Por JULIO PULIDO MOULET /
Por mi afición al fútbol he visitado el estadio Santiago Bernabéu en numerosas ocasiones. Verlo lleno en su totalidad es un espectáculo irrepetible. Ochenta mil almas reunidas en un espacio reducido da idea de su magnitud. Lo recordaba pensando en esa masa humana, 80.000, situados en las proximidades de la valla que separa Ceuta de Marruecos. Y naturalmente me hacía la misma pregunta que cualquiera: cómo es posible que semejante contingente de personas reunidas pase desapercibido a autoridades civiles, policiales y militares, conociendo los precedentes anteriores de intentos de entradas por la fuerza en la bella ciudad ceutí o en la también soberana Melilla. Y aquí empieza la indignación de sentirse insultado en la más elemental dosis de inteligencia al comprobar cómo responsables directos de la Seguridad del Estado afirman sin rubor que no se podía pensar en que algo así ocurriera. Y una nueva imagen, Bernabéu vacío y Paseo de la Castellana con 80.000 en formación, se presenta ante mis ojos y me hacen pronunciar un grito de ¡basta ya! de que se nos tome el pelo de manera tan descarada, porque mientras los días pasan y diez mil no han retornado, Sánchez, tan devoto del espejo de sí mismo y la corte de personajes que lo adulan, han pasado como por arte de magia del digo al diego en menos que canta un gallo mañanero. Porque de afirmar con rotunda seriedad los ministros Marlaska y Albares que ni uno solo permanecería en Ceuta, muy pocos días después, y a pesar de la recomendación de la Unión Europea de proceder sin reparo a la devolución, lo cierto es que con leyes en la mano los menores no pueden devolverse y los adultos pueden retornarse tras un lento proceso de papeleo. Avanzando los días se va deteriorando la seguridad, el temor a violaciones a mujeres -quince ya constatadas- y el deterioro económico de pequeños negocios que o bien permanecen cerrados o bien sus ingresos han descendido notablemente.
Paralelo a ello la aparición de brotes de sarna y el colapso en los establecimientos sanitarios junto a las protestas vecinales componen a día de hoy un panorama de desolación de incierto futuro. Porque en los ríos revueltos acechan los pescadores ultras que ya han iniciado una toma de justicia por su mano que de no reprimirse puede desembocar en lo único que falta: un enfrentamiento callejero que derive en actos violentos entre unos vecinos radicales y unos migrantes sin techo, con carencias alimenticias y sanitarias que no quieren volver a su lugar de origen. Y cuando el deterioro de la convivencia se agrava el gobierno acierta cuando rectifica y adopta medidas que desde el primer día pidió el presidente Vivas.
Y en el colmo de la ineptitud y volviendo al si se sabía o no se sabía lo que iba a ocurrir, Marlaska lo sigue negando, la ministra Robles afirma lo contrario y el quitavergüenzas oficial Pachi López afirma derrochando una inteligencia soberana que ambas cosas son compatibles, lo que ya enerva a los que como modernos Job le hemos puesto paciencia a la indignación.
Vuelvo al espejo mágico de Sánchez que admira su bronceado vacacional y parece que a algún íntimo preguntó su interés en saber cómo lo recordaría la Historia, lo que permite ahondar en su personalidad narcisista y ególatra. Y no se me ocurre mejor respuesta que trasladar la pregunta al autor intelectual del asalto, ocupación o invasión como queramos llamarla: a Su Mediocridad el rey de Marruecos, hijo de la marcha verde y nieto de aquel que en el 56 se encontró con la corona de un nuevo Estado que no existía y por lo tanto no podía alegar derechos sobre dos ciudades con más de quinientos años de pertenencia a España. Porque ese rey que tiene la propiedad de un pueblo hambriento, pero es dueño de una enorme fortuna sabe, porque sus colegas de Israel se lo hicieron llegar, el contenido extraído del teléfono del príncipe de La Mareta que, debe ser tan comprometido, que, desde que ocurrió, el cambio de rumbo de Sánchez afirmando que el país vecino es fiable y que el Sáhara le pertenece y que a Argelia se le deja de comprar para agradar a su Majestad y tantos y tantos vaivenes que denotan que el debe de Sánchez a Marruecos es una deuda que arrastra a todo un país a una suerte de sumisión inexplicable. Si algún día, ojalá pronto, lo sabemos, el espejo de Sánchez podría devolverle una imagen deteriorada que contestaría a su interés por saber cómo lo recordará la Historia.
Foto: El Faro de Ceuta.



