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Por MARTÍN LORENZO PAREDES APARICIO /

Había una vez un casco histórico muy grande que solo contaba con una oficina bancaria. Era la única entidad que se preocupaba por el bienestar financiero de sus vecinos. Su política de atención a los más vulnerables era una de sus principales banderas. Los mayores del barrio se consideraban unos privilegiados, podían ir a su banco de toda la vida y hacer sus gestiones diarias. Se sentían protegidos y, sobre todo, queridos por ese director de barrio que, siempre, estaba pendiente de sus anhelos.
Era la cuestión bancaría, el único de los pocos servicios al ciudadano fiables del casco viejo. Además, su compromiso con el barrio era modélico, a través de su fundación que, con mucho amor, ayudaba a la visualización de las bondades patrimoniales de la ciudad vieja, donando una importante cantidad monetaria con la que se organizaban una serie de rutas turísticas que siempre agotaban todas las plazas.
La entidad a la que se refiere este mini cuento es la Caja Rural de Jaén, a la que desde la asociación de vecinos Torre del Concejo agradecemos su aportación al desarrollo social, económico y empresarial de la provincia de Jaén.
Por eso nos extraña que vayan a cerrar la oficina de este cuento que es la situada en la calle Martínez Molina, cuando su política es la de abrir oficinas en cualquier aldea o pueblo de Jaén con independencia del número de habitantes.
Por lo que humildemente pedimos a los consejeros de la Caja referente de nuestra provincia que den marcha atrás y piensen en los vecinos del casco histórico de la hermosa ciudad de Jaén.

Foto: Oficina de Caja Rural en la calle Martínez Molina, en Jaén.

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