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Conservo guardado en casa el pitón íntegro de una becerra de Araúz de Robles. Se le descolgó al entrar al caballo en un tentadero y el ganadero me lo regaló. Más de veinticinco años lleva en mis manos y es un recuerdo simbólico de mi infancia, como otros tantos. Quizás algo extravagante, lo reconozco. Pero el caso es que ahí sigue estando.

Es un recuerdo material y auténtico, que complementa las imágenes de aquel día que se conservan en un álbum de fotos. Y todo ello ayuda a perdurar en mi memoria aquello que viví cuando tan sólo tenía diez años. En esa edad en la que todo nos sorprende, nos impacta o nos cautiva para siempre.

Días como aquel forjaron en mí, en cierto modo, la afición a los toros en aquel niño que fui. Pero no sólo eso, también sirvieron para ir recibiendo esas pequeñas lecciones de saber ser y estar en la vida cuando sales por la puerta de tu casa y tu forma de comportarte ante los demás te mostrará tal cual eres, pero también en tus gestos y en tus formas vas representando a la familia a la que perteneces.

A mi corta edad de entonces, aquellos tentaderos en “Burguillos” fueron significativos. Aprendí muchas cosas y comprendí otras tantas. Conocí lo que verdaderamente supone el respeto auténtico y descubrí, o más bien tomé conciencia, lo que un tentadero supone dentro del complejo mundo de los toros.

La figura del ganadero D. Javier Araúz de Robles me imponía mucho. Dentro y fuera de su plaza de tientas. Alcancé a verle torear bastantes veces, protagonizando unas escenas irrepetibles para mí en el campo bravo porque no he vuelto a ver algo similar. Era él junto a sus hijos quienes tentaban en casa, no haciéndolo los profesionales. Allí era corriente lo que en otros sitios sería excepcional, y yo le recuerdo con una muleta mil veces remendada con hilos y esparadrapo. Tan natural como auténtico.

Mi padre ha afirmado innumerables veces –incluso en público- que fue a él a quien mejor ha visto torear en el campo en toda su vida. Fue el estandarte del toreo campero, que es aquel que se practica no para lucirse ante los demás, sino para saciar el alma en la soledad del campo bravo.

Su nombre muchas veces colgó en los carteles para anunciarse vestido de corto en los festivales de Arquillos, Baños de la Encina y tantos otros pueblos de nuestra provincia. Lo hizo para las causas más nobles, pero sobre todo para alimentar su espíritu toreando por afición, siendo todo un espejo para mí, como aficionado práctico. Encontrando en él un referente de esta figura que siempre existió en la fiesta de los toros, siendo su caso paradigmático en ese sentido: un abogado del estado toreando en público a beneficio de los demás.

Lo vi por última vez hace unos meses, entrando del brazo de su señora esposa al tendido 1 del Coso de La Alameda, aquella tarde del mes de abril en el que los toros de Victorino Martín hacían historia en la Plaza de Jaén al lidiarse por primera vez. En ese mismo ruedo donde su hierro tantas veces lidió, porque su ganadería precisamente fue durante mucho tiempo habitual de la Plaza de Jaén, dejando para el recuerdo aquella inolvidable corrida de la Feria del 94 en que la Plaza se llenó, a pesar del diluvio, para ver a Litri, Ponce y “Jesulín de Ubrique” en todo su apogeo con las cámaras de TVE llevando para toda España la imagen de nuestra ciudad.

Ha querido descansar para siempre aquí, en nuestra tierra, que también es y será la suya. Con él se va uno de los ganaderos más emblemáticos de la provincia de Jaén, de aquellos ganaderos de familias trashumantes que vinieron de otras tierras para quedarse en Jaén y formar parte de nosotros. Pero también, con él se va un jurista de reconocido prestigioso cuyo despacho consiguió tumbar la prohibición de los toros en Cataluña en el Tribunal Constitucional, y que en su primera etapa como Abogado del Estado tras ser destinado a Melilla no dudó en solicitar venirse a Jaén para estar más cerca de su ganadería, aquella que fundó su padre con una mezcla de sangres que con el tiempo se ha convertido en un encaste propio, orgullo y emblema del campo bravo de Jaén.

Foto: Don Javier Araúz de Robles ha sido uno de los ganaderos emblemáticos de la provincia.

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