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Por RAMÓN GUIXÁ TOBAR /

Busco el mar con la mirada recién despegado de la cama en la hora prima. Está ahí. Fiel a mi mirada del alba; inalterable  y profundo como un universo líquido. Me conmueve su caricia limpia  y serena. Hoy lo contemplo entre dos luces manso y plano como un cristal donde se reflejan en ondas las doradas luminarias de una luna decadente y el faro de Cabo de Palos que luce cual linterna detectivesca que quisiera barrer las tinieblas por si pudiera descubrir algún náufrago perdido a quien se le hubiera olvidado la ruta para arribar a la costa.

Hace tiempo que oigo escasas noticias de tipo alguno. Ahora gran parte del periodismo es mero proselitismo. Pero yo a estas alturas no necesito adoctrinamientos inflexibles o indicaciones inapelables y tajantes para formar mi opinión sobre asuntos varios. Por tanto mis desayunos son acompañados o bien por un video interesante de You Tube que me haga aprender algo nuevo o bien música de Bach, Beethoven o Mozart, pues son para mí la triada mágica. Y me pasa con estos músicos como con la lectura. Ya no hay tiempo de descubrimientos que tantas veces decepcionan a la mirada más escrutadora de la edad longeva, sino para releer a los clásicos, o bucear en algún autor de la época que capte mi interés como lo es Murakami, o mi amigo Emilio Lara quien cada vez escribe mejor y con más tino. Me interesa cuanto dice, aun conociendo muchos de sus pensamientos más recónditos desde hace años, pero tiene la virtud de convertir en nuevo para mí lo que ya sé de él que es mucho, lo que encierra su dilatada y vivaz mente, en ebullición permanente y fecunda, o las profundidades inabarcables de su ser. Está en plena madurez y le quedan muchas cosas por decir y relatar con su estilo inimitable. Es único. Culto, sabio, imaginativo y de una notoria pero pragmática sensibilidad. Por eso me llena tanto cuanto relata. Porque sé que nadie escribe como él y cuenta las cosas que él cuenta de la forma como él lo hace. Nadie.

MARE NOSTRUM

El mar, inmenso, apabullante; cercana lejanía que invita a sumergirte en su seno del que salió la vida, hace casi cuatrocientos millones de años, para colonizar el resto del planeta. El mar de casi veinte km de horizonte visual, aunque cuando posas la mirada en su  difuso horizonte parece que contemplaras el infinito por el que ya se adivinan los pioneros clarines del irisado cortejo del alba. El Mare Nostrum, mar de las culturas que formaron nuestro espíritu y de las que ahora abomina este hombre moderno autosuficiente y falaz, que se da culto a sí mismo, y cree haberlo descubierto ya todo con su estrecha mente, sin saber que cuanto es nació en sus costas lejanas, y hasta aquí arribaron mercaderes y aventureros de aquel “pueblo marino”, que escribía Sófocles, o esas  “humildes ranas asomadas al mar”,  que dijera Sócrates, cuyos navegantes nos trajeron sus señas de identidad para cambiarnos para siempre. Cada día está más claro que aquellos esforzados nautas cruzaron las Columnas de Hércules mucho antes de que los fenicios osaran hacerlo y que al dejarlas atrás pudieran adentrarse rumbo a la Polar hasta latitudes atlánticas más que desconocidas. Aunque de aquella cultura ya no quedan ni las cenizas, postergadas sus lenguas y filosofía, su sentido de la existencia, sus mejores signos distintivos, sumergidos como estamos en la negación de cualquier valor, en la puesta en solfa de todo cuanto nos ha hecho vivir y avanzar como sociedad. Llaman “progreso” a tal irreversible decadencia del espíritu. Y sonríen con suficiencia al hacerlo. Pobres; son odres resonantes, pero vacíos, y ni lo saben. Lo arrasan todo, pero ¿qué ofrecen a cambio?

Ese mar que ahora es campo visual de mi adorado desayuno compuesto de un café con leche y canela que acompaña una rebanada tostada de pan integral bien untada de aguacate, aceite y tomate, decorada tal evocadora alquimia con buen  jamón —huevos revueltos tres veces en semana—  más unas nueces y un buen puñado de arándanos, pues además de regodearme en su sabor me aportan antocianinas y aprovecho sus efectos antioxidantes y ralentizadores del estrés oxidativo neuronal. Mastico con deleite tales sublimes viandas mientras bulle una hoguera apenas declarada por los  lejanos confines que anuncia la llegada tímida pero imparable del anaranjado y grandioso disco solar que parece remontar el vuelo con arrogancia desde el reino de las sombras. El sol al que en el siglo IV el emperador Constantino proclamara por edicto la celebración del dies Solis,  el día del Sol, que se convirtió en día oficial de descanso en el Imperio, y es el origen de nuestro domingo.

