Por RAMÓN GUIXÁ TOBAR /
Recién entrado el otoño cuando el sofoco estival aún se resiste a levar anclas de nuestro puerto celeste proa hacia latitudes sureñas, escribo esto en Jaén, a la espera del alba, mientras me alientan los compases del Kirie de la gran Misa en si menor bachiana, en la espléndida, lenta y honda versión de Otto Klemperer con la New Philharmonia Orchestra londinense, grabada para EMI en 1967. Esta obra sacra dilata el alma, me ayuda a elegir pensamientos y palabras que expresen cuanto quiero decir al compás de sorbos breves de un café humeante que tonifica mente y espíritu.
Faltan pocos días para que nuestro Señor de la Buena Muerte, el mayestático crucificado catedralicio de Jacinto Higueras, titular de la distinguida, admirable y ya centenaria Hermandad de la Buena Muerte, bendiga las calles jaeneras a hombros de sus anderos en procesión extraordinaria como parte del amplio programa concebido para conmemorar como merece el I Centenario de esta señera corporación que, desde el prístino momento de su erección canónica, ha expresado admirablemente su fe y seguro pulso cofrade, en el templo y en la calle, en cien años de intensa historia que culminan con estas justas y gozosas celebraciones.
Nunca podré olvidar como, amarrado al cálido refugio de la mano materna, nos situábamos ambos, allá por los años cincuenta, en el antiguo bulevar de la plaza de Santa María para contemplar la salida del pausado, penitente y señorial cortejo blanquinegro, mientras las campanas catedralicias repicaban con fuerza provocando el vuelo, vertiginoso y vocinglero, del bando de desconcertadas grajillas que desde la piedra dorada por el sol decadente, enfilaba una veloz e improvisada senda chillona en la tarde violeta y fuego, hasta que apagado el latido de bronce que las espantaba volvían con el mismo y estridente orden de salida, más sin perder la asustada formación, a sus posaderos pétreos.
Tampoco podré olvidar la impresión que producía en mi sensibilidad de niño aquel regio y grandioso crucificado cuya cruz me parecía colgaba del cenit, rasgadas las nubes para acoger su mástil sagrado, para aposentarse sobre un jardín floral. Un cielo abierto arraigaba en la tierra, fecunda por su sangre derramada. Buena y noble muerte. De sus brazos pendían dos largos cordones negros que añadían un toque de misterio al conjunto. En la hermandad los llamaban “potencias” y tenían la utilidad de equilibrar su cruz en los desniveles del itinerario. Tras él procesionaba una sencilla imagen de san Juan, salida de la gubia del valenciano Francisco de Pablo, que ahora es propiedad de la Congregación de la Vera Cruz; imagen sin duda influida por la escultura de san Juan, obra de Salzillo, realizada para la cofradía murciana de Nuestro Padre Jesús. El apóstol procesionó treinta años hasta que su lugar lo ocupó el sobrio misterio del descendimiento desde la cruz. Cerrando el cortejo una ternísima piedad, talla de exquisita sensibilidad, navegando sedente sobre un grácil velero plateado, con reflejos luminosos azulados, que expresaba admirablemente las angustias maternas de ver al hijo amado, lirio y clavel inerte desclavado del madero, sobre el regazo, mientras dos lindos e implorantes querubines que esbozaban bellísimos sollozos, contagiaban su duelo angélico a otro niño jaenero de boca abierta que contemplaba la escena con cierto desgarro en el corazón.
