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Por RAMÓN GUIXÁ TOBAR / Las he visto florecer en el jardín y en un instante se ha hecho cauce mi mente de un torrente de impresiones y muy vetustos recuerdos, que jamás habían sido borrados de la pizarra interior. Son sin duda mis flores preferidas, por color, textura, delicadeza y aroma. Siento un escalofrío al verlas retoñar vivaces sobre el tupido tapiz de la aptenia, pintando de malva el verde de sus hojas lanceoladas que nunca han dejado de tener una topografía cordial. Y doy rienda suelta a la evocación de otros tiempos, como en los días gozosos días de mis cumpleaños infantiles, en mi venerada casa de aquella encantadora Plaza de las Palmeras donde nací, cuando al despertar me venía como una flecha certera a la pituitaria el olor invasivo de las lilas, fuerte pero delicado, entrañable, embriagador, con toques de rosa, pero también sutilmente anisado, con esa fragancia inconfundible, indefinible, única, que se hace aún más rotunda al ser cortada la flor del árbol; un aroma inefable, más intenso en días soleados y cálidos, que posee toques vaporosos de vainilla o de jazmín, pero que tan solo se parece a él mismo y pone en tensión todos los resortes de mi ser, cuando ahora lo aspiro entre dos luces mientras tomo un café cortado y recreo con detalle una sarta inenarrable de vivas imágenes que aún están guardadas con cariño infinito en el viejo celuloide de mi imaginación.

Porque aquellos viejos ramos de lilas que embalsaman mis sueños de la infancia habían viajado en un cesto de mimbre, junto a otros presentes, desde la Casería de Piedra donde las había cortado, al alba de una mañana de primavera, Manuel, el casero, quien se había descolgado más tarde desde el cortijo, volando con sus rudas abarcas por blancas y margosas pendientes, para ganar el bosquecillo de pinos plantado años atrás por mi abuelo, cruzar el arroyo hasta llegar al fondo del valle, al pie de las peñas de Castro, donde enfilaba la estrecha y descarnada senda que, procedente de términos villariegos, cruzaba el chilanco Elías hasta desembocar a la carretera junto a la ermita del Cristo del Charcales. Desde su nueva sede familiar irradiaban efluvios rotundos de inmediato por la casa, tras ser colocadas en varios jarrones de cristal en distintas habitaciones, su color y fragancia con su perfume inconfundible que me azotaba recién despierto con flagelo suave y estremecedor. Un ramo de lilas; toque de la serenidad, de la caricia afectiva, de la inocencia de un niño, de los sueños vivos, de la limpieza de cuerpo y espíritu, del latigazo de la primavera que se filtraba por el balcón desde el oasis exterior, de los amores leales que nada piden a cambio. Era el aroma de los sueños, de la ilusión de un niño, de la alegría de la pascua, de la infinita armonía musical…

