Por RAMÓN GUIXÁ TOBAR /
No, no es el título con que se publicó en español la novela de Agatha Christie, Peril at End House, en la que el inefable Hércules Poirot desentraña con agudeza varios intentos fallidos de asesinato, novela que me bebí, a escondidas — esos libros no son para niños, me decían—, en un verano de mi infancia. Me refiero a otra cosa. A un tema candente en estos tiempos: la descarnada irrupción en nuestras vidas de la Inteligencia Artificial, que para mí, no obstante reconocer muchas de sus ventajas, es la más artificial de las inteligencias, al menos de la forma en que yo he concebido siempre este don genético profusamente repartido entre los seres humanos. Siento verdadero pánico ante el uso que pueda hacerse de ella.
Y si aplicamos esta herramienta al campo de la creación literaria, comienzo a experimentar verdaderos escalofríos, pues capto las inmensas posibilidades que tiene de que alguien, sin don artístico y creativo alguno, pueda elaborar un texto o versos de rima diversa pasando por escritor admirable o vate inspirado. Y no es broma. Lo he comprobado incluso con chats de IA de medio pelo. Cuando solicitas que escriba un poema con rima de soneto, le indicas los temas a tratar o incluso le hablas de que use versos encabalgados, metonimias, sinécdoques o metáforas complejas, y mantenga un hálito poético místico, por ejemplo, y te da diez variantes de versificaciones más que apreciablemente construidas siguiendo tus indicaciones, e incluso te indica la posibilidad de cambiar de tema, o dotarlo de un significado, hermético, social, elegíaco, épico o simplemente festivo; es decir, al gusto del consumidor. Y lo construye sin despeinarse, ofreciéndote varios ejemplos, por si extravías alguno. Hace maravillas. Y con los textos en prosa se comporta aún de manera más variada. Te escribe lo que quieras, alumbra ideas para desarrollar, te indica léxico, ortografía y prosodia, te cambia de estilo literario según tus preferencias. En fin, algo espeluznante cuyas consecuencias a corto y medio plazo me producen verdadera inquietud. Y hablo del más sencillo de los programas que está al alcance de todos. No quiero ni pensar qué podrá hacerse con sistemas más complejos y evolucionados que ya existen. Podrían crear aquello que quisieran; cualquier texto en cualquier estilo.
Atisbo una verdadera inquietud en el mundo literario ante esta tecnología que va a cambiar nuestra existencia por completo en próximas fechas. Me recuerda el ambiente sobrecogedor de una distópica novela de Orwell, Huxley, Benson o Wells, esas que han visto confirmar en gran medida las estremecedoras intuiciones pretéritas de sus autores, escritas, eso sí sin ayudas artificiales, tan solo cuanto generaba su propio magín. Comprendo la preocupación de muchos escritores con verdaderas dotes literarias, que lo ven como una vulgar amenaza, como una burda sustitución del talento humano, de la creatividad personal, por algoritmos matemáticos derivados del Cálculo, el Álgebra o la Estadística. Porque esta herramienta, dice alguno de ellos, es un falso atajo para tener ideas. Son programas diseñados para realizar funciones que antes hacía el artista creador. Arturo Pérez Reverte se horroriza al saber que con la IA va a ser muy fácil mentir, y pasar por artista inspirado, y será muy fácil manipular con su empleo. Como escribe el filósofo francés Edgar Morin: “El pensamiento se ha convertido en un apéndice del cálculo, cuando originalmente el cálculo debía ser un apéndice del pensamiento”.
LOS ESCRITORES ESTÁN PREOCUPADOS
Y pone los pelos de punta la opinión de Ramón J. Soria, coordinador del II Libro Blanco de ACE (Asociación Colegial de Escritores Españoles), cuando afirma que en este momento un 20 por ciento de los libros vendidos en Amazon están escritos en gran parte por programas de Inteligencia Artificial. Tampoco hay que olvidar que algunos artículos de prensa ya están redactados con este método, y de igual forma muchos titulares de sus cabeceras.
