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Por RAMÓN GUIXÁ TOBAR / A mí ya se me hacen largas tantas y tan seguidas celebraciones navideñas. Solo contemplo Nochebuena, Navidad, y la noche de Reyes, esta última por cuanto posee de añoranza de una infancia inocente, feliz y confiada. Por eso, en el postrer estertor de las celebraciones, tengo una sensación de liberación de mente y cuerpo, amén de un deseo ferviente de retornar a mi adorada rutina consuetudinaria. Son demasiados fastos seguidos, y a veces tienen un fondo de honda tristeza para muchas personas que perdieron hace bien poco personas queridas, o aquellas otras que, desde las atalayas del recuerdo, amontonan impresiones de otros tiempos de juventud y alegría cuya evocación les causa ansiedad. Por otra parte, el sentido católico de tales celebraciones está diluido como la espuma y cada vez más para convertirse en fechas de un consumo compulsivo, días de fuegos fatuos, atracones y burbujas, de paseos “senderistas” y ansiosos por centros comerciales, de fotos repetidas frente a luminosos y bobos mamotretos cónicos, o de alegría forzada que alegra lo justo.  

Recuerdo en mi infancia, cuando las gentes eran más sobrias de costumbres, más ordenadas en su  estilo de vida, como, tras volver a la normalidad del nuevo año, se establecía un riguroso plan de austeridad en este gélido mes de manera que compensara los gastos excesivos que se habían realizado en fechas anteriores, desde luego no tan desorbitados como los que se emplean ahora en compras tantas veces inútiles, ágapes de grupos variados, y toda suerte de regalos o inutilidades varias, financiados con la extraordinaria recién aterrizada en la cuenta corriente.

Eran otros tiempos. Todo se aprovechaba. Incluso en familias de “posibles”, nada se malgastaba o tiraba con despreocupada inconsciencia. El pan duro, ese mismo que se besaba con unción cuando caía al suelo, tenía mil usos en próximas fechas. Los grandes platos de cuchara servían para el condumio de varias jornadas al albur de la imaginación de la cocinera. Las sobras de un buen cocido tenían múltiples empleos en caseras y sabrosas pitanzas de días posteriores. Los niños de mi generación teníamos la bolsa llena de telarañas, y saboreábamos como si fuera un regalo del cielo cualquier menudencia en forma de juguete, TBO, o golosina que caía en nuestras manos por vía de excepción; no digamos ya los regalos de Reyes que nos parecían auténticos y mágicos tesoros colmada su llegada de un misterio inexpresable. Las economías eran rigurosas en su forma  de ser gestionadas. No existía el vergonzoso despilfarro de estos tiempos en que tantos se desprenden con indiferencia de lo que muchos otros no tienen para  llevarse a la boca.

HOGARES GÉLIDOS

Pocos hogares  de los cincuenta tenían calefacción, y el frío del invierno jaenero debía ser combatido, en aquellas viviendas amplias de largos y desabridos pasillos, con el brasero de herraj, situado bajo la mesa camilla en habitaciones claves. Se disponía sobre una tarima de madera perforada en el centro para encajarlo, que también servía de reposapiés. Cubierto por una alambrera metálica para evitar quemarse, se usaba una badila para reavivar de cuando en cuando el fuego perfumado con tirabuzones de cáscara de naranja, o con incensado sahumerio de alhucema seca, la misma planta con la que se aromatizaban los armarios. Había que tener cuidado al remover las ascuas con la badila para que no traspasasen el fielato del brasero y chamuscaran las providentes faldillas que hacían guardar más tiempo el calor, e incluso secar con premura alguna prenda menuda cuyo uso era necesario. Se debía vigilar la combustión y la ventilación de la estancia para que no produjera un exceso de monóxido de carbono que causara atufamientos leves, cuando no graves intoxicaciones indeseadas por la unión del gas a la molécula de hemoglobina a la que impide el transporte de oxígeno, por cuanto puede causar la muerte. ¡Cuántos mapas de los ríos de España y sus afluentes he dibujado, traducciones latinas he descifrado con cabal precisión —traducir un texto latino es resolver una ecuación matemática—, o pasajes de nuestra desgarrada historia estudiados al calor de tan entrañable hoguera en las desapacibles tardes de enero, cuando la sinfonía del viento combaba las hojas de las palmeras de la plaza, y los viandantes hacían juegos malabares con sus desvencijados paraguas!

Y qué decir de las cómplices bolsas de agua caliente fabricadas con caucho escondidas en la cama antes de ingresar en su seno y cruzar los pies sobre ellas, adoptando una posición fetal para entrar en calor,  amén de un buen y sólido abrigo en el vestuario casero diario, y una más que notable resistencia al frio por parte de los moradores de aquellas viviendas, pues, como todo en la vida, el frío se aprende a soportar y ya sabemos aquel aforismo nietzscheano de lo que no te mata te hace más fuerte. Y el lavado del cuerpo de los sábados en la bañera, consistía en un desnudarse a pelo, sin estufas eléctricas ni otros artilugios que evitaran la tiritera antes de entrar en las aguas mansas, tibias y acogedoras de la bañera colmada por varias ollas de agua calentadas al fuego de carbón.

