Por Santiago de Córdoba /
El escenario geopolítico contemporáneo atraviesa una fase de acelerada descomposición institucional. Bajo la dirección de la Administración estadounidense, el desmantelamiento unilateral de los tratados multilaterales, la imposición arbitraria de aranceles y la sustitución de la diplomacia normativa por la mera fuerza militar o la conveniencia corporativa no constituyen un fenómeno aislado; representan la quiebra deliberada del marco normativo internacional. Sin embargo, la lectura materialista de este colapso revela una constante histórica: la desarticulación del orden imperante genera una turbulencia sistémica cuyos efectos destructivos recaen, invariablemente, sobre la inmensa mayoría trabajadora y productora del planeta.
Para descifrar este proceso y comprender cómo el desorden promovido desde las cúpulas del poder desencadena dinámicas de profunda transformación social, resulta esclarecedor articular el análisis contemporáneo con cuatro ejes fundamentales del pensamiento de Karl Marx:

Marx dirige desde el cielo de las ideas la revolución de 1917, impulsada por trabajadores, soldados y campesinos. La locomotora simboliza la historia acelerada por la lucha de clases y la acción colectiva.
1. La tierra como cimiento de la producción y objeto de expolio
«El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de los valores de uso.»
Antes de cualquier especulación financiera, mercado digital o política arancelaria, la base material de la sociedad radica en la naturaleza y los recursos finitos de la tierra. El desorden mundial propiciado por las viejas y nuevas potencias hegemónicas no es abstracto; se traduce en la disputa encarnizada por el control de las materias primas, las rutas marítimas y las fuentes energéticas del Sur Global. Cuando las élites gobernantes quiebran las normativas internacionales para asegurar la extracción abusiva y el dominio geoeconómico, despojan a las poblaciones de sus medios de subsistencia primaria. La agresión ambiental y la apropiación mercantil de los bienes naturales reducen la capacidad productiva real a un mero instrumento de acumulación capitalista, tensionando la subsistencia de las clases trabajadoras a escala planetaria.
2. La superestructura ideológica como sedante frente al conflicto
«La religión es el opio del pueblo.»
En la arquitectura del capitalismo, las doctrinas e ideologías dominantes operan como sedantes sociales destinados a aplacar la indignación frente a la injusticia. En la era actual, esta adormidera adopta nuevas formas: la retórica del libre mercado, el ultranacionalismo populista o la promesa desregulada de la tecnología digital. Estas narrativas buscan convencer a la ciudadanía de que la desarticulación del bienestar social, el deterioro laboral y el caos geopolítico son sacrificios necesarios o inevitables. Se intenta adormecer el impulso de la mayoría social, enmascarando la responsabilidad de los grandes centros financieros y de poder que se benefician del desorden tras discursos de falsa seguridad o identidad.
3. La fricción de clases como fuerza motriz del cambio
«La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases.»
Las fricciones entre bloques hegemónicos y la imposición de un esquema donde el poder militar y corporativo dicta la ley no son disputas neutrales entre naciones, sino la manifestación de intereses de clase proyectados a escala global. La brecha creciente entre las élites atrincheradas en las esferas del capital transnacional y la inmensa masa de trabajadores desposeídos reaviva el conflicto histórico estructural. Como advirtiera Marx al señalar que las revoluciones operan como las locomotoras de la historia, las crisis profundas actúan como aceleradores dramáticos del desarrollo político y social. El colapso del orden liberal tradicional acentúa las contradicciones materiales, forzando a las fuerzas productivas y al tejido social a organizarse frente a la precariedad y el desamparo.
4. La necesidad del cambio material frente a la mera contemplación
«Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.»
