender al peso para tintes, todo lo cortado y trillado con esfuerzo, lo cual demuestra que también hacía calor del bueno en aquellas fechas. O ver llegar a mi tío Ángel Carriazo, en el “autobús de los Baños”, como se llamaba en los Jaenes al transporte de Vargas Machuca que hacía el recorrido Jaén–Jabalcuz-Los Villares. Nunca tuvo coche. Por eso cada crepúsculo veraniego descendía tocado con su sombrero panamá en el km. 7, y, tras tomar la vereda abierta en el olivar de “Los Villarillos” que conducía hacia el Camino Viejo y la casería, en la honda caricia azulada de la tarde fuliginosa, aparecía en la lonja circundada por bancos alicatados de azulejos de colores —sobre los que recostado yo leía, en postura imposible, mi libro de Karl May—, donde estaba la familia reunida expresando,  mientras se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo para añadir cierto dramatismo a la escena:

—Nos dé Dios buenas, noches, cuarenta y dos grados ha hecho esta tarde en Jaén,  en  el termómetro de la puerta de la Farmacia. No se podía  estar en la rebotica ni con el ventilador a toda marcha…

Y recuerdo  aquellas noches candentes de vueltas en la cama, soldada la espalda a la sábana, en un paraje que siempre marcaba cuatro o cinco grados menos que la capital. La canícula no ha respetado nunca, desde que tengo uso de razón, cuerpos y mentes jaeneras. Una monotonía apabullante de cielo azul, amarillento en las horas centrales del día, y sudor inmisericorde  en muchas  veladas nocturnas, de botijo, cigarrillo caldo de gallina, chicharras, conversaciones susurrantes y jardín estelar de fantasía. Tan solo podía  romperse  aquel ominoso sofoco por alguna tormenta aislada, al paso de alguna vaguada de aire  norteño que lo más que dejaba es el barro estampado contras las superficies, y una agobiante sensación de bochornosa humedad tras el refresco pasajero y escaso. Nihil novo sub sole. Nada ha cambiado desde entonces

¿PRONÓSTICO DEL TIEMPO?

Verano angustioso. Casi por error me he atrevido a contemplar en la sobremesa, por curiosidad, tras un telediario, que casi nunca veo, el pronóstico del tiempo de una cadena privada. Ha sido una excepción que confirmará mi futura ausencia de estos espacios televisivos. Tras un aperitivo de anuncios simplísimos, aparece el presentador que nos saluda con cara y gestos de histrión, como un servus chistoso de una comedia de Plauto,  y nos anuncia, risueño,  saltarín y ojiabierto, que, en breves momentos, comenzará este espacio. De nuevo una ristra de anuncios de una memez más que notable. Tras siete eternos minutos, aparece el susodicho personaje y lejos de darnos el pronóstico del tiempo nos comenta la foto que ha enviado Pepita Bienmesabe, desde Pinos Puente; unos  cirros navegando el mar de la vega granadina, y añade la de Gorka Zumalacárregui, desde Zaráuz, con una postal del furioso Cantábrico al amanecer, estampado el cielo de intimidatorias nubes de color panza de burra. Nueva sesión de anuncios bobos, quizá más memos aún que los anteriores,  si eso fuera posible, y vuelta del personaje que nos ofrece, entre contorsiones  circenses, unos consejos sobre qué se debe hacer en plena canícula. Ya se sabe, beber mucha, mucha, pero que mucha agua  —a buchitos cortos para no atragantarse—, pasear siempre por la sombra,  y no jugar al tute arrastrado a las tres de la tarde a pleno sol y sin un sólido sombrero de paja protegiendo nuestra alopecia, o nuestras canas venerables. Hace mutis por el foro, y vuelven los anuncios ahora convenciéndonos de la oportunidad de traspasar todos los seguros posibles  además de otros que, por ser tontos —nosotros, quiero decir—, no conocemos, a una nueva compañía, que curiosamente nos hará desembolsar hasta un cincuenta por ciento menos de la cantidad con que otras aseguradoras nos habían asaltado hasta este preciso momento. Vuelve el conductor del espacio, sudoroso, algo agitado y hablándonos, en supuestas e inútiles paráfrasis, como si fuéramos alumnos de la ESO en clases virtuales de tiempos pandémicos.

Han pasado ya veinte y cinco minutos, y aún no sabemos el tiempo que nos deparará el día siguiente, por cuanto en el momento en que la pantalla dice: “volvemos en tres minutos”, apago el receptor y me prometo a mí mismo, no volver a conectar tal campaña publicitaria en lo que resta  de verano. Los publicistas desde luego no se engañan. Saben lo que hacen. Por cuanto pienso que la suprema simpleza de los anuncios que idean están en relación directa a la ligera estolidez del público a quien van destinados. Y me da miedo tan solo pensarlo. Por otra parte, mi afición a la Meteorología hace que esté conectado con páginas de verdaderos especialistas que me informan, a lo largo del día, de cualquier cambio  de condiciones atmosféricas, a distintos niveles atmosféricos, por lo que no sé el motivo de haber seguido tal espacio. Quizá el bochorno reinante, reblandezca un tanto las meninges, o  nos mantenga exangües y debilitados no haciéndonos responsables de nuestro actuar cotidiano.

