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Por JULIO PULIDO MOULET / El odio, definitivamente, se ha instalado en la vida española. No es algo acelerado por los recientes acontecimientos surgidos tras el desahucio a Mari Carmen, que en paz descanse, y la convocatoria electoral después del rechazo del Congreso a los dos decretos sobre vivienda y alquiler; viene de años atrás cuando el ex presidente Zapatero, lejos de hacer una ley de fosas para que nadie, fuera del bando que fuera, quedara aparcado para siempre en una cuneta o en un enterramiento común, pudiera ser identificado y entregados sus restos a familiares o descendientes y darle la sepultura civil o religiosa que sus deudos acordasen. No fue así; la ley de memoria resucitó viejas heridas que desde el 78 estaban cicatrizadas y refrendadas por el abrazo conciliador que se dieron los españoles tras la aprobación de la Constitución y el regreso de muchos de los que sobrevivieron tras abandonar el país al asentarse la dictadura franquista.

Desde esa fecha hasta nuestros días como gota que cae sobre piedra hasta horadarla, se ha ido instalando en las mentes de los que perdieron y de los que creen que ganaron un reavivamiento de aquella tragedia colectiva en la que todos perdimos los trenes de la modernidad por culpa de un ensayo de República que empezó bien pero que sucumbió por los enfrentamientos entre sus facciones y unos militares levantiscos que se creyeron ser salvadores de la Patria. Y llegados a las actuales calendas y los recientes sucesos ese clima guerracivilista retorna como una maldición histórica que nos acompaña desde hace siglos.

El detonante ha sido un desahucio que parece no escogido al azar dado que ha sido televisado en directo desde dentro y desde fuera del piso en el que vivía una anciana que un año atrás, cosa curiosa, había escrito una carta a Sánchez contándole su situación. No tuvo respuesta. Días antes, en Barcelona, una madre desahuciada no pudo sobreponerse y encontró en el suicidio la solución a sus pesares. Este y otros noventa diarios nunca se televisan y, a lo sumo, ocupan unas cuantas líneas en periódicos de provincias. 

Tras el evento televisivo organizado por un llamado sindicato de Inquilinas y después de que el Congreso rechazara los decretos de Sánchez sobre vivienda y alquiler el presidente convocó elecciones generales abriendo la campaña electoral desde la misma Moncloa. Y a partir de ese momento se agolparon las declaraciones de unos y otros al objeto de ir calentando el ambiente. Unos creen que el binomio vivienda/desahucios aparcado en sus ocho años de gobierno puede ser un repulsivo para repetir. Los otros, tras un por fin anhelado, se apresuraron a asegurar si gobiernan que harán un millón de nuevos hogares. Así comenzó la eterna cantinela del cambio de promesas por votos que se vio enseguida alimentada por el posible, según juristas de prestigio, fraude de ley cuando Sánchez en una nueva pirueta quita unas comas de los decretos rechazados y los envía a las mini Cortes que son la Diputación Permanente del Congreso. Y por si la puesta en escena electoral no tuviera ya elementos suficientes para convertirla en emocionante espera salen al ruedo las amenazas de la cloaca Leire/Dolset/Cerdán a la jueza de Badajoz que condenó al hermano de Sánchez, la nueva peritación de las joyas incautadas a Zapatero, la huelga general convocada contra la «oposisión» en palabras de la ex ministra Montero y en el final de esa ola creciente de enfrentamiento aparece en la Asamblea de Madrid una diputada de Más Madrid que con aire mitinero vociferante asegura que si el resultado de las urnas no le agrada NO HABRÁ PAZ EN LAS CALLES DE MADRID.

Oída semejante diatriba guerracivilista me refugio en la lectura de A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales: “En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes». Tras asegurar que a aquellas alturas nunca sabría el color del futuro vencedor más tarde o más temprano y tras traicionar a la causa que defienda deberá organizar un Estado en el que sea posible la convivencia entre los ciudadanos de diversas ideas.

Difícil y deseable tarea para la que se ha levantado un muro que separa a buenos de malos. Elija cada amado lector cuáles son unos y otros y cuántos de ellos están dispuestos a usar los fusiles de la palabra para evitar que los que matan puedan volver a las calles. Si caemos en el cainismo de nuestra Historia seguiremos siendo un país sin solución, admirado por quienes aseguraron que llevamos siglos autodestruyéndonos sin conseguirlo.

Foto: Una de las recientes manifestaciones por la vivienda en las calles de Madrid. (El País).

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