El diagnóstico de la crisis global no puede limitarse al mero análisis teórico del declive hegemónico. Cuando la acción unilateral de una potencia rompe la previsibilidad del sistema internacional, no basta con describir la gravedad del momento. La ruptura de la legalidad vigente crea una situación de extrema vulnerabilidad para la mayoría productora, pero al mismo tiempo abre una grieta histórica donde la acción política transformadora se vuelve ineludible. La construcción de una alternativa más justa exige superar la pasividad y articular respuestas concretas que redefinan las relaciones de poder económico y social.
El vertiginoso desajuste del orden mundial impulsado por la política de poder unilateral acelera las contradicciones inherentes al modelo capitalista global. Si bien la desestabilización institucional y las confrontaciones económicas imponen el sufrimiento inmediato sobre las espaldas de la mayoría trabajadora, es precisamente ese ahogamiento material el que históricamente provoca que el pueblo deje la resignación colectiva, transformando el desorden impuesto desde arriba en el catalizador de una inevitabilidad histórica: la reacción indispensable de la sociedad por recuperar el control de su propio destino
5. Síntesis de dos antítesis: Karl Marx y Donald Trump

Trump gobierna el mundo como un tablero: ordena guerras en Oriente Próximo mientras firma aranceles contra Europa. El poder militar y económico sustituye a las leyes internacionales y deja a los pueblos bajo sus consecuencias.
La dinamita geopolítica que la Administración de Donald Trump coloca bajo los cimientos del orden internacional parece, en una primera lectura, la antítesis doctrinal de Karl Marx. Mientras el pensador alemán articuló su crítica desde la emancipación de las clases trabajadoras y el colapso del capital por sus propias contradicciones internas, el magnate neoyorquino actúa desde el paroxismo del capitalismo corporativo y la hipertrofia del poder unilateral, dinamitando tratados, imponiendo aranceles coercitivos y sustituyendo la multilateralidad normativa por la fuerza bruta y la voluntad personal.
Sin embargo, ambas posiciones antagónicas terminan convergiendo en un mismo e inevitable efecto: la destrucción del statu quo y la aceleración violenta del curso histórico. Marx sostenía que las revoluciones operan como las locomotoras de la historia, acelerando los procesos políticos cuando las viejas estructuras encorsetan el avance de la sociedad. Por su parte, la política del desorden promovida por Trump actúa, paradójicamente, como un catalizador reactivo: al pulverizar la fachada del orden liberal occidental —históricamente erigido sobre la hegemonía del Norte Global, el imperialismo y la subordinación periférica— precipita la caducidad de un modelo que ya no sostiene la realidad del planeta.

Marx empuja desde la movilización social; Trump golpea desde el poder corporativo, militar y unilateral. Por caminos antagónicos, ambos aceleran sobre el yunque de la historia la ruptura del orden existente.
El derrumbe de este marco no deriva necesariamente en un vacío absoluto, sino en la apertura forzada de una nueva era. El caos desatado por la imposición unilateral de Washington disuelve la ilusión de estabilidad y arrastra a la inmensa mayoría
productora del mundo a una situación de vulnerabilidad extrema. Pero es precisamente en esa falla tectónica donde los dos extremos se tocan: el desorden generado desde el vértice del poder imperial desencadena las contradicciones materiales que la masa social y las naciones del Sur Global necesitan para reaccionar.
Lo que desde la óptica de Washington se concibe como una ofensiva para perpetuar la dominación mediante la fuerza, se transforma en el combustible que acelera la transición hacia un mundo «múltiplex» e interconectado. En este nuevo escenario, las fuerzas populares y las diversas experiencias del pasado irrumpen para romper el estancamiento, demostrando que tanto la tesis revolucionaria de Marx como la antítesis reaccionaria de Trump convergen en la misma ley de la historia: ninguna hegemonía es eterna, y del desorden provocado por las élites termina emergiendo la presión ineludible de la mayoría social por reconstruir el mundo sobre bases radicalmente distintas.