Pese a todo, al ser el mes más frío del año —que lo sigue siendo de media en nuestro Jaén—, las gripes y los procesos bronquiales afectaban a personas de mayor edad y falta de defensas, por lo que muchos quedaban en el camino y no podían terminar de escalar esta empinada cuesta de enero, como marcan las cifras del Instituto Nacional de Estadística para los años de nuestra infancia. El mes de enero era dramático en este sentido, el más mortal del año, seguido de diciembre y, curiosamente, de julio, lo que es fácil achacar al efecto del tórrido calor del verano jaenero sobre los organismos de edad avanzada.

En cuanto a las lluvias de enero en la década de los cincuenta fueron de 650 litros de media, con años destacados como 1951 en que cayeron 843 litros, o 1955 con 720 litros, pero también hubo sequías considerables como la del bienio 53-54 cuando cayeron 246 y 326 litros respectivamente, irrisorias cantidades que hoy serían destacadas en todos los medios de comunicación como debidas, sin lugar a duda y en una especie de auto de fe —con picota e incluso hoguera de san Antón incluida para los disidentes—, que no admite discusión alguna, al cambio climático. Y 1960, destacó con 1057 litros precipitados sobre las plazoletas de los olivares inaugurando una década extremadamente lluviosa en los Jaenes que hace que nuestra generación, que la vivió desde los once a los veintiún años, siempre hable de que antes llovía mucho más. Pero fue un espejismo. El clima retornó por estos lares a la normalidad; es decir, a la alternancia de periodos lluviosos con años normales y sequías extremas que es la característica climática de esta zona.

GENIO Y FIGURA

Cuesta de enero. Era común aquella frase que se oía en conversaciones, a la salida de misa, en la tertulia de la barbería, en las reuniones de las conferencias de san Vicente de Paúl, o en la silla del casino: Fulano está bastante delicado, vamos a ver si es capaz de superar este mes de enero, que lo veo difícil…

Pese a todo existían naturalezas dotadas de una fuerza física y mental descomunal que salían airosas, año tras años, de la escalada de esta pina y tortuosa rampa en la que estaba en riesgo la propia vida. Y algunas le hacían cara con un gracejo insuperable. No me resisto a contar la anécdota de cierto personaje jaenero de aquellos tiempos, que moraba en los aledaños de la Plaza de san Agustín, del que silencio su nombre completo, aunque era más que conocido en los ambientes locales. Persona de notable iniciativa empresarial, recio carácter, seco, demoledor e irónico sentido del humor, rostro de John Wayne, andares flamencos, notoria y ejerciente libido, emisor de sentencias inapelables, fiel bebedor de Tío Pepe y fumador compulsivo de Bonanza, que al ser visitado en casa, a edad septuagenaria, a causa de una fuerte y contumaz bronquitis, por uno de aquellos abnegados y sabios médicos de cabecera, verdaderos ángeles de la guarda de la época, en este caso Antonio Espantaleón con el que tenía una relación cercana, tras una toma de tensión y detenida auscultación del enfermo con el fonendo desplazándose con precisión desde la columna vertebral a los costados y parte anterior del tórax, le espetó, mientras guardaba en su funda el artilugio, como consejo y diagnóstico: Don Eduardo —pese a conocerse de años, se hablaban de usted, costumbre desgraciadamente prescrita por la modernidad en tiempos en que  imberbes jovencitos, de rostro  plagado de espinillas y corte de pelo arapahoe, tutean, con descaro e ignorancia, a los octogenarios—, esto lo va a superar pronto, con un par de inyecciones y mucho reposo,  pero le advierto que, como siga usted fumando de esta forma se va a morir muy pronto, no tengo más remedio que decírselo. A lo que el citado personaje, todo genio y figura, le contestó incorporándose con viveza en el sillón, mirándolo fijamente y recalcando cada palabra: Yo, don Antonio, me moriré cuando a mí me salga de los huevos…,lo que provocó una risa nerviosa, boquicerrada y compulsiva, del galeno al cual sorprendió un tanto desprevenido la contundente respuesta del personaje, quien a continuación hizo servir una bebida con su preceptiva pertenencia al doctor compartida con breve y amena conversación, antes de volver a casa.