Entonces entraba mi madre para felicitarme mi cumpleaños con un paquete, preciosamente envuelto y adornado con cintas de colores, que había comprado en la papelería Santo Rostro de la Carrera que contenía algún libro de Guillermo Brown, ya por entonces mi personaje favorito, pero que aún ahora lo sigue siendo. Yo lo abría con unción para extasiarme boquiabierto con los soberbios y expresivos dibujos de Thomas Henry que ilustraban aquellas historias de Guillermo, y sus Proscritos: Pelirrojo, Enrique y Douglas, y de su perro Jumble mezcla de todas las razas posibles y alguna por existir. Me apasionaban sus andanzas inolvidables por todos los vericuetos de un sencillo pueblo de la campiña inglesa, rodeado de verdes prados, de un riachuelo rumoroso, plagado de ranas, saltimbanquis y afónicas, con casas de blancos ventanales y jardines bien cuidados, setos impenetrables, suaves colinas, viejos cobertizos, teatro de operaciones de la pandilla, y personajes diversos. Tales historias relatadas con maestría por Richmal Crompton —la novelista que tanto sabía de la psicología de los niños—, en los que diseccionaba con ternura no exenta de irónica y acerba crítica, la vida y milagros de tantos y tantos integrantes de la sociedad rural inglesa de aquellos tiempos, Por sus capítulos desfilaba un amplio muestrario de heterogéneos figurantes: pastores protestantes de ceño sañudo, asténico apetito y voz atiplada, histriónicas esposas del vicario parroquial hacedoras de buenas obras cotidianas, viejos arqueólogos de andares tambaleantes, cortos de vista y plagados de manías que a veces confundían un teja plana inglesa fabricada en el condado de Lancashire, con un fragmento de terra sigillata romana de época de Adriano, videntes menopaúsicas y parlanchinas, ferias con tiovivo de vuelo vertiginoso y casetas donde se exhibía la mujer gorda y barbuda, o el impasible faquir, átono y traga cuchillos, conferenciantes despistados cuyas insufribles peroratas versaban sobre temas inauditos, asociaciones de mujeres neurasténicas en torno a causas sorprendentes e insólitas, granjeros iracundos cuando eran holladas sus propiedades, encabritadas sus vacas, o desvirgados sus manzanos por grupos de arrapiezos de gorra mugrienta, calada hasta las cejas, botas embarradas y sucios calcetines colgantes por debajo de las rodillas, hermanos mayores, dandis pueblerinos y presuntuosos, o hermanas coquetas y seductoras que miraban, con desprecio infinito, desde su óptica de irresistible y coqueta vanidad, al más joven de la saga, té de las cinco plagado de conversaciones epidérmicas en tono casi inaudible, pastas demasiado azucaradas y miradas de soslayo, maestros envarados que en nada comprendían los sueños de libertad de un niño, su amor por la verdad de las cosas, padres escépticos y amantes del orden ante la conducta ciertamente imprevisible de sus hijos, siempre metidos en líos diversos, que soñaban con llegar a casa por la tarde en el tren de Londres para arrellanarse en su sillón favorito, calzar sus relajantes pantuflas ante el fuego del hogar, y dar cuenta del periódico de hojas inmensas casi imposibles de plegar, cocineras convulsas al comprobar la huella de unos dedos tiznados de negro introducidos en la mermelada de grosella recién hecha, o el corte poco limpio realizado sobre su refinado pastel de arándanos, y tantos y tan diversos y deliciosos cuadros de costumbres que describían minuciosamente la etopeya y prosopografía de los personajes, y me enseñaban sobre la vida inglesa de la época más que cualquier libro de historia.

Un ramo de lilas. Un fragmento segregado de la deseada primavera. Un sugerente lienzo de Van Gogh que pintó con ansiedad el lilo que florecía en el jardín del sanatorio donde estaba siendo tratado de sus desequilibrios nervioso. O esas lilas del jardín de Giverny, en Normandía, reproducidas por el gran Claude Monet, y expresadas en el lienzo a base de pinceladas gruesas, concisas, fuertes, definitivas, con sorprendentes efectos de luz, color y sombras, y sugerentes reflejos caleidoscópicos en las aguas del estanque cercano. Una obra que me conmueve. O el exquisito e inquietante Jarrón de lilas en una ventana de la artista Mary Cassat, pintora americana amiga de Degas, cuadro que ilustra este artículo. En tal óleo juega con los diversos matices verdosos, blancos y lilas en un cuadro sorprendente y osado que produce vértigo y una cierta sensación de desequilibrio al contemplarlo, quizá por la perspectiva usada, o por el aspecto inestable del ánfora que contiene las flores.

Un ramo de lilas en la mañana de infinitas tibiezas. Brisa de mayo. Tiempo inmóvil, eternizado. Canto de verderones, carboneros y herrerillos. Ansiedad serena. Impresiones atrevidas, mágicas. Colores de ensueño. Fragancias eternas. Aromas tan preciados en todos los tiempos. Porque el ser humano siempre ha estado condicionado por las distintas esencias contenidas en los diversos órganos de las plantas. Baste decir que a Jesús le fue ofrendado, en el Portal, por magos orientales, que arribaban con sus presentes hollando las estelas arenosas sembradas de estrellas del desierto, para poner ante el Niño Dios el incienso y la mirra. Más tarde en su vida pública sus pies fueron amorosamente frotados con aceite de nardo y otros perfumes caros, por mujeres que, tras regarlos con sus lágrimas contritas, los secaban más tarde con la seda de sus cabellos. Y tras su muerte, caminaban al alba hacia el sepulcro, ansiosas y estremecidas, las mujeres miróforas, portadoras de mirra y otras esencias, para ungir su cuerpo quebrantado y rígido con sus perfumes, ungüentos y la sal redimida de sus lágrimas amorosas.

