Por RAMÓN GUIXÁ TOBAR /
Ya no caben más gotas de agua fresca en este cáliz sagrado de belleza que es mi Jaén, excelsa rapsodia de roca, luz y olivar ubérrimo, de historia antigua y fecunda. Ya no pueden abarcarse más destellos mágicos de sus crepúsculos de abismo, ni del duende cotidiano de esas auroras orientales que pregonan su cortejo triunfal desde una lontananza caliza de serranías arriscadas, las más mías de mis cumbres, tantas veces recorridas en silencio ascético o en jubiloso tropel de alumnos andarines y acompañantes remolones.
Es mi Jaén, antes copa de ausencias y olvidos, hoy mi realidad más mística y sacra que enlaza un pasado siempre vigente —¿quién puede definir el tiempo?—, un presente intemporal y un futuro déjà vu, que me hace flotar ingrávido en brazos de la nostalgia, cuando recorro, bajo un jardín estelar herido por la sedosa lanza de la aurora, sus calles y esquinas, o tomo café al alba por el entrañable barrio labrador, reparando en los parroquianos tempraneros, deleitándome en sus costumbres menudas, o en sus picantes apotegmas de la tierra, que aún laten vivos entre el horror vacui del trivial dialecto global que hablan las gentes, o en sabrosos coloquios con amigos del alma sobre temas compartidos, nunca acabados de considerar, pese a llevar analizándolos desde hace siglos, en eternas pláticas jalonadas de sonrisas serenas, cuando no risotadas estruendosas, labios con comisuras evocadoras, amargor de la cafeína en el paladar y plenitud del alma en cada detalle considerado, más que por la historia en sí, tan solo por el hecho de contemplarla, de no acabar de rememorarla, como eternizando el instante.
JAÉN HUELE A CIELO
Es la fragancia inasible de una ciudad cada vez más mía. Oler mi Jaén, el aroma cautivador de la brisa de esta villa de serenas evocaciones. Aspirar la mirra, lilas de abril y blanco jazmín de mis recuerdos. Olores pretéritos a macizos polvorones de almendra degustados con ansia, tintineo de pandereta y gemido de zambomba, a ochíos del horno Chinchilla con su dura barra de coriáceo chocolate en su seno, a encendidas pavesas voladoras de lumbres crepitantes al calor de coplas anónimas, a metal de trompetas romanas resonante por carriles y veredas, a celeste incienso crucificado, a la delicada flor del cinamomo en los meses de mayo junto al vetusto convento descalzo, o al raudal magdalenero, pero también por el nivel bajo de aquel añorado Parque de la Victoria, junto a Maternidad, donde los partidos de fútbol sobre terrizo y revientaperros deslizantes eran más que un juego una guerra galáctica interminable, sin armisticios posibles, a las patatillas del carrillo de Paco que devorábamos sudorosos tras una tarde de andanzas infantiles, a la noche de verano, misterio irresoluble con Vega, Deneb y Altair de triangular policía estelar, al algodón dulce del ferial sorbido a ritmo de carrusel, o el vasito de cariñena con la vista posada sobre los pisadores del improvisado lagar, a las gachas calientes, con el hoyuelo meloso en el centro, y el Tenorio de la SER en perspectiva, a las mariposas de recuerdo a los difuntos de la casa, estremecido el cuerpo al contemplar, arrebujado en el embozo de la cama, sus caprichosos arabescos, tenebrosas sombras chinescas sobre la pared atisbadas a través de la rendija de la puerta entreabierta del dormitorio, al recio aroma de capachos de almazara donde ronronean orondos gatos de caramelo ajenos al estridente trajín de la molienda. Sacrosanto hálito intemporal de celindos, albahaca, arrayán, laurel, romero, en patios recoletos, mansiones familiares o caserías señoriales de extensas y alicatadas lonjas y cuidados jardines, o esa esencia embriagadora que me robaba mi alma de niño en los veranos de la Casería de Piedra, cuando del caribeño y tan bien adaptado a estos enclaves galán de noche emanaban unos efluvios que me hacían temblar sin saber el porqué, mientras quedaba extasiado de cara a los plateados vergeles colgantes del infinito yacente sobre la larga bancada de azulejos multicolores, al compás del rítmico recitar del cotidiano y nocturno rosario familiar, cuyo tercer misterio ya me transportaba al reino de mis mejores sueños, del que me hacían volver, muy a mi pesar, como de una lúcida ECM, tras la letanía y las besadas buenas noches de la amplia familia orante —ellos en pijama, blanco pañuelo en el bolsillo superior; me he quedado helada sin la rebeca, ellas—, para llevarme al piso superior, y esta vez ya sí caer en un prolongado sopor al compás del monótono, pero dulcísimo y críptico gregoriano de los grillos, con la luna de testigo que en su idilio permanente con las Peñas de Castro las brincaba, ágil y tiernamente, tras besar su cúspide con gracia infinita y brillo de diamante.