Más tarde veríamos en familia la comitiva pasar bajo la cancela abierta al oasis de una Plaza de las Palmeras, ágora hoy desmantelada y contemplada por mis ojos tras los paneles metálicos con cierto miedo —más bien terror, lo confieso— al querer adivinar su disposición final. Es lógico en alguien que nació en ella un día de abril cuando hubo un eclipse parcial de sol no visto en Jaén, y su mirada primera a esta tierra amada fue la de ese grácil palmeral provinciano, coronando las alturas sobre el blanco y vetusto caserío, el castillo roqueño, la blanca cruz que ampara a esta tierra de cualquier mal, y los relieves calizos mesozoicos, cortantes y entrañables, de los alrededores. Y ese niño que aún no podía imaginar que tantos años de su vida estuvieran más tarde ligados a tal cortejo elegante, sobrio y distinguido, y a una hermandad de solera, seria en todas sus manifestaciones, se iba a la cama con una sensación extraña en su interior apabullado por la grandeza de ese cristo gigante de misión popular, y por esa madre angustiada de ternuras inabarcables, cuyo dolor era limpio verso de amor y resignado sufrimiento.
BACH COMPAÑERO
Ni en el vibrante Gloria de la Misa en si menor, pierde la batuta de Klemperer su ritmo pausado y cadencioso, sólido, monumental. La música me taladra el corazón y debo dejar de escribir para sumergirme en sus pasajes. Bach siempre presente y futuro, mi mejor compañero en momentos esenciales de mi vida, sin el cual no sería capaz de esbozar ni una línea de mis escritos. Bach principio y final, el músico infinito. Sin sus partituras, sin su música de armonías célicas y belleza divina, de inspiración inexpresable, yo estaría mutilado, incompleto, falto de espíritu.
Pero está conmigo el Kantor de Leipzig y puedo seguir escribiendo acerca de este sábado próximo cuando los hermanos de la Buena Muerte expresemos una vez más en la calle, esta vez a cara descubierta, el amor y lealtad que nos inspira esta noble y valiosa hermandad catedralicia, y la devoción abisal que sentimos hacia este divino atlante crucificado que en su Buena Muerte de cruz nos hace sentirnos más vivos que nunca, y deseosos de pregonar con unción su nombre para que puedan oírlo por todos los confines de esta ciudad amada de los vientos y los sueños cuyos habitantes siempre se han mostrado sobrecogidos ante su paso, señor de altura infinitas, jardín de sangre y fuego sobre hombro de fieles anderos que no quisieran salir jamás del incendio de pasión de sus andas para portarlo toda una eternidad. Pues ellos mejor que nadie saben que cargan no solo con el peso de su cruz gloriosa y su calvario, del hierro, la flor y la madera, sino con la memoria colectiva de generaciones de hermanos que aprendieron a contemplar su desmayada cabeza, el austero tono carmelita de su cuerpo lastimado, con los ojos del corazón que son siempre los más certeros.

No sería igual la Semana Santa de Jaén, sin esta hermandad de acendrada solera a cuyas filas accedí convocado con cariño por un gran cofrade, nieto del fundador, hace cuarenta años y en la que se ha forjado parte de mi vida. En ella he vivido, soñado, templado mi carácter, aprendido, imaginado. En ella he vivido días de pasión y gloria, de amigos entrañables, también de momentos tensos quizá producidos por la ilusión ingente que un cofrade pone en cuanto hace, y porque cualquier rosa nunca carece de espinas. Pero ha habido muchas páginas gloriosas vividas con intensidad. La Hermandad ha sido para mí casa y hogar de acogida, templo del espíritu, acto de fe, liceo y academia de encuentros humanos imperecederos, de pasión inconmovible, madre y maestra. En ella he vivido intensamente tantos y tantos instantes inolvidables, enriquecedores, sublimes que no sería capaz de olvidarlos, ni aunque me lo propusiera.
Y en ella sigo confiado y seguro, ahora más que nunca, pues sé que el rumbo está bien marcado por un equipo de gobierno sólido que está trabajando mucho y bien para que nuestra hermandad sea fiel al espíritu fundacional y mantenga siempre incólumes sus señas de identidad que son únicas, inalienables, intransferibles, su mayor tesoro, por cuanto siempre ha sido punto de referencia en la pasión jaenera, como corresponde a su grandeza y buen hacer en esta centuria.