AGUA DE POZO

Los veranos de mi infancia de la Casería de Piedra no contaban al mar como aliado y confidente, pero teníamos una pequeña piscina, más bien alberca, de reducidas dimensiones, con un grifo accionado por un motor con la que se llenaba de agua procedente del pozo cercano. Agua que en veranos siguientes a inviernos poco lluviosos, había que economizar para prolongar hasta bien entrado septiembre el descanso estival de la familia. Y eran veinte personas las que se reunían en los dos pisos de la casa, amén de los caseros residentes en vivienda aneja de sólidos muros de piedra, con gatos ronroneantes en las sillas de la cocina o vagando, con pasos de seda, por el emparrado del dilatado patio interior deteniéndose a contemplar con ojos inquisidores mis andanzas por la zona. A la hora del ángelus ya me estaba zambullendo en ella, porque era mi medio natural desde que, con tres años y cuatro meses tan solo, mi primo Diego Carriazo, me volteó por los aires una mañana agosteña para lanzarme en medio de lo que me parecía una inmensidad. Pero salí, a duras penas, nadando como un perro hasta el borde, y aún en medio de mi barraquera por el gran susto fue el primer día de mi vida del que tengo conciencia de sentirme orgulloso de mí mismo. Desde entonces mis estilos natatorios se pulieron por el uso y me han servido posteriormente para ejercerlos en piscinas diversas, en pozas de ríos jaeneros de turbulentos remolinos, en pantanos cruzados de noche a la luz de la luna y el aroma de jaras y cantuesos, o en ese mar que tan tarde descubrí, pero que muchos de mis amigos murcianos y cartageneros no se explican que yo, producto del interior, no salga de él cuando hay tantos y tantos individuos de la zona a los que tan poco gusta sumergirse en sus aguas calmas o agitadas y nadar junto a los peces buceando sin descanso.

El ALMA DE GRECIA

Como escribe ese gran helenista y profesor asturiano, que reside en Grecia por rendido amor a su cultura, Pedro Olalla, si existiera una palabra con la que identificar el alma de la Grecia antigua, no hay duda de que sería  θάλασσα (thálassa), el mar. Para los griegos era fuente de inspiración, mapa geográfico, sede de andanzas y descubrimientos, hogar consuetudinario, fuente de inspiración como vemos en la prodigiosa Odisea homérica —uno de esos libros escogidos  que no ceso de releer, como si comprendiera que en sus páginas está contenido todo— donde es el telón de fondo de los avatares del héroe para encontrar el camino de vuelta a casa y enfrentarse a los pretendientes que cortejaban a una Penélope que tejía y destejía pensando en el regreso a su hogar de su marido. El mar, más casa común que geografía, cotidianeidad, íntima identidad cultural de uno de los pueblos más cultos e indagadores de nuestra historia humana.

La mar serena, hondura inabarcable. Esa sensación única cuando flotas cara al cenit,  tras una larga serie de brazadas enérgicas, haciendo el muerto en estado de absoluta relajación y no sabes distinguir entre el cielo y el suelo líquido pues te parece que forman parte de una única continuidad de un luminoso azul que es el color de la serenidad, sensación que se escribe en griego γαληνη  (galene), curiosamente con la misma raíz del término γαλανός (galanós) con el que los griegos describían ese azul único y similar del mar en calma y el cielo de un día despejado. Azul, mi color predilecto, el color de mis sueños mejores.

Y con la misma raíz los griegos usaban el vocablo γαλα (gala) con el que designaban tanto a la espuma blanquiazul que moría con mansedumbre en la orilla del mar apacible, y a la leche.  De ahí viene Galatea la ninfa del mar en calma, y la leche de los senos de Hera, hermana y esposa de Zeus, que quedó derramada por el firmamento formando nuestra galaxia o Vía Láctea. Y hasta galactosa, el azúcar de la leche. ¡Lenguas muertas!, dicen algunos zotes.