Una cuesta dura y complicada, pese a los avances de la medicina, que hay que tomarse con calma para no ir pronto con Vegeto, como decían con sumo gracejo los antiguos jaeneros refiriéndose al personaje que administraba los caldeados subterráneos inferiores —aunque ahora dicen en el Vaticano que están vacíos; parece ser que lo han comprobado con un dron enviado al efecto, afirmación que contradice las muchas veces que cita Jesús tal tenebroso lugar en las perícopas evangélicas—. Respecto al nombre popular de tal personaje, como curiosidad citaré  que leyendo hace años un documento de época romana vi con cierto asombro que cierta  familia encargada de las pompas fúnebres granadinas en los primeros siglos después de Cristo tenía como nomen gentile el de Vegetum, cualquiera sabe si tiene alguna relación con tal expresión jaenera, muy usada en mi juventud, que rara vez se oye ya en labios de gente más joven. Hasta en el antiguo Estadio de la Victoria se empleaba el simpar vocablo inserto en enardecido apotegma destinado al trencilla de turno voceado por un hincha furibundo del Real Jaén, cuando gritaba desaforadamente corriendo la banda junto al juez de línea: Árbitro, como te pegue “una patá en los huevos” te vas a ir con Vegeto… Frase de la que se arrepintió en el alma el susodicho esa misma noche rezándole a la Pachamama antes de dormir, lo cual parece tener en estos tiempos cierto efecto exculpatorio y ecológico, por añadidura. O tempora, o mores…!, que diría el gran retórico latino.

HACIA LA RECTA FINAL

Cuesta de enero. Ya han pasado las lumbres de san Antón, desplazadas lamentablemente de su verdadero y tradicional lugar calendárico, por fines más que nada económicos. Ruge el viento ábrego atlántico. Ensayan las comparsas las letras y músicas de sus chirigotas carnavaleras. Siguen las gentes los consejos de internet para mantenerse fuertes y sanos durante lustros, enumerándoles youtube las virtudes mistéricas de determinados alimentos, o el beneficio de caminar a diario diez mil quinientos pasos —cuatro mil quinientos  los fines de semana—, amén de hacer respiraciones tántricas aprendidas de un lama influencer —¡qué hermosa palabra!, ¡tan nuestra!— nacido en Carchelejo converso al budismo y ahora afincado en un monasterio al pie del Himalaya.

Y no es que me parezca mal el que las gentes cuiden de su salud física y aspiren a vivir largos años, pero mucho más me tranquilizaría que se preocuparan asimismo de su salud intelectual, mental y más que nada espiritual en tiempos oscuros donde ya no queda ni un rastro de valor útil para el ser humano, aniquilados todos por la modernidad que dicta normas de vida, para la supuesta consecución de una “felicidad” inapelable, conseguida al libre albedrío de cada cual, mientras que pisa, con la furia del caballo de Atila, la fértil hierba de las tradiciones consuetudinarias, y aniquila con saña la herencia de la cultura grecolatina y judeocristiana que es la que dotó de profundidad y sentido a la existencia en los últimos dos mil años.

Pero a cierta edad, ya más que temerle a la cuesta de enero y a sus a veces dramáticas consecuencias lo que se debe tener claro es aquello que te ha hecho vivir durante tantos años y que es el bagaje con el que encarar la última fase de la existencia. Cuidarse físicamente para proteger tu vida, está bien, pero tampoco olvidar la sabia frase del filósofo cordobés Séneca cuando decía en una de sus epístolas: Ante senectutem curavi bene viverem, in senectutem ut bene moriar, que al traducirlo de la bella, noble, proscrita  y prescrita lengua latina, madre y maestra de nuestra simpar Lengua Española, se convierte en: “Antes de llegar a la vejez me preocupaba vivir bien; llegado a ella, me preocupa el bien morir”. Y Séneca se refería al hablar de morir bien, no a una buena muerte física exenta de dolor, sino, más que otra cosa, a la postura de una persona de cierta edad ante la muerte, a su forma de encararla, de hacerle frente, de aceptarla y darle sentido. Las personas de fe tienen en esta empresa una gran ayuda, lo cual es una bendición de Dios que es el Señor de la Vida y de la Muerte. Pero me consta que muchos no creyentes saben hacerle frente con la dignidad y nobleza requerida para tan profundo instante.

Pronto brotará el primer lirio en cualquier cuneta cercana a Jabalcuz, o en cualquier collado entre calizas. Al verlo presentiremos la llegada de los días cuaresmales. Más tarde serán mazo de amor a los pies de algún crucificado que expira de cara al cielo aguamarina de esta ciudad incomparable, o lecho floral  en los cultos dedicados a un Cristo de bronce cuya Buena Muerte es paz y consuelo de sus cofrades, pues le enseña con su presencia a encarar dicho tránsito con dignidad y esperanza en su promesa de eternidad.

No termina de rugir del viento. Se ha vestido de plomo el horizonte oeste, adquiriendo el olivar de montaña un tono verde tenebroso. Llueve como no lo había hecho hace meses Sigue avanzando la cuesta de enero. Y mientras pongo fin a este artículo suena en la mente la música del  primer cuarteto del soneto quevediano:

                          ¡Cómo de entre mis manos te resbalas!

                              ¡Oh, cómo te deslizas, edad mía!

                              ¡Qué mudos pasos traes, oh, muerte fría,

                              pues con callado pie todo lo igualas…!

                                      Ramón Guixá Tobar.

Foto: Un día de enero en aquella entrañable Plaza de Las Palmeras.

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