Un centenario cuyos actos programados se van desarrollando con precisión desde que fueron concebidos para realzar este feliz aniversario de una hermandad ejemplo continuo de fe, integridad y hondura en sus cultos internos, cuaresmales y sacramentales, en la procesión del Miércoles Santo, en sus actividades cotidianas. Por su buen hacer cofrade, por ser pregoneros de la fe en la cruz de Cristo y en el valor redentor de su muerte de cruz.
De manera extraordinaria el cortejo saldrá por las calles de Jaén escoltando al Señor de la Buena Muerte por un itinerario insólito, pero por el que ya discurrió la hermandad en otros miércoles santos. Itinerario pleno de recuerdos; memoria viva de la Hermandad. Esta vez los hermanos no vestirán el traje de estatutos, pero serán portadores de la misma enseña que defienden bajo el caperuz que no es otra que la fe en la redención, y el amor hacia una ciudad que late en cada caudal de su sangre.
PROCESIONA LA HERMANDAD
Y tras la solemne celebración religiosa en nuestra sede canónica —hermandad y catedral en perfecta simbiosis de grandezas—, veremos al Señor catedralicio enmarcarse en la Puerta del Perdón, diseñada para acoger su cruz portentosa, y nos parecerá que las campanas con su tañido gozoso pretendan acariciar el tiempo y recordar cada una de sus salidas procesionales. Será una antigua memoria hecha presente. Un tiempo invertido, desbocado, transmutado, superpuesto en infinitos planos de una única realidad. En esa augusta cabeza caída estarán presentes todos los gritos y silencios de esta ciudad de bien, todas las voces que algún día pronunciaron con pasión su nombre, todas las miradas colmadas de esperanza que alguna vez le fueron dirigidas, todos los susurros de esas madres que enseñaron a sus hijos a rezar al paso de su cruz vertical, regio trono, todos los inevitables pucheros de amor hechos en su presencia, o bajo el caperuz, todo el dolor desgarrado de las confidencias que algún día le hicieron sus cofrades caminando con paso corto al son de roncos tambores y cornetas plañideras.
Jaén estará con la Buena Muerte de Cristo, en cada cirio encendido de un hermano, en cada furtiva lágrima que esta vez no podrá ser incógnita, en cada grito nacido desde el pliego más hondo de nuestros silencios, en cada una de nuestras sonrisas y miradas de complicidad. La ciudad será escala hacia otras realidades, más reales que la vida ordinaria. Él será nuestra referencia. Estará allí, como siempre, muerto, silente, en la soledad más solitaria del desprecio y abandono, pero acompañado de sus hermanos de blanco y negro que llevarán otra antorcha de luz inmarcesible en ojos y corazón.
No será tan solo una salida extraordinaria. Será el reflejo de cien apasionados años de fe y fidelidad. Será la pasión compartida hecha solemne, pero alegre y confiado cortejo penitencial. Estaremos todos los hermanados en su nombre en estos cien años desde realidades distintas pero con un solo corazón; el latido único de todos los que han amado y defendido su causa en este tiempo. Y el Señor de la Buena Muerte avanzará despacio por esas calles florecidas de rojo delirio al advertir su presencia. El andero trazará la oración de sus pasos al compás de su pasión, lentamente, dulcemente, con sentimiento a flor de piel, como si cada paso compartido fuera un siglo de amor, como si quisiera gritarle a Jaén que detenga todos los relojes de torres y espadañas para eternizar esos inefables momentos.