Por su parte la académica y escritora Carme Riera, presidenta de CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos), no es mucho más optimista al afirmar que: “Si la IA llegara a superar la creación de los autores, estaríamos ante el fin del mundo. Lo único que puede hacer es copiar: es un replicante”.
Hay algún optimista, más bien ingenuo, que piensa que la IA solo puede crear obras a partir del gigantesco archivo del que bebe; es decir, de millones de textos ya publicados, pero por ahora es incapaz de crear textos novedosos y originales. Pero muchos otros no dudan de que con programas más potentes construirán textos originales basados en los miles de estilos literarios y autores revisados por sus circuitos de memoria. Todo un horror.
De todas formas el principal peligro que yo veo a muy corto plazo es la pérdida total de credibilidad de cuanto se escriba a partir de este momento y pretenda ser obra propia de cualquier autor, sobre todo desconocido. Porque creo firmemente que van a germinar en los próximos tiempos “escritores y poetas” como setas en un otoño lluvioso. Y muchos de ellos te sorprenderán especialmente porque nos constará que jamás han poseído el menor talento narrativo, o estro poético significativo, ni han escrito cuatro líneas seguidas antes, más bien han recibido de golpe una más que sospechosa inspiración, como por arte de magia.
Lo que está claro es que, a partir de ahora, cualquiera puede construir textos más que aseados, pese a no haberse interesado lo más mínimo por la actividad literaria a lo largo de su vida. Y si además posee cierta habilidad, para cortar, reconstruir, camuflar y pegar, y más aún, si conoce y domina los preceptos literarios con cierta soltura puede “crear” con asombrosa facilidad lo que podrían pasar por obras más que estimables que constituirán verdaderas sorpresas en personas que hasta entonces no habían dado la más mínima muestra de numen creador. Esto, evidentemente, irá a más. Leeremos en las redes sociales, textos en prosa y poéticos que nos sorprenderán, asistiremos a oratorias apoyadas en textos fascinantes y pulcros, aunque las dotes retóricas del orador sean mínimas —porque tales dotes no hay IA que puedan suplirlas, al menos por ahora—, pero sobre todo caeremos en el más puro escepticismo acerca de estas sorprendentes vocaciones repentinas y nos recluiremos en nuestras lecturas y relecturas consuetudinarias, amén de seguir pergeñando escritos como lo hemos hecho desde nuestra juventud, ajenos al bullicio algorítmico de tan dudosa herramienta.
Como dice el poeta, ensayista y crítico literario Basilio Belliard: “Se leen artículos que parecen estar escritos por Vargas Llosa, García Márquez, Octavio Paz u Ortega y Gasset con una perfección formal y precisión en la puntuación que sorprende y maravilla, pues se percibe que desbordan la competencia de lectura de sus autores. Ello es así porque están muy alejados de su conversación diaria, su dicción y su oralidad, o más allá de los libros leídos”.
EL ESCRITOR ES ANTES LECTOR
Y es que en estos tiempos todos quieren ser escritores antes de leer o de ser lectores, cuando sabemos por experiencia que no hay escritores, por muchas dotes genéticas que posean, sin haber sido antes, y durante muchos años, ávidos y constantes lectores. El citado escritor cartagenero, Pérez Reverte plasma en uno de sus artículos: “Nadie puede ser escritor si no ha sido y sigue siendo lector. El día que dejes de serlo, incluso aunque te halles en la cima del éxito, estarás muerto o empezarás a morir como escritor, aunque tú mismo no lo sepas”. Por eso el peor de los males, amén del engaño y de la mixtificación por parte de quien usa estos medios, es que nos hará dudar de algunos autores, cuando no de la mayoría de ellos, de si sus libros, artículos, reflexiones, piezas oratorias, reflexiones, e incluso trabajos académicos fueros escritos verdaderamente por ellos o por programas más o menos complejos de IA, que además resultan indetectables, si el autor tiene la habilidad suficiente para encubrir la presencia de la herramienta tecnológica, lo que también es factible y sin más problemas. Basta una cierta habilidad en su empleo y encubrimiento.
