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Por RAMÓN GUIXÁ TOBAR / ¿Cuándo dispondrá nuestra ciudad de los vientos y los sueños de una autovía que la aproxime a la capital del califato por el trayecto más corto? ¿Tan difícil es eso? ¿Cuándo se acordarán de esta villa provinciana que podría ser mucho más de cuanto es sin el olvido desolador de los que debieran tratarla con algo de justicia y equidad, pero, asimismo, sin la indiferencia consuetudinaria de muchos de sus habitantes, sin el conformismo de tantos que no combaten para situarla en el lugar que merece por historia, riqueza olivarera, paisaje singular y potencial emprendedor inexplorado y poco estimulado  de sus habitantes? Todo esto me planteo mientras cabalga el alado carro del alba cerca del mágico y ubérrimo Cerrillo Blanco de las espléndidas esculturas íberas de modelo y taller griego. Conduce mi mujer camino de Córdoba donde tomaremos el AVE a Barcelona. Allí esperan mi hijo Ramón y mis nietos a los que no vemos desde el verano. Al ser domingo, afortunadamente hay poco tránsito de tractores y vehículos pesados y el viaje es plácido, lo que no es óbice para que me formule íntimamente las preguntas que encabezan este artículo. Ya está bien de olvido secular hacia esta noble tierra de frontera, cuyas posibilidades infinitas están cercenadas por política, olvido, desidia y conformismo. ¡Y los cuatro años  que vienen!… —a no ser que aprendamos catalán, en cursos intensivos, claro está. O nos calemos la txapela para bailar una kaxarranka al son del chistu, porque el bolero de Jaén no da dividendo alguno en tiempos de “progreso”—.

EL PLACER DEL VIAJE

Jamás me he aburrido en un viaje. No entiendo a las gentes que “respiran”, como si de cordón umbilical se tratara, a través de los auriculares, la Tablet, el móvil, la pantalla fílmica ferroviaria, o cualquier otro artilugio para hacer frente a estos momentos plenos de magia, sin darse cuenta de que la mejor y más instructiva compañía es la de ellos mismos, la de su imaginación, a veces la loca de la casa, como sentenciaba la excelsa santa abulense, pero siempre cuerda y certera para ayudarte en el peregrinaje íntimo.

Hay cuatro formas de emplear el tiempo de un viaje provechosamente, desde mi humilde punto de vista: la conversación, la compañía de un buen libro, la reflexión interior, y la  contemplación del paisaje. La primera de ellas requiere de persona idónea, lo cual no es fácil de encontrar, aunque yo sé amoldarme al contertulio, la segunda es antídoto perfecto para combatir el hastío y sopor del traqueteo rodante sobre rieles. En este caso me acompaña una Introducción a Aristóteles del filósofo italiano Giovanni Reale, que me hace sintetizar ideas en torno al pensamiento del Estagirita para abordar la asignatura de Historia de la Filosofía Antigua I, disciplina en la que me he matriculado para iniciar mis estudios filosóficos en la UNED. La tengo aprobada de otra licenciatura, pero es que me gusta tanto este período del pensamiento humano que deseo profundizar en él.

 La reflexión interior, tan solo  necesita  de concentración, calma, audacia,  e imaginación. De esta última creo modestamente que poseo la dosis suficiente para estos menesteres. Dentro de cada uno de nosotros están las respuestas que buscamos   inútilmente en los hechos  e imágenes exteriores. Todo está en nuestro interior, estratificado en capas de diversa profundidad a las que se debe acceder minuciosamente, como geólogo experto de la psique, para descubrir edad, composición y propiedades. No hay que tener  miedo  a ese mundo grandioso,  peligroso e infinito,  que  conforma los cimientos del ser, y al que muchos temen al sentir vértigo ante  sus abismos inexplorados, por lo que huyen del mismo buscando cualquier subterfugio que los aísle de tan colosal cosmos anímico.  Por eso pasean — perdón, hacen senderismo—   con auriculares, cabalgan la elíptica  con ellos bien calados  — como si no fuera suficiente el horrísono fragor musical que reina  de ordinario en los gimnasios—,   conectan la tele nada más llegar a casa,  viajan huyendo de ellos mismos  y  viven habitualmente  de la manera más alienada y menos personal posible buscando un modelo global que en nada corresponde a su  verdadera identidad, lo que a la larga les  causa ansiedad, inseguridad e infelicidad notoria; una inquietante sensación de cierto vacío interior, de ansiedad mal disimulada.