RUIDO, FIESTA, MÚSICA...

No me gusta el verano. Era otra cosa antiguamente, cuando las caserías aisladas entre los bosques de olivos, estaban construidas con recios muros que protegían de las inclemencias externas. Ahora las construcciones son distintas. Los vecinos campestres también. España, país escasamente cívico, produce una suerte de muchedumbres que entienden estos días caniculares asociados al ruido, la fiesta, la música a todo trapo y un vocerío impenitente y continuo prolongado hasta bien entrada la madrugada. Cuando no cumple años el mimado niñito —siempre la misma canción ¿no existen otras melodías para estas celebraciones? —, es que han venido los cuñados con ganas atrasadas de hablar en voz alta, o en un casa contigua tiene lugar un karaoke que dura toda la tarde y parte de la madrugada, en cuyo transcurso canta desde el pater familias —aunque eso era antes—, la abuelita asténica, y todas las variantes de parentesco, políticas y físicas, con unos altavoces que prolongan lo expresado en medio km. a la redonda. O, en los jardines cercanos, los más conspicuos representantes de la “generación más preparada de la historia”  —y promociones sucesivas—, consume litros de alcohol entre berridos australopitécidos, dejando el lugar más tarde como si hubiera tenido en él la batalla de las Navas de Tolosa, y los almohades huyeran despavoridos hacia sus integristas cuarteles del desierto, ante semejante turba de vocingleros  contagiadores asintomáticos. O sucede que hay una reunión de veinte personas en viviendas colindantes que chillan a coro, entre trago y trago de mojito, y ocultan sin remedio los sonidos del campo, de la noche y sus silencios, del callado grito de la Luna y su trayectoria plateada por el firmamento. Y nadie piensa en los demás.

El problema es que en nuestra depauperada enseñanza, se enseñan mil nimiedades, casi siempre con estudiada carga de profundidad ideológica, pero jamás se le inculca  a un niño a respetar el derecho al descanso, a la tranquilidad, a la serenidad de espíritu de los demás. La Educación Cívica siempre ha brillado por su ausencia en nuestro sistema educativo, quizá porque no esté bien valorada ni considerada, ni sea políticamente correcta. Porque esto es un país especial ¿se da Vd. cuenta?, con normas singulares que consisten en que no haya norma alguna, porque es verano y vean ustedes…, la noche está hecha para fiestas, gritos y músicas, y eso hay que comprenderlo, que vivimos en un territorio latino, late sangre caliente dentro de las venas,  tenemos muchas horas de luz —y más que vamos a adelantar la hora—, estamos recorridos de impulsos primarios debido al clima, y, por si fuera poco, vivimos en una democracia, y ya se sabe, es nuestra cultura… Recuerdo  con dolorosa envidia en algún viaje a la capital de cierto país europeo —más democrático que el nuestro, por cierto—, que nos recomendaban en el  apartamento donde recalamos, que incluso durante el día bajáramos las escaleras con cuidado, casi de puntillas, para no molestar a los vecinos. En nuestra plurinación eso sería impensable. Tomarían por loco al que hiciera tal recomendación, tras llamarlo fascista, negacionista del cambio climático, homófobo y demás lindezas al uso. Incluso alguno con carrera lo llamaría gilipollas, que es insulto más culto.

NUNCA PASARÁ NADA

No me gusta este tipo de verano. Detesto las muchedumbres uniformadas que conciben las noches veraniegas como un aullido permanente.  Entiendo perfectamente al gran escritor y profundo pensador Antoine de Saint- Exupéry —su “Ciudadela” es uno de mis libros de cabecera hace años—, cuando  el 31 de julio de 1944, antes de salir en su última misión a los mandos de  su avión  P-38 Ligthning, que finalmente desapareció con su piloto, dejó entre otras cosas una nota en la que estaba garabateado este pensamiento final:

Si soy derribado no lo lamentaré. El hormiguero futuro   me espanta y odio con toda mi alma  su virtud de autómatas…

