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Por IGNACIO VILLAR MOLINA / La educación financiera es un proceso, informativo, formativo y de asesoramiento que nos permite tomar decisiones sobre dinero, ahorro, inversión, o elegir la mejor opción en caso de necesitar una financiación ajena de cualquier tipo. Se ha documentado que aquellos que tienen unos niveles más bajos de educación financiera son más propensos a endeudarse excesivamente y a tomar peores decisiones económicas. Por otra parte, la falta de fundamentos financieros puede incidir en que una persona sea objeto de un fraude con mayor facilidad.  Así, como primer paso, surge la necesidad de  adquirir competencias que respondan a la conveniencia de elaborar un plan financiero como guía que nos permita gestionar mejor nuestras finanzas con el mayor aprovechamiento  posible, con el objetivo final de conseguir un adecuado equilibrio de las mismas. Pero difícilmente obtendremos los mejores resultados si carecemos, no sólo de los conocimientos básicos, sino de unas más amplias destrezas financieras que nos ayuden a lograr este objetivo con independencia propia. En un mundo cada vez más digitalizado e incierto las personas estamos obligadas a tomar decisiones de esta índole, de menor o mayor trascendencia, pero solo uno de cada diez afirma sentirse bien formado e informado sobre cómo gestionar su dinero. Una reciente encuesta señala que el 64% desearía tener más capacidad de conocimientos financieros para tomar las mejores opciones económicas, el 59% la considera imprescindible para gestionar mejor su dinero y sus deudas, y respecto a esto, un 49% la de elegir la mejor alternativa de una posible financiación bancaria.

En realidad son dos aspectos globales los que, en principio, con más frecuencia exigen un mayor bagaje de conocimientos financieros para defender y administrar nuestro peculio. Me refiero, por una parte, a la defensa del poder adquisitivo de los ahorros, es decir, a invertir los caudales de tal forma que, al menos, no estemos perdiendo capacidad de compra, y, por otra, de similar importancia, a las decisiones correspondientes cuando se trate de solicitar una financiación ajena con objeto de conseguir la mejor opción, tanto en el aspecto de la modalidad, condicionado, y el menor coste final que pueda conllevar.

De lo que se trata, en definitiva, es de que podamos discernir de entrada cual es la mejor senda para actuar en consecuencia, aunque, en algún caso, debamos ponernos en mano de los expertos cuando se trate de situaciones más complejas. En este aspecto parece estar asumida la opción de que, generalmente, nos dejamos llevar por el consejo de  la persona que nos atiende en nuestra entidad, en la cual depositamos nuestra total confianza, decisión que puede parecer lógica, aunque lo suyo sería estar convencidos por nuestras propias competencias, al menos, hasta entender las características del producto que se contrata.  

Si el objetivo final de la administración de nuestros ahorros, aparte de darnos confianza y seguridad para el inmediato futuro, debe ser conseguir un retorno que al menos preserve su capacidad adquisitiva del incremento de la inflación, el volumen de la cifra embalsada en cuentas a la vista, corrientes o de ahorros, nos ofrece la prueba evidente de cómo la  falta de más amplias competencias y el miedo a perder parte de nuestro peculio, nos impide lograr ese objetivo .Según los datos facilitados por  el Banco de España, casi un billón de euros están situados en cuentas a la vista cuya retribución solo alcanza el 0,16%, lo que significa que de cada 10.000 euros de nuestros capitales han perdido un 2.7 de poder de compra si tenemos en cuenta que la inflación terminó el año  en el 2.9%, depreciación que se mantendrá en años sucesivos respecto a la inflación, mientras esos excedentes dinerarios no se inviertan convenientemente en otros productos más rentables. Aunque en menor medida, de igual forma, afecta al montante de los depósitos a plazo, cuyo volumen se situaba a final de 2025 en 159.242 MM de euros remunerados a un escaso 1.64%. Es verdad que ahora los bancos ofertan intereses en cuenta corrientes a tipos más elevados, si bien esta posibilidad está condicionada a la domiciliación de la nómina, o puede estar limitada a una determinada cantidad mínima o máxima para obtener ese retorno, y, en algunos casos, también exige la contratación de algún otro  producto.