6. Este caos mundial afectará con mayor intensidad a España
El impacto del colapso del orden internacional no se mide únicamente por la magnitud de las sacudidas externas, sino por la resistencia estructural de los Estados que las reciben. En este escenario de beligerancia comercial, desmantelamiento de acuerdos multilaterales y guerras arancelarias, la verdadera amenaza para España no radica solo en la agresividad del entorno global, sino en la manifiesta incapacidad de su clase política para construir un frente común. La ausencia de unidad política e institucional convierte a la nación en un actor insular e inerme frente a peligros geopolíticos que son inmediatos y devastadores.

La composición integra dos fuerzas opuestas en una misma secuencia política: Yolanda Díaz e Ione Belarra tiran en direcciones distintas para preservar la identidad de sus respectivos espacios, y Sánchez intenta evitar que esa competencia termine quebrando la coalición. Mientras Feijóo y Abascal avanzan juntos como alternativa inmediata de gobierno. El pueblo mira a unos y a otros. ¿Qué decidirá en el 2027?
Mientras las grandes potencias reordenan sus estrategias a base de fuerza bruta, protección de recursos críticos y alianzas coercitivas, España afronta esta marejada inmersa en una fragmentación interna paralizante, comenzando por el Gobierno, cuyos socios son los peores enemigos entre sí y dejan a su oposición parlamentaria, sin hacer oposición, porque ya el gobierno se la hace así mismo, que caiga la fruta madura y recogerla. La vida institucional del país se encuentra atrapada en la táctica del bloqueo presupuestario y legislativo. Vivimos el chantaje de fuerzas perimetrales que instrumentalizan la inestabilidad y una erosión ética que ha minado la credibilidad del aparato estatal.
Esta quiebra del consenso nacional vacía a las instituciones de cualquier facultad defensiva real. Ante amenazas externas tangibles —como el encarecimiento de la factura energética, la interrupción de cadenas de suministro, el desamparo de sectores productivos clave o el repliegue de las garantías de seguridad europeas—, España responde dividida y absorta en querellas de política doméstica. La política exterior y de defensa, lejos de erigirse en un escudo soberano y coordinado, se convierte en un terreno más de disputa partidista y cálculo electoral cortoplacista. Hasta sufrimos la invasión desde el territorio marroquí, orquestado por un gobierno casi feudal.

La alegoría presenta a la monarquía marroquí dirigiendo hacia Ceuta la presión migratoria por tierra y por mar. Frente a ella, el escudo agrietado simboliza una España dividida y debilitada para defender coordinadamente sus fronteras.
No existe hoy en la arquitectura política española la cohesión indispensable para contener el impacto socioeconómico del caos mundial. En lugar de anticipar escenarios y blindar el tejido productivo y las condiciones de vida de la ciudadanía, el poder público malgasta sus energías en la mera supervivencia parlamentaria y la confrontación ideológica de trincheras.
Por ello, el gran desorden internacional afectará a España con una intensidad duplicada: no solo por la crudeza de los acontecimientos globales, sino porque la falta de unidad política despoja al conjunto de la sociedad de un Estado capaz de protegerla. La inmensa mayoría trabajadora se descubre así doblemente expuesta, pagando las consecuencias de un capitalismo internacional desbocado y el coste de una fractura institucional interna que impide ofrecer una sola respuesta firme en defensa del interés general.
6. Y Jaén, ¿qué?

Jaén duerme confiada en su mar de olivos mientras la corriente del desorden mundial penetra en la provincia. Guerras, aranceles y crisis económicas barren la falsa seguridad de quienes creían encontrarse al margen de la historia.
Jaén duerme confiada en su mar de olivos mientras la corriente del desorden mundial penetra en la provincia. Guerras, aranceles y crisis económicas barren la falsa seguridad de quienes creían encontrarse al margen de la historia.
