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Por JAVIER LÓPEZ / Cuando en los ambientes propicios digo que sólo distingo a los radicales de izquierdas y de derechas por el olor se mosquean los de izquierdas, aunque no mucho, ya que son conscientes de que combaten la higiene por ideología. Me da a mí que creen que el champú a la camomila, el gel de glicerina y la mascarilla facial son, al igual que la clase media, un legado de Franco. Y si esa es su percepción resulta lógico que le tengan al agua el mismo aprecio que a los pantanos.

Con o sin ducha diaria, la radicalidad es siempre la evidencia de un fracaso neuronal. Cuando el extremista piensa a lo grande en lugar de reforzar la pediatría bombardea hospitales con niños dentro, inyecta polonio al discrepante o, ya puesto, agrede a un periodista en Pamplona, donde un redactor de El Español padeció la embestida de una manada de encapuchados. El matiz del atuendo es relevante porque el pasamontañas es el burka de los descerebrados.

El diagnóstico psicológico es más complejo si quienes exhiben su radicalidad lo hacen a cara descubierta. El hecho de que los radicales concentrados ante el Tribunal Supremo por su condena al fiscal general del Estado prescindieran del burka y la patada intercostal revela el carácter multiforme del extremismo, que evoluciona sin perder su principio activo, la intolerancia, derivada de la creencia de que en el lado bueno de la historia la ley es un vestigio facha.

Puesto que en lado bueno de la historia confluyen espacio y tiempo, su localización es una clara intromisión de la política en la física. De manera que fuerza, en lugar de masa por aceleración, es ahora la imposición de la memoria democrática, la persecución del rival y el cuestionamiento feroz de sentencias contrarias al aspirante a caudillo, cuyo original, por cierto, también creía estar bien posicionado. Lo que aclara que Sánchez es el Generalísimo con esteroides.

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