AMOR ETERNO
Y volver a enamorarme, ya para siempre de esta ciudad inigualable, quizá porque jamás haya dejado de quererla, aunque a veces me ha hastiado su parálisis conformista, y el chismoso, envidioso y resentido marujeo, tantas veces cruel, de sus gentes, pero es tan especial, tan propia, tan ella misma, tan inimitable, posee una hermosura tan grácil, sencilla y honda que cuando atiendes a descubrirla con paciencia y amor de alquimista en busca del elixir de la vida, quedas prendido de sus encantos y ya no puedes dejar de recorrer todas sus sendas, y circundar apasionadamente todos sus perímetros a cualquier hora del día rutilante y cegador, de su vespertina parálisis azul y oro, o del desmayado y polícromo amanecer, observando cada pormenor que hasta hoy te había pasado desapercibido, atisbando cualquier conversación callejera, o diálogos chispeantes en alguna taberna castiza —ya quedan muy pocas— de los barrios altos, donde te arrobas ante ese lenguaje popular aún no perdido del todo, y comprendes la frase del escritor y filósofo Emil Cioran cuando afirmaba, que la patria es tan solo la lengua. Y así es, el verdadero hogar es la lengua materna, la hablada en la ciudad cuyo suelo soportó tus primeros y vacilantes pasos y los sueños de juventud, la que te acoge más tarde, aunque pueda decepcionarte a veces, la deidad urbana y cordial a quien siempre dedicas un altar preferente junto a los dioses lares de tu corazón. Nuestra lengua, patria natal que une para siempre. ¿Cuándo nos vamos a dar cuenta, de que debemos volver la mirada a Hispanoamérica, con la que compartimos la noble, eufónica y hermosísima lengua española y tal rico acervo de rasgos culturales y dejarnos de quedar alelados ante una Europa decadente, sin valores, que poco puede ya ofrecernos, como no sea un muestrario relativista, global, decadente y en inexorable descomposición.
Ya no puedo, mi Jaén, dejar de quererte por mucho que quisiera hacerlo, sería imposible. Y no me importan tantas tropelías urbanísticas cometidas, ni que no haya palmeras en mi plaza natal, sino un arsenal de trastos diversos amontonados, o desniveles inconcebibles donde se rompen los paseantes la mollera o juegan al torico el esconder sin encontrar jamás al fugado. No me importa que no exista el Cervantes, que fue gloria escénica, cultural y cinematográfica de la ciudad, ni que demolieran las Carnicerías, los palacios del duque de Montemar, de Vera y Prado, o de los Uribes, ni que la expansión urbana hacia la estrella polar haya desmantelado tanto patrimonio arqueológico, calcolítico, o romano de los alrededores de aquel Municipio Flavio Aurgitano. No, pese a todo te seguiré amando como el primer día que descubrí — cara al oasis en aquella cancela que olía a masilla impermeable hecha con aceite de linaza y tiza—, sedente sobre mi silla de anea, mi infantil pasión por tu cielo de cobalto, la deslumbrante cruz serrana, y el castillo guardián fiel siempre del quehacer jaenero. Y los recrearé de nuevo en mi memoria, pues mientras una persona tenga recuerdos imborrables y memoria suficiente, puede mantener tanta y tanta identidad perdida. Porque, como expresó el escritor romántico alemán Johann Paul Richter: los recuerdos y la pasión sostenida son los únicos paraísos de los que jamás podremos ser expulsados, ni con la ayuda de la inteligencia artificial, que aun comprendiendo las útiles herramientas que pone en nuestro devenir, no puede menos que helarme el corazón, como si mi intuición me dijera que puede ser una guillotina dieciochesca que cercene cualquier rasgo distintivo de cada ser humano, y pudiera convertirnos en mundo clónico de gelidez absoluta; una nueva glaciación esta vez de la individualidad humana.
CIUDAD DE MIS PASIONES
Jaén de mis mejores pasiones, He vivido intensamente cuaresma y semana mayor en tu seno, y hoy lo rememoro mientras la nave Artemis circunda la Luna, en órbita distinta, en busca de futuros y precisos alunizajes, y los grupos humanos se debaten en sus ancestrales y nunca resueltas diferencias de opinión, luchas feroces y descalificaciones de las partes contrarias, como si nada hubiera mejorado desde la más remota Antigüedad —nuestro mayor error es creernos moralmente superiores a ella— pese a que tengamos la palabra progreso como mantra que no responde a la realidad, pues el ser humano es el mismo que habitaba Súmer y Acad; las mismas pasiones y lacras sociales, los mismos conflictos nunca resueltos, solo que más técnico, pero igual de obtuso en sus formas de convivir que tantas veces producen pugnas crueles jamás solucionadas, mientras se defiendan ideas opuestas no como ofrecimiento constructivo, sino con ardor dogmático, descalificación del indómito discrepante —cuando no damnatio memoriae y revisión histórica—, e inapelable inflexibilidad espartana.
Jaén de mis mejores sueños, siguiendo la huella de cristos de escorzos sublimes que recorren sus calles helándote el alma su contemplación temblorosa, sabiendo que si un hombre tan perfecto fue crucificado por el mundo, ¿qué podemos esperar de ese mundo injusto?, y no de Él, autor de la vida, vencedor de la muerte; alfa y omega de la existencia humana.