Pero es lo que tenemos. Un país sin normas a no ser que sean ideológicas. Porque la masa amorfa que vegeta en sus espacios es fácilmente moldeable por el Poder. Nos asola una ausencia total de sociedad civil, de grupos sociales, bien dispuestos y articulados, con ideas claras que hayan alcanzado la madurez, y sepan canalizar las  justas inquietudes ciudadanas, los comportamientos verdaderamente cívicos, democráticos, y de esta forma hagan frente, racionalmente, sensatamente, firmemente, a los excesos del poder, a las tentaciones totalitarias en cualquier aspecto vital de los dirigentes políticos, ahora tan evidentes. Porque la gente está anestesiada, exánime, y, pase lo que pase, se sucedan tropelías sin cuento, o mientan  sin reparo alguno, y con total desvergüenza,  los representantes de la partitocracia que nos gobierna, nadie va a reaccionar. Están entretenidos con las redes sociales, el wasap,  los deportes, los aplausos en los balcones, los  múltiples placeres menudos, o de grueso calado —eso depende—, las vacaciones y las pagas extraordinarias. Nunca pasará nada. Quienes ostentan el poder se frotan las manos ante rebaño tan dócil. Y si hubiera algún conato de rebeldía bastaría aplicar  la  supremacía omnímoda de los “medios”, o alguna encuesta del CIS para restablecer de inmediato la situación, si no alguna amenaza velada que metiera el miedo en el cuerpo a los levantiscos. Yo lo siento por las generaciones más jóvenes. La mía, con todas nuestras luces y sombras, poco puede decir ya. Pero si no despiertan alguna vez, de la vida vegetal directamente pasarán al sueño eterno. Mientras tanto  su existencia será  un redil que se abra y cierre a las horas convenidas. Y siempre controlado el hato por furiosos e inapelables perros pastores que no duden en hacer presa en el espíritu de los más osados, o en sus carnes si llegara el caso.

Detesto este tipo de verano. Cada día que pasa soy más amante de la tranquilidad, de la serenidad, de la reflexión de cara al cenit nocturno donde vaga rutilante la estrella Arturo, de los grupos reducidos salvo en ocasiones especiales. No sirvo de insecto social al servicio incondicional de una Gran Madre del hormiguero que rige inapelablemente cada uno de mis actos y pensamientos. Cada vez me refugio más en mis propios mundos —¡qué suerte tenerlos! ¡qué gran regalo divino!—,  deseo más la soledad, —“esa gran talladora del espíritu”, como la definía Lorca—,  la intimidad, la lucidez para ver surgir desde cada rincón, desde cada vereda que trepa hacia el monte plateada por la luna, la magia de la noche y así disfrutar de la contemplación ensimismada del firmamento, de la brisa susurrante que acaricia el alma, del rumor del agua, y el profundo latir de las estrellas. Por si fuera poco este año, debido a la horrenda pandemia, el ir a la playa será una decisión meditada con cautela, porque las cosas están bastante mal en cuanto a número de contagios y posibilidad de contraer la enfermedad. Pero antes o después, si Dios quiere y la situación así lo aconseja, buscaré las arenas murcianas, entre el Cabo de Palos y la Punta del Estacio, frente a la isla Grossa, donde he recalado en los últimos 45 años para encontrarme con un agua a 28 o 29 grados, una larga extensión arenosa, y a los buenos amigos de siempre de aquellas tierras con los que mantengo relación entrañable desde hace décadas.

ES LA CANÍCULA JAENERA

Canícula, antesala del Averno en nuestra tierra, que este clima siempre ha sido extremo en esta época. Y deseo apremiante de que pase el verano, y el lugar donde vivo recupere su encanto cotidiano, cuando los niños berreantes retornen a sus colegios —¿volverán algún día? —, y la legión de visitantes estivales recuperen la normalidad de su vida si eso fuera posible ante lo que se avecina. Entonces sucederán días deliciosos, nos dejarán las golondrinas por san Miguel, madurarán las almendras, las últimas zarzamoras, membrillos, serbas  y granadas, serán más limpios los ocasos, arribarán con los viento ábregos los primeros temporales atlánticos, acortarán los días en medio de este demencial cambio horario que mantenemos, sin saber exactamente el porqué. Las preciadas esmeraldas del olivar, a las que hemos visto crecer y brillar en la canícula, se irán convirtiendo en jacintos de compostela, tersos, cristalinos, de grueso tamaño que doblarán las ramas con su preciado peso, y vendrán meses apacibles,  serenos, íntimos, hasta que llegue de nuevo el dichoso julio y su horrenda canícula a herir lo más profundo de nuestra piel, a robarnos la tranquilidad de espíritu.

Pero yo pasaré, si Dios quiere, cada vez más tiempo en las arenas murcianas, disfrutando de la brisa perenne de aquellos parajes idílicos, y recordando mis veranos de la Casería de Piedra que llevo grabados en los hondones del corazón, porque nada podrá conseguir superar a aquellos días deliciosos y confiados que generaron lo mejor que pueda existir en mí, si es que ya queda algo. Pues todo nace  en el mar extenso y sin límites  de la infancia, por eso volvemos la vista atrás en la recta final de la existencia. Tenía razón Hölderlin, el poeta alemán cuando decía en uno de sus versos: “Los ríos nacen en el mar, por eso vuelven siempre allí”. El caudal de mis aguas más cristalinas vuelve al inmenso océano de origen, la infancia, que fue matriz, madre amantísima, y maestra  de toda mi posterior existencia.

Hierve el agua de la piscina. Jadean los grillos sin fuerza agobiados por el bochorno reinante. Se viste el cielo del color del infierno. Es la canícula jaenera.

 

                                          Ramón Guixá Tobar

 

Foto: Imagen de un lugar emblemático, Jabalcuz, asociado en el recuerdo a un Jaén más llevadero durante los meses de la canícula.

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