LA AÑORADA CASERÍA

En la casería jabalcuzqueña no había mar, ni tan siguiera caracola tritón para oírlo bien pegada a la oreja  —esa concha a la que los griegos llamaron σαλπιγξ (salpinx), que también dio nombre a un largo instrumento musical parecido a la tuba romana—, pero había montañas calizas y olivas bien repletas los nudos de sus ramas de mis tesoros recolectados con paciencia. Había peripecias continuas por las lindes de encinas, quejigos, algarrobos o lentiscos que hacían frontera con la finca de Fermín Palma, al sur, o con la de Verdelimones, al norte. En ellas mis diarias pesquisas, además de perturbar el descanso de las culebras bastardas, gazapos o algún pequeño y despistado raposo, me permitían recolectar cecidias que son unas excrecencias en forma de bolas que las encinas producen como reacción tumoral a la picadura de ciertos insectos que pretenden forman galerías para poner sus huevos. Muchos las confunden con frutos, y a mí me servían para imaginar quién sabe qué moneda de cambio con la que podría comprar en mis aventuras oníricas objetos refinados, o bien como artilugios rodantes con los que derribar los indios apaches de mi Fort Bravo, cual si fueran balas de carabina Springfield del Séptimo de Caballería.

Fueron veranos donde se formó mi imaginación a base de amaneceres furtivos, perros fieles, puestas de sol, lecturas y quimeras varias. Lo leí todo, lo recorrí todo, lo observé todo, lo soñé todo, aprendí todo de boca de Manuel el casero de la finca en nuestras andanzas desde la rosada aurora ayudándole con mi pequeña azada de juguete a cavar el pie de las olivas mientras me relataba historias espeluznantes y me daba los más sabios consejos para la vida —colgando de la comisura de los labios una pequeñísima colilla de Peninsular, del que aspiraba un humo invisible de vez en cuando—  que he oído de labio alguno, o me enseñaba a distinguir plantas y animales, futuras lluvias o calmas, ortos y ocasos, fases de la luna, o cantos diversos de pájaros inaccesibles a la vista. Aquellos veranos fueron la pista de despegue de todos mis sueños, de todas mis futuras inclinaciones. Todo surgió allí en aquellos mágicos estíos. Y aún no conocía el mar…

TARDE DESCUBRÍ EL MAR

Lo descubrí en el año 60 en Cartagena una Navidad en que asistí la boda de mi primo Carriazo,  — el mismo que me quitó el miedo al agua—, quien vestido de elegantes galas de marino guerrero se casaba con una cartagenera que vivía en la Muralla del Mar —¡quién me iba a decir que yo haría lo mismo quince años después!—. La impresión fue grande e impactante. Lo tuve en la cabeza durante días, y me juré a mi mismo que pasaría largas temporadas más tarde a su vera. Y así ha sido desde el año 73, con muy escasas excepciones. Ya forma parte de mí mismo y lo echo de menos cuando no estoy a su lado, como echo de menos los montes y serranías de mi Jaén cuando las rememoro en la distancia.

Nuestra cultura como la griega es marina. La de Mesopotamia y Egipto fue fluvial, pero la nuestra se ha desarrollado cabalgando en esas olas que rompen en nuestras playas, por las que arribaron no solo navegantes griegos, sino fenicios, cartagineses y romanos, que fueron conformando nuestra identidad al mezclarse con la sobria sangre ibera de los habitantes primitivos de estos territorios hasta dar ese complejo misterio genético y caracterológico que da lugar a nuestra más preclara identidad como pueblo. Pueblo de sangre caliente, de extremos inapelables, de feroces rivalidades nunca históricamente atenuadas, ni solventadas —tampoco en estos tiempos, cuando las avivan con saña los políticos para sus fines mezquinos—, pero en cuyos genes late aún el depósito vivencial y anímico de aquellos aventureros primigenios que descubrieron en la luz de nuestras costas un brillo parecido al de la Helade de la que procedían y abandonaron siguiendo sus instintos comerciales y osados para descubrir nuevos paraísos en los que asentarse para comenzar un nuevo ciclo de vida.

Despierta el mar con la luz de Helios, que salta con su carro luminoso el Océano, cuyas aguas dibujan ahora un vibrante calidoscopio que muta en pocos segundos hacia variados diseños y combinaciones cromáticas. Hoy será un formidable día de baño, de aguas cálidas pero tonificantes, precedido de un buen rato de lectura oyendo el rumor de la espuma romper a mis pies, antes de la tertulia amical y un buen rato de natación esforzada en dirección a Levante, hasta que los gestos de mi mujer, allá en la orilla, me recuerden que por mi edad provecta no debo alejarme demasiado, como si fuera un joven pletórico. Antes lo hacía con sus hijos pequeños, ahora lo hace con su niño grande. Es mujer; un misterio grandioso e irresoluble.