La decisión de los bancos de no remunerar los depósitos a plazo tiene una explicación bastante plausible en el marco de sus estrategias, pero que ha provocado una pérdida significativa en la rentabilidad del ahorro. La discutida decisión del BCE (Banco Central Europeo) de inundar de liquidez el sistema financiero de la eurozona principalmente para evitar el colapso del crédito provocado por la pandemia en 2020, aunque necesaria para la estabilidad macroeconómica, tuvo un efecto secundario que facilitó a los bancos que su cobertura de liquidez exigida se mantuviera en niveles muy superiores al 100% regulado lo que les permitió dejar de competir por los ahorros de sus clientes ya que el dinero del BCE era más barato y abundante, efecto, que después de casi seis años, aún perdura. Muchas personas han buscado acomodo en la deuda pública, preferentemente letras del tesoro y bonos, fondos de inversión, renta fija pública y privada y, una menor parte, en fondos mixtos o renta variable pura, sin embargo, una mayoría, como hemos señalado, ha preferido tener a buen recaudo sus ahorros ante su incompetencia financiera, y/o al miedo a perder parte de sus capitales. En definitiva estas circunstancias han influido claramente en la situación actua del retorno esperado de los depósitos bancarios, lo que obliga a los ciudadanos, si cabe con más fuerza, a adquirir mayores conocimientos en esta materia, al menos, para tratar de conseguir una rentabilidad adecuada, y, en última instancia, para comprender las ofertas que reciben de sus asesores bancarios.

Otro estadio diferente, pero en el que coincide igual casuística, ocurre cuando necesitamos recurrir a la financiación ajena, generalmente bancaria, con una perspectiva de devolución del efectivo necesario a corto o largo plazo, o para conseguir un buen uso de la operativa con las tarjetas de débito o crédito, sobre lo que me he pronunciado en diversas ocasiones. El objetivo, en estos casos es elegir el tipo de financiación que mejor se acomode a la necesidad concreta tanto en lo que respecta a su utilización, plazo de devolución, costo, garantías necesarias, y, en definitiva, para hacer frente al cuadro de amortización que más convenga al deudor para permitir el buen fin de la  devolución del importe solicitado y no generar soluciones indeseadas y complicadas. Aunque es verdad que le damos mil vueltas a nuestras posibilidades de hacer frente a las obligaciones de pago antes y después de contraerlas, también es cierto que en el tráfico económico existen muchos conceptos de especial importancia que pueden determinar un ahorro o un sobrecosto final de la factura del importe pactado.

Generalmente en el segmento de particulares y hogares son más habituales las operaciones de préstamo, y dentro de esta opción los hipotecarios, en sus diferentes modalidades relacionadas con el tipo de interés como factor determinante del costo total de la financiación solicitada. Así, en principio, la primera intención es optar por el tipo fijo por aquello de que evitamos los  sobresaltos que pueden derivarse de las fluctuaciones de los tipos de interés tanto en la modalidad mixta y variable, y preferimos ajustar nuestro presupuesto a una cuota fija que nos libere de una preocupación temporal. Pero, en este caso, debemos saber discernir cuándo es conveniente seguir esta tendencia u optar por otra modalidad, mixta o variable, que puede ser más interesante, sobre todo si tenemos en cuenta que la concertación de este tipo de financiación se suele hacer a un plazo medio de 23/25 años. Igualmente las particularidades y competencias sobre el funcionamiento de las tarjetas, como hemos señalado, comportan una necesidad ineludible de adquirir los conocimientos adecuados a cada opción de este tipo de operativa.

Un estudio elaborado por Bestinver-IESE-CIF pone de manifiesto que incluso  personas más proclives a estar más familiarizadas con inversiones financieras, el conocimiento de lo vehículos de ahorro, y de otras decisiones de esta índole, como la diversificación del riesgo, varían según la renta, edad y género. Y por otra parte, la innovación de nuevos y más complejos productos financieros, dificulta, más si cabe, la toma de decisiones. Ante este contexto es necesario impulsar e  intensificar la integración de la educación financiera en los sistemas educativos formales, aspecto en el que no parecen confluir las prioridades de las diferentes administraciones, a pesar de los avances de los últimos años, cuando uno de los aspectos más deseados, destacado por los ciudadanos, es, precisamente, adquirir más competencias financieras. En cualquier caso, mantener la convicción personal de adquirir por nuestros propios medios mayores destrezas en esta materia (existen varias aplicaciones digitales sobre la materia, estructuradas por grados de complejidad); en definitiva este es un reto personal que puede deparar beneficios por una mejor administración de nuestro dinero.

IGNACIO VILLAR MOLINA. Socio de SECOT Jaén. Economista.

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