En cuanto al paisaje, no existe nada más estimulante en un viaje que observarlo minuciosamente sacando conclusiones. Decía Josep María Fontboté i Mussolas, el  recordado catedrático catalán que me dio clase de Geología en aquel exigente Selectivo de Ciencias cursado en la Universidad de Granada: Cuando vayáis de viaje, no lo hagáis como si fuerais maletas en el autobús, o en el tren. Abrid bien los ojos. Observad con detenimiento el paisaje, estudiadlo y sacad conclusiones, plantearos preguntas, anotad lo que veis. Estad siempre alerta y no como muebles inertes.

Gran geólogo que ganó por oposición, en 1964, la cátedra de Geografía Física y Geología Aplicada de la Universidad de Granada, y la transformó con acierto en un departamento de Geología (1957). En él desarrolló una ingente labor creando una verdadera escuela granadina de geología que floreció generando destacados estratígrafos, petrógrafos, paleontólogos, geólogos estructurales…,entre los que se cuentan algunos que han enriquecido más tarde las aulas de nuestra universidad jaenera. Fontboté fue sin duda una verdadera autoridad mundial en el estudio geológico de las Cordilleras Béticas y los Pirineos.

De esta manera, cuando pasa el carrito de las ofertas salgo de mi ensimismamiento para pedir una cerveza helada que combino con un sándwich de jamón, tomate, aceite y aguacate que mi mujer ha preparado en casa, para evitar lipotimias del Ángelus  —la cafetería del tren está siempre repleta y anoréxicamente atendida—; llevamos más de la mitad del viaje y nos acercamos a tierras mañas. Un paseo para estirar las piernas y la vista relajante de un Ebro cargado de limo vivificante en ruta hacia el fértil delta del río abierto en el Mediterráneo. Al pasar por las cercanías de Gallur recuerdo mis ancestros maternos, pues mi abuelo Tobar nació en esta zona antes de emprender su viaje sin retorno, en 1904, a las Andalucías, conociendo ya, pese a sus cortos veintitrés años, gran parte de los secretos del negocio harinero.

Mis nietos al vernos corren alborozados para abrazarnos y abren ojos como platos mientras mi mujer les relata lo que ha traído para ellos. Hemos venido esta semana pues mi hijo, tras serle concedida hace unos meses la prestigiosa beca de investigación Ramón y Cajal, debe abordar unas pruebas exigentes para acceder al CSIC, y queremos descargarlo de trabajo y preocupaciones infantiles. Mientras él se va a preparar su exposición del tercer ejercicio a la oficina que tiene habilitada al efecto, nosotros paseamos por el Paralelo con la chiquillería y accedemos al parque de Els tres tombs, las tres tumbas, poblado de jubilados de gorra calada, madres con velo y caftán, palomas y cotorras asilvestradas, amén de columpios infantiles que hacen las delicias del menor de mis nietos, pues, Niko, la mayor, comienza a explorar otros horizontes vitales, y hablamos de lo humano y lo divino en su lenguaje de ocho años, desde luego de una sorprendente madurez, pues usa expresiones de cierta profundidad que me dejan boquiabierto. Perfectamente bilingüe emplea el catalán para hablar con su madre y el español (¡qué es eso de castellano, sino un truco falaz para restarle importancia a la Lengua Española, hablada por más de 500 millones de personas…!), para hacerlo con su padre y con nosotros, con un ciertamente precoz dominio del lenguaje, y expresiones de cierta complejidad y corrección sintáctica para tan corta edad que me sorprenden agradablemente, pues el bien hablar es cualidad que siempre he admirado en las personas, y mucho más en un niño.

NUESTRA LENGUA ESPAÑOLA

Oigo en la calle, supermercados, puertas de colegios, cafeterías…hablar el español con generosidad  lo cual me reconforta. Nada tengo en contra del catalán. Es una noble lengua nacida, como el castellano,  al calor del latín vulgar, con alguna que otra influencia francesa. Desplazado por el castellano en su uso literario y cancilleresco, fue en el Romanticismo, cuando se descubre su rico patrimonio literario y cultural con el movimiento de la Renaixença, que acabó haciéndole tener una mayor carga política y nacionalista en su uso. Es lógico que lo amen los nacidos aquí y lo transmitan con celo de padres a hijos para que no pueda extinguirse. Es deseable que lo respetemos y alentemos el resto de los habitantes del país. Pero el español es la lengua madre de esta antigua y desgarrada piel de toro. Es la lengua románica más difundida del planeta. El cincuenta por ciento de los que hablan una lengua romance lo hacen en español. Nació al sur de la montaña santanderina, con el País Vasco a oriente, Asturias al ocaso, y Burgos al sur. Cristalizó y dominó al resto de las hablas centro septentrionales de la península, mientras se expandía por tierras meridionales la noble empresa de la Reconquista. Toledo, la antigua capital del reino visigótico, volvió a ser en el siglo XI, con Alfonso VI punto crucial del avance cristiano. Allí se reunían las hablas traídas por las gentes de la zona de Burgos, que crecieron en prestigio hasta el punto de florecer una koiné apta para la expresión literaria y científica que floreció en torno al sabio rey Alfonso X. La expansión castellana y conquista de América, y los sucesivos viajes de exploración catapultaron la Lengua Española hasta otros confines siendo en la actualidad la lengua oficial de dieciocho repúblicas hispanoamericanas, amén de la propia de hispanohablantes establecidos en Norteamérica, cubanos de Florida, e hispanos tradicionales de los estados de Nuevo México y Arizona, más los millones de inmigrantes procedentes de México y otros países sudamericanos, lo que hacen casi cincuenta millones de hablantes de español, solo en los Estados Unidos.

