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Por JAVIER LÓPEZ / En el Panteón de París se pide silencio al turista. Y también al viajero, que no es más que un turista empachado de documentales. A uno y otro no le quedan más opción que el brillo en los ojos ante sepulcros en los que el mármol da cobijo a la grandeur de Victor Hugo, de Zola, de Dumas, de Rousseau, de Diderot, de Marie Curie y hasta de su esposo Pierre, Nobel consorte.

Francia trata a sus ilustres mucho mejor que España, donde el vandalismo ciudadano se ceba en las estatuas y el político en el callejero, como acredita el caso de Pemán, al que un Ayuntamiento sectario le despojó del título de hijo predilecto de Cádiz y arrancó la placa de su casa natal. Cierto que don José María no es Moliére, pero si es por eso, Kichi tampoco es De Gaulle.

¿Es Felipe II Luis XIV?: sí, si no más. Las diferencias entre ambos son mínimas, aunque los historiadores sean más compasivos con Versalles que con El Escorial. Sus dos naciones fueron imperio, pero mientras de España aflora la leyenda negra, de Francia surge la Ilustración, que es la igualdad, pero también Robespierre, que es la fraternidad, pero también la guillotina.

Como no soy afrancesado admiro a las Galias sólo por su manera de honrar a los próceres. Mi lamento de español surge en los jardines del Petit Palais, ante la estatua de Churchill, en la que una inscripción refleja la máxima del libertador en plena guerra: nunca nos rendiremos. Produce cierta melancolía admitir que la frase más icónica de Sánchez sea son las cinco y no he comido.  

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