LA ATRACCIÓN DE LOS PERFUMES

No podemos conocer con certeza, cuándo surge la atracción humana hacia los perfumes. Quizá nos sorprendiera saber que se inicia en el albor de la vida del ser humano sobre la Tierra. La palabra perfume puede que tenga origen latino. Es posible que derive de per fumum o pro fumun, que no significa otra cosa que, a través del humo al pretender indicar la volatilidad de tales aromas, aunque es algo difícil de dilucidar, porque los romanos nombraban a los perfumes más bien con la palabra unguentum. Por eso los que comerciaban con los productos aromáticos eran denominados unguentarii y los recipientes en los que se guardaban los perfumes, se designaran habitualmente como unguentarium.

Por eso otros estudiosos del tema le adjudican al vocablo un origen francés; no olvidemos que la tierra por excelencia de los perfumes, desde el Renacimiento hasta ahora, ha sido Francia. Siempre han sido cotizados las esencias de las selectas perfumerías parisinas: Chanel, Dior, Guerlain, Nina Ricci… Muchos perfumes actuales llevan las lilas como nota floral predominante, como el Pur Desir de Lilas, de Yves Rocher, esencia más bien sencilla, pero de una enorme hondura. Confieso que soy un amante inveterado de los perfumes femeninos, y que en las tiendas especializadas, no dudo tomar los frascos de prueba y regar generosamente las muñecas —con pocos testigos desde luego—, en la zona donde se toma el pulso, para después aspirar con arrobo, a lo largo del día, las diversas fragancias impresas en la epidermis. Y qué puedo decir de la punzante emoción que siento cuando pasa frente a mí, una mujer elegante, de andares altivos, juncales y airosos, y aspiro con delectación el rastro inequívoco del perfume que ha usado antes de tirarse a la calle. Son instantes sencillos, pero eternos, deslumbradores, definitivos…es como si dejara impresa su huella personal en el aire de la mañana tibia y soleada. Porque no me cabe la menor duda de que el mismo perfume no huele igual depositado sobre el cuello o el carpo de distintas mujeres. Cada una de ellas le presta algo de su ser, parte de su personalidad, a la fragancia en infinitas variaciones aromáticas y vitales.

Tras la caída del Imperio Romano y la aparición del cristianismo, se prohibió el uso de perfumes como aditivo para el cuerpo, dado que su uso estaba asociado a rituales paganos. Pero, más tarde, esa atracción irresistible resurge de nuevo con fuerza inusitada y se hace un verdadero arte la fabricación de combinaciones de esencias originales y atrevidas, cada una de ellas para una situación o un carácter definido. Nada más personal que un perfume para definir a la persona que lo usa.

Un ramo de lilas recién cortado en la mañana en estos días primerizos de mayo que inundarán la casa con su luz especial, sol que todo lo limpia y hace decrecer las sombras de personas y cosas, faro de los sueños, puerto de la imaginación. Un colorista y violeta ramo de lilas que nos hará aspirar sus delicados tonos aromáticos con sensualidad para comprender que no existe el paso del tiempo, y cualquier olor trae a la memoria, una repetición de lo ya vivido, ahora tapizado, resaltado, engrandecido, por el paso de los años, y una sensación indefinible de que todo está de nuevo ante ti, para poder rememorar intensamente lo que en su momento no acertabas a comprender, pues te bastaba vivir sin hacerte pregunta alguna. Pero recordar con deleite y nostalgia es algo que viene más tarde, cuando ya se anuncia el próximo ocaso del periplo vital