¡QUÉ BONITA ES BARCELONA!

Ha cambiado mi impresión de Barcelona desde que comencé a visitarla hace muchos años. Entonces me parecía una ciudad hermosa, culta, avanzada, limpia, con clase….Era la que se clavó en mi memoria cuando oía en mi infancia, en el programa discos dedicados, de Radio Jaén E.A.J. 61 la Voz del Santo Reino,  el foxtrot del bigotudo valenciano Jorge Sepúlveda: Qué bonita es Barcelona, perla del mediterráneo, qué bonito es el color de su cielo tan azul en invierno y en verano, en aquellas primaveras en que la luz se colaba de rondón desde el entrañable oasis de la Plaza de las Palmeras hasta el espacioso piso que era mi santuario, salón de juegos y aeródromo de despegue de mis futuros vuelos. O, años más tarde, en los cálidos e inolvidables estíos de la Casería de Piedra, coreaba con voz aguda, bajo el gran parral del patio poblado de gatos de diverso pelaje y temperamento, junto a fámulas y el matrimonio de caseros, los gorgoritos del  genial Antonio Molina  en una copla de Algueró: Son muy bellos, Barcelona, todos tus alrededores, y tu puerto renombrado y el mantón policromado de tu Rambla de las Flores…

Pero, en estos tiempos, aun conservando parte de sus glorias pasadas, y siendo villa cosmopolita  —desde luego la menos nacionalista de las ciudades catalanas—, se ha transformado en una ciudad no tan aseada como antes, ciertamente peligrosa en muchos enclaves, plagada sus aceras de diabólicas bicicletas, patinetes y demás artilugios mecánicos que circulan a velocidades siderales, amén de un ambiente un tanto desabrido que puede ventearse de manera sutil, como cierto declive económico del que me hablan en un almuerzo compartido amigos de mi hijo afincados aquí en el mundo empresarial  y emprendedor desde hace tiempo.

Pese a todo aun me encanta pasear por unas Ramblas abigarradas, plenas de color, por el  elegante y señorial Paseo de Gracia, pese a la dócil y borreguil masa turística multiétnica que lo toma por asalto en fila india, mapa turístico en la mano, mirada perdida y móvil por ojos, acceder al interior del Mercado de san Antonio para degustar un desayuno suculento, comer bien y a buen precio en restaurantes que voy descubriendo de la mano de mi hijo y sus amigos. Esta vez ha sido Maur, en la calle Urgell, un recogido, aunque muy digno local siempre repleto, con acogedor horno de leña, en el que se pueden saborear muchas especialidades de la tierra, por un precio más que interesante, desde luego más barato que en nuestra ciudad ventosa, donde la restauración puede llegar a ser capricho para minorías con tarjeta de crédito sobrante de efectivo, o bien para personas que tienen su vida solucionada en una legislatura, e incluso dos, pactando su derrota hasta con el mismo Mefistófeles  —y algún sobrino de primos hermanos suyo recién llegado del  averno— si se cruzara en el camino.