VERANOS EN LA MEMORIA

El agua de la piscina de la casería al pie de Jabalcuz en seguida trocaba su color natural por un sospechoso verdor en el que pululaban bailando el rock larvas de dípteros. Era señal de que se debía cambiar el agua del modesto estanque, porque las piedrecitas de sulfato de cobre que traía mi tío Ángel desde Jaén no surtían efecto durante demasiado tiempo. Manuel se encargaba de vaciarla desalojando sapos y ranas desde el colector de la pileta cercana, sembrado de airosas cañas de bambú, donde estaba la trampilla que impedía la salida del agua, y dirigiendo hábilmente su cauce muchos metros abajo para regar su pequeña y bien cuidada huerta donde enrojecían los tomates y pimientos y se adivinaba la paleta vegetal de la berenjena, el calabacín, la guindilla o el pepino. Mientras realizaba la faena entonaba sotto voce una suerte de mistéricas melodías moriscas de armonías complejas que me remontaban a mis lecturas de la conquista  de España —¿conquista? No, pasaron por pacto como Pedro por su casa— por Musa ibn Nusayr y su lugarteniente Tariq ibn Ziyad. Tras ser rellenada una vez limpia como una patena de agua fría del pozo  —Ramoncito, me decía Manuel, yo no creo que quede para llenarla otra vez antes de iros, así que aprovéchala— la gelidez era tal que había que bañarse con un cierto estremecimiento, pero era una delicia hacerlo mirando las terreras bordeadas de chaparros de la cima más baja de Jabalcuz, el monte mágico, cuyo seno fecundo estaba colmado de aguas aflorantes a diversas temperaturas, fiel símbolo de Jaén, a cuyos pies he dormido tantas noches de verano —ahora en su cara sur— sintiéndome protegido y feliz por su presencia, oyendo el gregoriano de los grillos el sugerente y mistérico kiuu del autillo, el estremecedor ulular de la lechuza,  o los entrañables ladridos de los perros de las caserías lejanas, contestados por los nuestros antes de reunirse para sus cacerías cuniculares, o sus encendidas y prolongadas aventuras amorosas nocturnas bajo la luz de las estrellas que siempre dejaban heridas de guerra, porque el amor es así, también en los humanos.

NAVES AVENTURERAS

El mar, surcado de naves, veloces “como alas o como el pensamiento…”, como escribía poéticamente Homero en la Odisea en boca de Atenea. El mar colmado de esa sal, don divino, que alimenta y cura heridas, y hasta sirve como estipendio y moneda de cambio, no hay más que ver que los romanos llamaron salario, salarium, al pago de los trabajos. El mar pozo sin fondo que arroba el alma en su contemplación y hace viajar con el pensamiento hasta tierras lejanas donde soñaron cruzarlo hasta nuestras costas aquellos ilustres y esforzados visitantes que tantas cosas nos trajeron en las bodegas de sus pentecónteros o de sus naves onerarias. El mar, refugio de mi edad provecta, fuente de recuerdos imborrables, seno materno, descanso de la vista cansada ante tanta peripecia vital.

EL MAR DE OLIVOS

Pero hay otro mar. Este es de olivos. Rodea las serranías de mi Jaén esa ciudad luminosa en cuyas viejas piedras y contornos serranos late un misterio incomprensible, inasible, seductor, algo que nos cala muy hondo a los jaeneros y nos hace sentir seguros, confiados y enamorados en su seno materno. Y en sus aledaños, los recuerdos imperecederos de aquellos veranos inolvidables en que lo descubrí todo por mí mismo, sin ayuda alguna, tan solo abriendo mucho los ojos del rostro, del corazón y de la imaginación. Allí me formé en mis lecturas contemplando el avance de las sombras en el crepúsculo y el salto de la luna por las peñas calizas, donde en otro tiempo estuviera Castro, la rústica ciudadela de los seguidores del rebelde  muladí al poder emiral y califal, Omar ben Hafsún. Y más tarde las noches fascinantes paseando la vista por los cuidados arriates del jardín de las estrellas oyendo las ecuaciones matemáticas de Bach, que aun sin poder abarcarlas por entonces supe que serían más tarde mis compañeras de viaje. Cielo y mar, porque el telón de la noche es también mar inmenso surcado de alfileres luminosos, faros perpetuos de las profundidades galácticas que al contemplarlos nos hacen darnos cuenta de nuestra pequeñez y al mismo tiempo, de la grandeza inmortal de nuestros mejores sueños. Decía Borges que antes de que el tiempo se acuñara en días ya existía el mar. Pero, para entonces, añado yo, era ya Jaén, de los vientos y los sueños, porque es ciudad elegida, eterna, creada antes del mar y el tiempo, y así será siempre recreada en nuestro corazón.

 Ramón Guixá Tobar

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