UNA ESPECIE ÚNICA

Syringa vulgaris, fue el nombre que le adjudicó en 1753, el genial naturalista sueco Linneo, ilustre taxonomista de la nomenclatura binomial. El nombre del género hace alusión al vocablo griego sirinx que significa tubo, para hacer notar que el tallo de las ramas jóvenes suele ser hueco, lo que le ha hecho ser empleado para la fabricación de flautas, quizá como la que ahora es soplada por el gran Jean-Pierre Rampal, el excelso instrumentista francés que interpreta la partita para flauta sola BWV 1013 de Bach, pieza inefable que me sirve de fondo para escribir estas líneas, aunque las flautas modernas estén hechas con madera de palosanto, e incluso de boj. El nombre específico, vulgaris, alude a lo extendida que puede estar esta planta que se originó en los Balcanes y otras zonas del sudeste europeo donde es colonizadora de hábitats rocosos, y ahora es naturalizada en nuestro país por todo el territorio. Está encuadrada en la familia Oleáceas lo que para un jaenero siempre posee hondas resonancias el que una planta sea miembro de la familia sagrada a la que pertenece nuestro olivo, árbol de nuestra cultura que tanto ha dado y dará a esta tierra, símbolo fecundo de la provincia, enseña victoriosa de nuestros campos y serranías, ahora cuajadas de fedias, malvas, brasicas, campanillas, borrajas, juncias, anchusas, dientes de león, amapolas… en esta primavera lluviosa y fecunda que Dios nos está regalando este año.

Lilas blancas o violetas y azuladas —yo prefiero sin duda estas últimas— . El azul, siempre ha sido mi color: es el del cielo —por el efecto Rayleigh que hace dispersar por las moléculas gaseosas del aire la luz azul que es la de longitud de onda más corta—, es el color del mar, el de la ilusión, el de mis sueños repetidos, el de la serenidad y confianza, el de la paz interior, el del manto de la virgen Eleúsa, señora de las ternuras, de la Theotokos, la madre de Dios, que fue concebida limpia de toda mancha original, pues ya fue elegida Inmaculada antes de que naciera el Tiempo. Un ramo de lilas, hermanado con rosas y claveles, al pie de la Señora Capilla, la madre y protectora de Jaén en el mes que a ella está dedicado.

Un conmovedor y fragante ramo de lilas poseedor de múltiples símbolos. Los sueños inmortales, los recuerdos imperecederos y el amor eterno entre otros. Es curioso que en la Inglaterra victoriana las lilas estaban ligadas al sentimiento amoroso de una manera muy directa. Por eso las viudas de la época llevaban casi siempre ramos de lilas que simbolizaban el recuerdo de su amor perdido para siempre. Un ramo de lilas símbolo de la intangible serenidad del espíritu. No existe para mí nada más tranquilizador que sentarme con un buen libro en las manos frente a estas flores en el jardín, aspirando al respirar su próximo contacto para que me sienta invadido por una sensación de paz inexpresable que me hace cerrar los ojos y dejarme mecer en esa onda armónica que la proximidad de estas flores de primavera despierta en todos mis recovecos interiores. La música de Bach cierra este ciclo inabordable; el deseo de fundirme con el resto del Universo en una unión mística que jamás pueda romperse. Saber que formo parte de su evolución, de su principio, transcurso y eternidad.

Un delicado y aromático ramo de lilas que me hace sentir vivo y hasta me hace adivinar, que no existe la muerte, cuya guadaña no es el final, y que habrá otra realidad en la que todos podamos desarrollar todo lo noble y grande que existe dentro de nosotros, tantas veces anulado por nuestras cegueras interiores.

Y termino esta evocación con una frase del escritor alemán de entreguerras, Erich María Remarque que me impactó, cuando la descubrí en su día: No tengo mucho interés en las cosas supuestamente importantes de la vida. Tan solo en las cosas bellas. Sólo imágenes como las de un ramo de lilas frente a mí pueden hacerme feliz…

A mí me pasa algo parecido.

Foto: Detalle del cuadro «Jarrón de lilas en la ventana», de la pintora americana Mary Cassat.

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