LA FAMILIA DON DE DIOS

Han sido días intensos con unos nietos que vinieron al mundo en edad avanzada de sus padres, como es tan frecuente en estos tiempos. Porque recuerdo que, en otras épocas se era abuelo bastante joven y restaban largos años para disfrutar de tan bulliciosa prole. Ahora llegan cuando los abuelos ya están jubilados, aunque debemos dar gracias a Dios en nuestro caso, porque nos encontramos en una más que aceptable forma física, y todavía se puede hacer frente a la energía de estas edades menudas, ocho y tres años, con el ánimo impertérrito. De esta forma, los hemos despertado, preparado el desayuno, llevado al colegio tomando el funicular de Montjuic, o ascendido las empinadas escaleras que conducen a las aulas, tras atravesar la Avenida de la Exposición, dirigido el condumio vespertino con paciencia jobiana, conducido entre ciertas protestas y reivindicaciones varias  a la ducha, paseado ampliamente por parques y jardines… De estos últimos visitados destaco los de Joan Maragall, rodeando el palacete Albéniz que me han impresionado gratamente. Este enclave apacible, nació al calor de la Exposición Internacional de Barcelona del año 1929. El edificio del Palacio, de estilo barroco, posee la innegable influencia de la arquitectura francesa del siglo XVIII. En los años setenta se asignó este edificio como alojamiento de la familia real en Barcelona. Estanques, pérgolas, parterres y templetes hacen de su solar agradable lugar de paseo y serenidades varias. Espacio verde, muy arbolado, donde mis nietos corren, y nos hacen correr, entre encinas, pinos de diferentes especies, álamos, cedros, cipreses o magnolios. Las cabriolas de mi nieta Nikola son verdaderamente celestiales; me admira su flexibilidad y los diversos tirabuzones y saltos mortales que es capaz de esbozar sobre el tapiz vegetal sin despeinarse, como si fuera una Nadia Comaneci rediviva. Creo que todo este olímpico esfuerzo ha despertado mi apetito considerablemente. Eso pienso mientras tomo un refrigerio en el quiosco de Marcelino antes de descender la larga y lujuriosa escalinata, y atravesar el Poble Sec antes de llegar a casa.

Días intensos que han permitido al hijo que lleva mi nombre superar con notable suficiencia sus pruebas investigadoras y admirar  los cambios de las criaturas que se suceden vertiginosamente a estas edades. Amanece cuando tomamos un taxi hacia la estación de Sants, para tomar el primer AVE del nuevo día camino del sur. El viaje es plácido, con menos gente que a la ida. Enfrascado en mis lecturas y paisajes, apenas me doy cuenta de  que estamos bajando desde la Meseta hacia la Córdoba califal  —atravesando el horst de los antiguos Montes Marianos—, medina que llegó a tener medio millón de habitantes  la ciudad más grande junto a Constantinopla de aquellos tiempos esforzados. Córdoba milenaria de dilatada historia, flor de culturas supremas, romana por derecho propio, capital de la provincia Ulterior Bética, solar de revoluciones sangrientas en sus arrabales medievales, tierra de artistas, poetas, filósofos altivos emires omeyas, soberbios y refinados califas…,hasta que volvió a ser cristiana, por obra del rey santo Fernando que, diez años más tarde, plantaría sus reales ante las murallas de nuestra ciudad de luz, de la que, cuentan los cronistas, quedó enamorado al instante. Y si no lo cuentan es porque no son imparciales…    

Llegamos a casa relajados y satisfechos por estos días, no tanto de asueto como de servicio y devociones familiares. La próxima visita será más relajada y les prometo a todos que nos iremos a una casa rural a Sant Pau de Segúries, en las proximidades de Camprodón, zona que conozco bastante bien, para realizar rutas naturalistas, artísticas y gastronómicas durante un fin de semana intenso. Y en el momento de proponérselo imagino con delirio el fastuoso restaurante Fonda Rigà, situado en Tregurà de Dalt, sobre un soberbio balcón al valle pirenaico de Camprodón, donde degustaré como cada vez que me acerco a tal templo gastronómico unos cargols a la cassola, excelsos y rotundos caracoles del terreno con un aderezo de verdadera ambrosía, seguidos de un delicioso plato de civet de porc senglar, que así es como llaman al jabalí por estos contornos en una salsa inexpresable trabada con ajos, tomate, almendras, cebollas, vino tinto, peras, rovellons (nuestros nízcalos de la “Cañá la Azailla”), y un punto de chocolate negro. Mel y mató de postre y una digestiva y deliciosa copa de ratafía  —quizá dos—, un singular licor pirenaico hecho con aguardiente de vino y maceración de frutas y diecisiete plantas aromáticas crecidas en las alturas creadas por la Orogenia Alpina. No sé cómo expresar mientras escribo el final del artículo que tengo la boca hecha agua, pues ya  son las ocho  y diez de la mañana y desayuné hace dos horas que ya me  parecen siglos…; algo habrá que hacer.

Pero lo primero es poner el punto final a  este relato apurando el último poso de café.

                                        Ramón Guixá Tobar.

Foto: El palacete Albéniz, en los jardines de Joan Maragall.

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