ADEMÁS DE LECTOR, EL ESCRITOR ES HONESTO
Pero más allá de cualquier consideración se impone un dilema ético, de honestidad personal y literaria. Me ha llamado la atención la frase del escritor rumano Mircea Cartarescu, novelista, crítico literario y sin duda el más importante de los poetas rumanos actuales: “Nunca usaré la IA para escribir; es un robo literario”. A mí también me lo parece. Un fraude, un verdadero engaño, un falaz ataque a la línea de flotación del airoso bajel de la creación literaria. Algo mezquino y mendaz, y me ocurre lo que añade después el citado escritor rumano: “El día que tenga que usar la IA para escribir es porque ya no confío en mi inteligencia natural innata”. Por todo esto creo que es acto de impostura personal, una verdadera falta de ética de autor, una traición a todos los escritores que nos han enseñado a vivir, a pensar y a soñar, y una burda mixtificación a los ojos de los lectores incautos que, en estos tiempos, desgraciadamente, son multitud. Quizá no sea arriesgado comprender que el noble arte y oficio de escribir pueda estar en vías de extinción.
Ante este problema de falsear la creatividad con la inteligencia artificial se impone, al menos así a mí me lo parece, la honestidad, la autenticidad, la originalidad de cada autor, con sus evidentes carencias e imperfecciones, la personalidad propia y la verdad en todo el proceso de creación literaria.
ME QUEDARÁN LOS CLÁSICOS
Y por mi parte en un mundo tan engañoso seguiré mis costumbres consuetudinarias. Volveré una vez más a los clásicos, ¿qué otra cosa se puede hacer en tiempos dudosos? Me seguiré deleitando, como en mi juventud, con Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Homero…, apreciando que los dramas y tenebrosas pasiones de sus personajes son las mismas que los del hombre moderno. Saborearé el refinado arte retórico de Cicerón y la poesía de Horacio y Virgilio. Admiraré la fuerza y hondura de Shakespeare. Me recrearé en la capacidad alegórica y simbólica de Dante, o en la lección histórica, social y vital de Cervantes con su estilo natural y equilibrado, pleno de armonía. Aprenderé asombrado del ingente caudal de sabiduría en temas diversos de Goethe, para mí un auténtico genio. Me estremecerá el descarnado realismo crítico de Dostoievski y Tolstói —¿existe alguna novela que supere a Guerra y Paz? — . Seguiré, con el alma en vilo, la exploración minuciosa del tiempo psicológico, la gloria del pequeño detalle, de Proust. Volveré una y otra vez a la novelística de ideas de Huxley, plena de culta erudición e ironía. Me instruiré con la profundidad psicológica y filosófica de Thomas Mann. Volaré con la admirable hondura y espiritualidad mística de san Juan de la Cruz. Admiraré la elaboración del lenguaje y su capacidad de sátira, lirismo, dominio del lenguaje y acerada crítica de don Ramón María del Valle Inclán, para mí quizá el más grande de los escritores españoles del siglo pasado. Me sublimará la excelsa inspiración poética de Lorca, Machado —los dos, también Manuel—, Juan Ramón, Neruda, Rilke, Heine…Releeré ad libitum, e incluso ad nauseam, al maestro Borges y su docta y densa prosa, plena de carga filosófica y de fantasías y sueños de tiempo y de infinito. Me consolará, en un mundo de clones, la capacidad imaginativa y trepidante narrativa de Murakami, por citar uno de mis recientes hallazgos. Y así seguiré refugiado entre tantos y tantos otros escritores, dramaturgos, poetas, filósofos, historiadores —solo puedo citar una pequeña parte— que me han enseñado a pensar, a vivir, a crecer, a soñar a imaginar y a hacer de mi vida una escuela férrea de aprendizaje y evolución de mi persona hasta el último aliento.
