Por MARI ÁNGELES SOLÍS /Su vida se había hecho golpe a golpe, levantándose de cada caída por esta tierra de olivares que tanto amaba. Para algunos, era un hombre triste. Pero cuando sonreía parecía que el sol brillaba con más amor. Porque era lo que mejor sabía hacer en esta vida: dar amor. Aunque ya era muy mayor, seguía paseando por las quietas calles del casco antiguo y se detenía embelesado en cada rincón de historia y leyenda. Sabía saborear, como nadie, aquel olor añejo del pasado, a tradición descansando en el suave lecho del olvido. Se llamaba José y un amigo suyo, decía de él que era “como el olivo solitario de Antonio Machado”. Pero, lo más importante de todo, es que era un hombre bueno.
Cuando ya la vejez había marcado indolentes surcos en su rostro y cargado de dolores sus tenues manos, Dios le premió con una nieta que acaso ya no esperaba. Pero aquella chiquilla llegó como agua de mayo para su abuelo. Le gustaba escribirle poemas y llevarla a pasear, despacito, muy despacito, pues ya sus ochenta y muchos años no perdonaban.
Llevaba a la pequeña a ver a Jesús para contarle ese sentimiento tan profundo que el pueblo de Jaén sentía palpitar en sus entrañas. Las tierras del Santo Rostro siempre le parecieron el mejor paraíso donde su nieta podía crecer. Y le inculcó que lo más importante en esta vida era el amor y el respeto. Por eso se lo trasladaba en cada verso que le escribía. Después de los paseos por las hermosas callejas, del olor a azahar de las recónditas plazuelas, se sentaban juntos mirando al cielo azul jaenés y los poemas adquirían forma y sentido.
La niña iba creciendo en cada parpadeo del abuelo y el tiempo dejaba su impronta en los pasos de José. Ese tiempo juntos de que tanto disfrutaban se iba acabando sin poderlo remediar. Y él se preguntaba, a menudo, si la niña al pasar los años tendría guardada en su alma su propia huella. Quería creer que así sería…
Llegó el día del último paseo. Nadie sabía que era el último, solo lo sabía él. Caminaban por Martínez Molina y se detuvieron a contemplar la entrañable belleza del Cantón de la Ropa Vieja. El abuelo le contó que en aquella plaza estuvo el Convento de la Coronada y que, tiempo atrás fue el lugar de la prisión. Y que lo que hacía hermoso aquel lugar era el recuerdo de ver pasar a Jesús cuando, a las claras, subía cada Viernes Santo hacia el Cantón de la Plaza de Santiago.

Al regreso, el abuelo estaba muy débil. Se echó en la cama y todos los familiares le acompañaron. Dejaron a la niña en la sala. Era muy pequeña para ver el desenlace. Y ella, recordando que tras ese paseo no había habido versos, cogió una cuartilla y empezó a escribir, como si otra mano la guiara:
Todo era silencio
al pasar por la Ropa Vieja.
Vacilaban los faroles
con la luz de tu pena.
Sombras, en las esquinas,
paseaban su condena
como estrellas apagadas
en aquella noche muerta.
Y tú pasabas muy lento,
llevando tu Cruz a cuestas
como quien carga el peso
de la humanidad entera.
Dijeron, “Jesús, detente”,
se oye crujir una saeta
deja que el grito se rompa
hasta que el alma adormezca.
Porque seguiré a tu lado
después cuando amanezca
y, como un reo cualquiera,
cumplas con tu sentencia.
Déjame que te acompañe
que de tu sombra sea estela,
que en tu rostro se reflejan,
una a una, mis tristezas.
Atrás quedará todo
y volverán las miserias
de los que te crucifican
las madrugadas de primavera.
Y se oye entre el gentío
las voces que ahora te rezan,
sabiendo que ven en tus ojos
los que viven en la ausencia.
¡Jesús de los Descalzos!,
no dejes que hoy amanezca
para que sea eterno
este jueves de primavera.
Pues al sentir tus pasos
pasar por la Ropa Vieja
cada jaenés muere
crucificado en una estrella.
Estaba apenas amaneciendo cuando el último latido del abuelo llenó la habitación de ausencia. Mientras todos lloraban, la niña arrugó la cuartilla y la escondió en un cajón. Pasaron los días de aquella maldita primavera de dolor hasta que, una tarde alguien encontró aquel poema. Fue entonces cuando orgullosa se levantó diciendo: “son los últimos versos que escribió el abuelo”, mientras dos lágrimas resbalaban por sus mejillas. Los demás sonrieron dulcemente pero, al intentar guardarlos, ella reclamó que aquellos versos había que ofrecérselos a Jesús. Y así fue…
Mucho se ha deslizado el tiempo desde aquella tarde de primavera por las calles quietas del Santo Reino. La niña sigue escribiendo poemas. Es más, algunos la llaman poeta. Ella dice que no, que los versos aún los escribe su abuelo y que, su más bella inspiración, es Jesús.
Foto: José Melero



