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Por ANTONIO GARRIDO / A lo largo de más de medio siglo de trayectoria en el periodismo tengo muchos conocidos políticos, pero amigos, lo que se dice amigos, se pueden contar con los dedos de una sola mano, pero por propia voluntad, con el respeto que me ha merecido el ejercicio de la política, siempre he entendido que debía poner una prudente barrera en las relaciones para preservar mi libertad e independencia, ya que en todo momento me acompañó en mi tarea la responsabilidad de opinar, y lo he hecho prácticamente a diario durante décadas, así que imponerme esa obligación me ha proporcionado mucha tranquilidad y una tarea profesional grata, en parte gracias a que tuve la suerte de que las empresas en las que trabajé confiaran plenamente y no recuerdo haber tenido la más mínima presión a la hora de ponerme ante la máquina de escribir o el ordenador. Pero se da el caso de que hoy despido a un amigo, sí, un amigo de los de verdad, Leocadio Marín Rodríguez, que durante muchos años fue político. Y ¿cuál es el motivo por el que nos hicimos amigos? Sencillamente porque la coincidencia se produjo en un momento crucial de la historia de España, la transición política, él integraba las listas del PSOE en las elecciones municipales de la capital, que encabezaba el que después sería gran alcalde, Emilio Arroyo, y le tocó hacerse cargo de la presidencia de la Diputación Provincial en el primer mandato tras los comicios democráticos de 1979. Él era diez años mayor que yo, pero conectar con Leocadio Marín fue todo un lujo, sobre todo porque en aquel momento casi todos los que estábamos tanto en la política como en el periodismo, en especial los que éramos más jóvenes, abrazábamos con entusiasmo el tránsito a la democracia, ese era el nexo de unión.

Tras su llegada al Palacio de San Francisco me llamó para hacerme cargo de la Jefatura de Prensa del organismo provincial, donde estuve unos años muy intensos e ilusionantes, y lo abandoné voluntariamente, ya sin Leocadio al frente, la política pura y dura empezaba a tomar cartas de naturaleza, y yo no podía estar cómodo, siempre he querido ser un alma libre, y con Leocadio lo fui, y además fue él precisamente el que consiguió, de la manera más sencilla, con el ejemplo, que la Diputación fuera un órgano donde reinaba la cordialidad, el respeto entre los grupos políticos, y así creció en poco tiempo la consideración general hacia Leocadio, que se tuvo que ir de Jaén a ocupar el cargo de Delegado del Gobierno en Andalucía. Quiso que me fuera con él, pero ya supo que nunca quise ser nada más que periodista, y además periodista de provincias. Se cumplen 45 años de aquella inolvidable experiencia y de vez en cuando he recordado el talante de Leocadio Marín y en general podría decir que el de todos los componentes de aquella primera Corporación Provincial con independencia de su adscripción ideológica. No es momento para recoger todos sus logros, que fueron bastantes, porque en el nuevo tiempo estaba todo por hacer, me limitaré a dar fe de que fue un gran presidente, querido y respetado, y además honrado e íntegro, de lo cual tengo razones sobradas para saberlo.
   
Necesitaba hacer el anterior preámbulo antes de pasar al sentimiento de aflicción que me produce la muerte de Leocadio, a los 81 años de edad, en su Baeza, a la que tanto quiso y a la que se dedicó en cuerpo y alma como alcalde los últimos años de su vida activa en política. Ser alcalde del pueblo de uno también acarrea sinsabores, no todo el mundo entiende las decisiones y además la política partidaria es capaz de herir al mejor de los mortales, pero cuando he hablado con él lo noté contento de la experiencia, de todos los cargos de responsabilidad que ocupó en su vida política, casi todos en Andalucía, excepto el tiempo que estuvo dedicado a una de sus pasiones, la social, y presidió la Asamblea Nacional de Cruz Roja Española, sin duda el que más le llenó de satisfacciones fue el servicio prestado a su ciudad, disfrutando de los mejores momentos de la vida de Baeza tras su declaración como Patrimonio de la Humanidad, junto con su hermana Úbeda. En este nido real de gavilanes que ha gozado en las últimas décadas con grandes alcaldes, el nombre de Leocadio Marín va a ser recordado porque con independencia de los vaivenes de una gestión nadie podrá discutir que su sola presencia otorgaba al cargo dos cualidades que le han adornado en todo momento: grandeza y humildad. También ilusión, él había dejado dicho que la política, en su caso, era “la historia de una ilusión”. No en balde su trayectoria ha sido modelada además de por las experiencias políticas, las buenas y las no tanto, pero también en su labor como maestro, pues aunque licenciado en Filosofía y Letras tuvo la riquísima experiencia de enseñar en el Psicopedagógico Virgen de la Capilla de Jaén, fue allí donde se asentaría más si cabe su escala de valores.

Fue el alcalde, pero en la mayor parte del tiempo fue el ciudadano, el fiel compañero de su esposa Fela, tal para cual, la persona de sencillas costumbres que procuraba no faltar a su cita con la partida de dominó con sus compañeros de siempre, en el antiguo Mercantil. Nunca fue un hombre de excesos, ni en la política ni en la vida ordinaria. En la política pudo llegar a ser presidente de la Junta de Andalucía y en Madrid lo que hubiera querido, pero jamás estuvo en su ánimo medrar y hasta tenía la creencia de haber llegado demasiado lejos, al lugar donde cuando se afilió primero al PSP de Tierno Galván y después al PSOE no se le pasó por la imaginación que le llevaría el destino. Él como tantos otros de aquella generación que ahora muchos tratan de denostar, lo único que deseaban, deseábamos, era vivir en democracia y forjar la unidad entre los españoles, porque la democracia nadie ha dicho que esté reñida con el respeto, el entendimiento entre políticos de distinta ideología y el esfuerzo por mejorar las condiciones de una sociedad, que en aquellos años 70 necesitaban de un enorme impulso. Alguna vez he escrito que aquella cosecha del 79 fue espléndida porque había personajes que despuntaban, como Leocadio, pero casi todos, por no decir todos, y en este momento me refiero en especial al Ayuntamiento de Jaén y a la Diputación, aunque seguro que lo podría trasladar a la mayor parte de los ayuntamientos, eran personas irrepetibles, no digo que hoy no lo sean, pero permitan que tenga el atrevimiento de señalar que en muchos aspectos hemos desandado el camino recorrido y probablemente, sin pretender ser alarmista, estamos en una especie de encrucijada que ojalá traiga tiempos mejores.

Lo mejor que le ha podido pasar a Leocadio es haber vuelto a Baeza, la ciudad de origen y de los recuerdos, a leer, a pensar, a pasear y sentir a diario el maravilloso legado que los siglos han dejado en esta espléndida ciudad. Alguna vez he visto su silueta en el horizonte por el viejo Paseo de las Murallas, seguramente siguiendo la senda del eterno Machado, que también nos unía. Leer los versos de Machado y no enamorarse más y más de Baeza, no es posible. Querido Leocadio, hoy cuando vuelva a Baeza a darte el último adiós, haré mío el verso de don Antonio: “De la ciudad moruna/tras las murallas viejas,/yo contemplo la tarde silenciosa,/a solas con mi sombra y con mi pena”.   

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