Junto a la cripta catedralicia se rezará un responso por todos los hermanos que ya no están con nosotros, aunque lo estén sin que podamos adivinarlo, tan enfrascados que estamos de ordinario en las minucias mundanas. Porque también se harán presentes, aunque no podamos verlos. Irán a nuestro lado y sabremos que están ahí; caminamos juntos desde realidades distintas pero a idéntico compás. Y tras atravesar la señorial calle Ancha, la misma ruta que acogió el cortejo en muchas de sus salidas procesionales, llegará el cortejo al santuario de la patrona, donde Angustias, esta vez será Capilla descendida a Jaén con el hijo de sus entrañas en brazos en la noche misteriosa de junio. Capilla, la madre común de todos los buenos jaeneros, le saldrá al encuentro y la hermandad le concederá su medalla al celebrarse también el I Centenario de la reorganización de la cofradía de la Virgen de la Capilla, madre y alcaldesa perpetua de Jaén.
AHÍ VIENE LA BUENA MUERTE
Noche profunda. Brisa serrana. Arriates de estrellas. Vals de luceros. Subirá el cortejo como cada año de este siglo transcurrido por la entrañable calle dedicada al médico filántropo, con la mirada puesta en la catedral iluminada como radiante candela de fe, hogar de los hermanos blanquinegros. Olerá la ciudad a otoño primerizo, a clavel sanguino, a cera, incienso y recuerdos imborrables. Y dentro del gozo inmenso de la celebración sabremos que todo muere, que todo es cambiante. Pasan los años, hombres y mujeres, pasan las generaciones, pasan las cuaresmas de cultos y esfuerzos comunes, pasan los Miércoles Santos; esas tardes de azul turquesa o de nubes violáceas descolgadas desde el monte negro que amenazan la salida procesional. Pasamos todos con nuestras vanas esperanzas, nuestros mezquinos e infantiles deseos de grandeza, siendo nosotros tan pequeños y limitados. Todo pasa, menos la cruz de su pasión y gloria. Esa cruz siempre permanece firme mientras el mundo da vueltas y vueltas sin sentido alguno. Todo pasa menos Él, el Señor de la muerte y de la vida. Permanece su amor cuando la muerte cree haberlo vencido para siempre. Pero sabemos que no será así, La cruz de Cristo es la única solución para todos los enigmas y todas las desesperanzas. Él permanece vivo. Vencedor de la muerte y sus sombras. Porque en la Cruz no fue Cristo quien murió, fue la muerte quién murió en Él. ¡Oh qué muerte tan fecunda que mató a la muerte para siempre y nos regaló la vida!
Por eso será un regreso triunfal subiendo esa Carrera eterna, sagrada ruta jaenera, bendito Gólgota de su muerte de cruz. Jaén estará presente, como siempre lo ha estado en estos cien años con su mirada amorosa contemplando el noble cortejo, ya centenario, que acompaña por sus calles al inmenso y vertical Señor catedralicio, puente entre el cielo y la tierra, entre el tiempo y la eternidad. Jaén arropará como siempre a esta hermandad que ha sido siempre buque insignia de grandeza, seriedad, elegancia y buen hacer cofrade. Y todo el pueblo jaenero fiel testigo de la vida de esta noble hermandad, podrá volver a repetir, como a lo largo de estos cien años de pasiones y glorias infinitas: Ahí viene la Buena Muerte, a su paso, con su estilo elegante y penitente, sereno, serio y sentido…
Los compases de Sacramental la marcha que define nuestra pasión centenaria acogerán la entrada del señor catedralicio hasta el interior de la gruta sagrada. Nos miraremos los presentes sin hablar. En ocasiones semejantes no hacen falta palabras Tan solo miradas, lágrimas y abrazos sentidos, pensando ya en el próximo Miércoles Santo.
Suena el Benedictus de la misa en si menor bachiana cuando pongo punto y final a este escrito. Me desgarra el alma la voz del tenor y el desmayado delirio de la flauta travesera. Reconozco que estoy temblando y me siento más enamorado que nunca de esta Hermandad incomparable, pasión y gloria centenaria de la ciudad de Jaén. Enhorabuena a todos los hermanos. Que Dios os bendiga.
Ramón Guixá Tobar.
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