De esta forma, y a estas alturas, lo demás no me interesará. Serán ellos, como lo fueron desde mi infancia, mis verdaderos maestros, los que me abran de nuevo los ojos a realidades que pasan desapercibidas de ordinario. Porque ya siendo un niño leía cuanto caía en mis manos, desde autores clásicos hasta los libros de anatomía de mi hermano Antonio, o los de botánica de mi primo Diego, así como todos los que llenaban los anaqueles veraniegos de aquella añorada Casería de Piedra, desde estudios sobre Jovellanos o el padre Feijoo, hasta tratados de agricultura del olivar, poda de árboles frutales, zootecnia, y fabricación de harinas, pasando por Verne, Karl May, Agatha Christie o Simenon, o descubriendo artículos sobre urología dejados en los estantes por mi primo Virgilio, o la deliciosa y detallada historia de la conquista de Granada escrita por el hermano de mi tío Ángel, Juan de Mata Carriazo, docto especialista en historia medieval y en el mundo tartésico. Todo eso sin olvidar los tres periódicos que se recibían a diario por la tarde en el autobús de Los Baños y Los Villares: el Jaén, el Ideal y el ABC, destripados de cabo a rabo incluidos los anuncios por palabras y las esquelas, faltaría más.
Y esas fueron mis herramientas iniciales, saber leer con soltura desde muy niño y después tan solo libros y más libros de cualquier clase y condición, a cualquier hora del día. Con ellos me instruí en los procedimientos creativos naturales de sus autores, con las historias maravillosas que salen de una mente humana y no de una máquina por prodigiosa que pueda parecernos.
Y seguiré escribiendo como hago desde aquellas cartas al director que remití al Diario Jaén en mis años de bachillerato, o de aquellos diarios en que plasmaba con detalle, desde muy joven, todas mis impresiones cotidianas y que aún conservo, hasta que me animé a publicar mis escritos habitualmente hasta ahora. Y lo haré a mi estilo personal, con mis evidentes carencias literarias, que son apreciables, pero de tal forma que al releerlo pueda decir satisfecho: este texto es mío, surgió solo en mi mente, a veces de manera inspirada, otras con evidente esfuerzo creador. Y escribo por vocación, por inclinación, por necesidad íntima de comunicación, porque Dios reparte sus dotes admirablemente entre todos los humanos y a mí me ha concedido ciertas herramientas para que pueda expresarme al menos de forma correcta y que en algunos casos pueda calar a otra persona que se reconozca en mi relato. Otras habilidades no tengo, ni quiero demostrar que las tuviera y menos a estas alturas. Y así seguiré en esta recta final, porque escribo para expresar lo que siento y para establecer puentes con quien pueda acercarse o reconocerse en mí a través de mis escritos. No aspiro a glorias efímeras, a convencionales elogios, ni a críticas floridas y tantas veces mendaces. Solo quiero ser yo, que esa ha sido mi obsesión desde el mismo día que nací. Y si alguien me recriminara espetándome: pero, ¿quién eres tú?, les contestaré con don Miguel de Unamuno: “Para el Universo no soy nada, pero para mí lo soy todo”. Y lo seguiré siendo vivamos en los nuevos paradigmas que vivamos, o en un mundo de máquinas, algoritmos y disolución de la consciencia humana para construir un universo de clones con una única “Inteligencia” que piense y actúe por todos, al dictado de ¡quién sabe qué poder global!
El eco de la frase de la sierpe edénica a nuestros primeros padres resalta ahora en mi mente. Les decía animándoles a comer el fruto prohibido: “…y se os abrirán los ojos y seréis como dioses…” Espero que el endiosamiento moderno que sufre el hombre contemporáneo, y es parte de muchos de sus males no vaya a más. El ser humano ha creado la inteligencia artificial, Dios quiera que tal creación no llegue nunca a despersonalizarlo, ni a dominarlo, o destruirlo.
Ramón Guixá Tobar.



