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Por MARTÍN LORENZO PAREDES APARICIO / Había visto el teléfono al llegar al bar. Toda la familia iba a celebrar el santo de la matriarca. Era, pues, el día de la Virgen del Pilar. El día y la calle estaban limpios. La rúa, que parece un tablero de damas, acogía los primeros paseos de la tarde.
Martín, por primera vez en mucho tiempo, no atendía al móvil. Estaba obsesionado con el teléfono que colgaba en la pared. Quería sentir su tacto, saber de su historia, saber cuántas historias guardaba en su corazón de metal.
Martín, ya no seguía las conversaciones. No estaba atento a las ricas viandas que adornaban la mesa. Él sólo quería levantarse y acariciar el teléfono.
Él sólo confiaba en este aparato de telefonía, que volvía a descubrir.
Y, en silencio, sin que nadie lo notara, comenzó a abjurar de los nuevos móviles, de las redes sociales, de la inteligencia artificial. De la maldita desinformación. De la terrible polarización.
Apenas comió. Ni las ricas patatas bravas lo sacaron de su letargo.
Los diálogos seguían amenizando la mesa, a la vez que Martín tomaba y tomaba. El albariño que le proporcionó Manu, el dueño de tan magnífico bar, animó el espíritu de Martín.
Y, entonces, levantándose de la mesa, y siendo el movimiento advertido por todos los comensales, se dirigió al teléfono y lo descolgó.


Y comenzó a preguntar. Necesitaba que alguien, desde el otro lado, le explicara qué es lo que estaba pasando en el mundo. Qué vientos de locura tenían secuestradas las almas de sus compatriotas.
Y Martín no se dio cuenta de cómo su esposa le hizo una foto.
Martín necesitaba tocar el teléfono del bar La Maestra.
Necesitaba que alguien le dijera, a través del teléfono, que todavía había esperanza.

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