Por MARTÍN LORENZO PAREDES APARICIO /
El concepto de periferia no sólo se utiliza para nombrar, en este caso su acepción geográfica, a las regiones que están en los bordes de la Península Ibérica, concretamente me estoy refiriendo a Cataluña y al País Vasco.
El concepto se utiliza, también, para nombrar a la España vaciada, las regiones olvidadas, como Andalucía…
Sin embargo, también existe la periferia estrangulada, dentro de una ciudad o población.
En Diamantina, esta esquina geográfica, la identificamos con su casco histórico.
Con “diurnidad” y con una alevosía organizada se está convirtiendo, parte de ella, fundamentalmente la zona alta, en un gueto en el que el pillaje y las malas artes campan a sus anchas.
Es vox populi el control que algunos individuos ejercen sobre el resto de sus vecinos, a través de la coacción y de la amenaza.
Las asociaciones culturales, las de vecinos… intentan solucionar, solos, esta situación de guerra, creando rutas turísticas que atraviesen estas vías y hacer visible su patrimonio.
El otro día se llevó a cabo una de estas visitas.
Las calles fueron ocupadas por más de un centenar de personas y esto no gustó a los Rinconetes y Cortadillos de turno.
El asalto a su fortaleza supuso una rápida contestación de estos generales de las malas artes: a los tres días de la primera ruta se convocó otra nocturna, en las que los visitantes fueron literalmente encerrados entre dos calles, robándoles todas sus pertenencias.
Las calles musulmanas de Diamantina son muy estrechas. Este urbanismo tenía por objetivo combatir los rayos del sol, para que al llegar la noche el aire fresco pudiera asomarse y procurar el descanso de los vecinos.
Entre los turistas se encontraba un viejo escritor de Diamantina, autor del libro Cuentos y Crónicas del Lagarto de Jaén. En el se cuentan las andanzas del lagarto, como guardián y protector de la ciudad.
El escribidor convocó a su viejo amigo para que socorriera a toda esta buena gente.
De pronto, la luna que estaba llena, comenzó a iluminar una parte de la estrecha calle, abriéndose en lo que dura un instante, emergiendo de ella la portentosa figura del lagarto que, rápidamente, con sus fauces atrapó a estos soldados de la rapiña llevándoselos con él a las entrañas de la tierra.
Desde esa hermosa noche, cada vez que alguien cruza la calle, puede oír los lamentos de estos infelices que no supieron ni quisieron llevar una vida digna honrando la belleza del lugar en el que se criaron.