De Jaén, demasiado poco. Continuamos envueltos en la propaganda complaciente de «Jaén, paraíso interior», como si la belleza del paisaje bastara para protegernos de las transformaciones económicas y geopolíticas que sacuden el mundo. Pero un paraíso sin comunicaciones modernas, con una población menguante y envejecida, un mercado laboral débil y un tejido empresarial formado principalmente por pequeñas empresas y trabajadores autónomos corre el riesgo de convertirse en una isla interior: un territorio que todos atraviesan, pero en el que pocos se detienen a invertir.
La primera frontera de Jaén no es geográfica, sino ferroviaria. La provincia carece de alta velocidad y continúa dependiendo de una red convencional lenta, envejecida y con conexiones insuficientes. Linares-Baeza, antiguo nudo ferroviario del sur peninsular, apenas conserva servicios útiles para vertebrar Andalucía, mientras la capital sigue soportando averías, retrasos y enlaces que prolongan innecesariamente los viajes. Tampoco han concluido todas las grandes conexiones viarias reclamadas durante décadas, especialmente hacia Levante y Córdoba. En un mundo donde la inversión, la tecnología y las mercancías se desplazan con rapidez, quedar fuera de los principales corredores significa perder empresas, empleo y población antes incluso de poder competir.
La segunda frontera es económica. Jaén produce un bien universal, el aceite de oliva, pero continúa dependiendo excesivamente de él y vende todavía una parte considerable de su riqueza sin transformar, envasar o comercializar desde la propia provincia.
Cualquier alteración de los mercados internacionales —un arancel estadounidense, una reducción de la Política Agraria Común, una crisis energética, una sequía prolongada o la competencia de terceros países— pueden repercutir directamente sobre miles de explotaciones, cooperativas, jornaleros y municipios. La globalización llega también a los pueblos más pequeños, aunque no llegue el AVE: entra por el precio del aceite, por el coste de la electricidad, por la falta de agua, por los recortes agrícolas y por la marcha de los jóvenes.
Los datos demográficos y laborales advierten de la gravedad del problema. Desde 2014 la provincia de Jaén ha perdido 27.652 habitantes. En el segundo trimestre de 2026 destruyó 10.200 puestos de trabajo y su tasa de paro alcanzó el 15,23 %, más de cinco puntos por encima de la media nacional. Cada joven formado que se marcha por falta de oportunidades representa algo más que una ausencia familiar: es conocimiento, iniciativa, consumo, natalidad y futuro que la provincia financia, pero que después aprovechan otros territorios.
Jaén no carece, sin embargo, de recursos para reaccionar. Dispone de la Universidad, del Cetedex, de Geolit, de importantes núcleos industriales en Martos, Linares, La Carolina, Andújar y Alcalá la Real, de empresas innovadoras, de patrimonio histórico y natural y del mayor territorio productor de aceite de oliva del mundo. El problema no es la ausencia de capacidades, sino su dispersión, la insuficiencia de las comunicaciones y la falta de una estrategia provincial sostenida por encima de gobiernos, partidos, municipios y legislaturas.
Ante el gran desorden mundial, Jaén necesita dejar de comportarse como una periferia resignada. Requiere un pacto provincial que exija ferrocarriles dignos, conexión con la alta velocidad y los corredores europeos, terminación de las autovías pendientes, potencia eléctrica suficiente, suelo industrial, agua, digitalización, apoyo a la Universidad y condiciones capaces de atraer empresas de mayor dimensión. También necesita transformar aquí una proporción creciente de lo que produce, proteger el olivar tradicional, diversificar su economía y convertir la innovación en empleo estable que permita a los jóvenes quedarse.
La historia no concede inmunidad a los territorios que permanecen quietos. La corriente mundial terminará entrando en nuestro mar de olivos y decidirá por nosotros si continuamos esperando. Jaén puede seguir dormida, lamentándose después de cada oportunidad perdida, o puede despertar, organizar sus fuerzas y reclamar el lugar que le corresponde. Porque también para las provincias se cumple la vieja advertencia: camarón que se duerme se lo lleva la corriente.