Es mi Jaén en Semana Santa que he vivido con hondura desde mi más tierna infancia. Ahora es otra, con detalles positivos que la han hecho crecer y desarrollarse, junto a otros que no me gustan tanto, porque parecen ser moneda corriente y ecuménica en muchos lugares, como si Jaén no fuera un Universo único. Hemos olvidado quizá, nuestras formas de ser propias, esas que jamás pueden perderse si no queremos despersonalizarnos por completo. Pero aún conserva ese misterio siempre renovado, esa profunda liviandad, ese embrujo imposible de imitar que le otorgan sus enclaves urbanos y el latido de una ciudad imposible de clonar; esas devociones populares que calan el alma de sus gentes.
POR LA PUERTA DEL ÁNGEL
Fue al final de la semana cuando decidimos con un matrimonio amigo situarnos junto al viejo y venerable convento con la Puerta del Ángel abierta al bellísimo jardín romántico de Capuchinos, el de los miradores más sugerentes de la ciudad. ¿Qué otra villa posee esos incomparables paisajes sureños que tiene Jaén, de serranías y bosques extensos de olivar, en cuyo seno surgen blancas caserías con su ciprés en la puerta y extensas lonjas; paraísos de frescor y descanso en las madrugadas profundas del verano? En tal enclave esperamos el paso de la comitiva de la Pontificia y Real Cofradía del Smo. Cristo Yacente y Siervos de Nuestra Señora de la Soledad, añosa hermandad jaenera del siglo XVI, aunque tuvo épocas casi de total extinción hasta que se reconstituyera en 1940. Un buen hermano de la Buena Muerte que colabora con tal cofradía, me habló del cambio operado y fui a comprobarlo. Y me conmovió en lo más hondo, su digno, ordenado, íntimo, sereno, sobrio, elegante y conmovedor cortejo procesional. Nazarenos abundantes y serios, mantillas que comprendían el carisma funeral de la tarde noche tristísima de Viernes Santo. El Señor Yacente, imponente en su alto túmulo de caoba y bronce, cantada su muerte por un coro mengibeño bien afinado, y la soledad de soledades, esa señora que va de duelo sobre su paso procesional moviéndose al estilo de Jaén —también puede conseguirse con costal— con esa mecida peculiar tan de la tierra. La precedía una coral granadina que en tal momento interpretaba con buen gusto y pleno empaste de voces el Requiem de Fauré, un fragmento de su IV parte, el Pie Jesu: Pie Jesu Domine. Dona eis réquiem, dona eis réquiem… Misericordioso Señor Jesús. Dales un descanso, dales un descanso…
A sus compases la soledad más solitaria se recortaba en su amargo desconsuelo sobre ese fondo increíble —un desmayo de iluminada cantería reflejo del arte e historia jaenera— para girar buscando el centro de la ciudad. Me quedé sin palabras; son esos momentos que surgen sin saber por qué, ni cómo. Esa música callada, esa soledad sonora, de la que hablaba el místico carmelita, esa magia inexpresable, ese momento sublime que ya queda grabado para siempre en el corazón. Es atrapar algo que ya existe con tu cerebro permisivo, que no productivo —intuyo que existe una consciencia colectiva que el cerebro capta y procesa—, cuando codifica y te hace sentir la profundidad del misterio compartido de la belleza, la verdad y la eternidad. Me prometí a mí mismo, si Dios así lo permite, volver a tal enclave el próximo 27 de marzo para rememorar tal recóndita escena jaenera de pasión.
NO QUIERO DESPERTAR
Esta semana de descanso tras el ajetreo de la cuaresma he parado unos días para mirar con ojos nuevos a mi Jaén y poder comprobar que sigue ahí, pese al cambio de los tiempos, a la desdichada especulación urbana, a otros usos y costumbres. Pero su espíritu late vivo en cada pasaje, a cualquier hora del día, en cualquier instante eterno seductor que te permita volver a descubrirla. Es inmortal. La tenemos grabada los jaeneros hasta en el tuétano de los huesos, en el propio torrente de la sangre, en el código genético de cada célula de nuestro cuerpo. Nunca morirá, porque existe la eternidad en la belleza. Es como si sus renglones estuvieran escritos por Dios, pues a quien Él quiso bien, casa le dio en Jaén. Un hogar de cimientos indestructibles pues están erigidos con amor, fidelidad y ansias de eternizar a quien fue mi cuna una noche de abril, la primera postal que contemplaron mis ojos recién abiertos. Aún resuena triunfalmente tal mirada en el fondo de mi ser. Con la edad comprendo, como dice Fernando Pessoa, que nunca he sido nada, ni ya lo seré, ni quiero otra cosa que ser más que yo mismo, pero aparte de eso guardo en mí todos los sueños del mundo. El primero de ellos es Jaén. Por eso quiero seguir soñando hasta el final de mis días. Que nadie me despierte, por favor.
Ramón Guixá Tobar.
Foto: La Soledad, junto al viejo convento.



