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VIII.-Tópicos: Jaén como cliché

No nos hemos vendido bien, es cierto, pero a lo largo de los tiempos, y aún hoy siguen vivos y coleando, los tópicos no han sido precisamente unos aliados de la mejor causa de esta provincia. Hay cosas que de tanto repetirlas crean, se quiera o no, un cliché, una imagen, y hay que ver lo que puede llegar a costar excluirse de los lugares comunes. La realidad ha sido muchas veces desenfocada y no hemos luchado por quitarnos algunos sambenitos que nos han ido haciendo como trajes a la medida de Jaén.

Desde la duda del carácter andaluz de esta tierra hasta la leyenda del prototipo de un señorito olivarero forrado hasta las cejas de dinero y gastando sus beneficios en otros lugares más o menos recomendables, pasando por ese Jaén profundo, mezcla de realidad y de leyenda, con el que se nos quiere retratar. Además, algunos escritores pasaron por aquí de mala gana, mal informados, tal vez cansados de sus viajes, y despotricaron con saña, claro que con la complicidad de gente de la nuestra.

Pero estemos despiertos, si algunos pudieran, y ya parece que andan en ello, nos despojarían de nuestro río Guadalquivir, otro gran patrimonio de esta provincia. Con los tópicos tratan de disimular que no nos perdonan que somos una gran provincia, aunque parezcamos ajenos a ello e incluso militantes activos en nuestra contra.

La historia, incluso la más reciente, nos viene a decir, que el Jaén auténtico hay que exhibirlo para que resplandezca lo que es en lugar de muchas veces sólo lo que parece, la impresión primera. Los escritores románticos del siglo XIX buscaron para Jaén el lado más superficial y anecdótico, en general no se preocuparon de conocernos. Pero siempre hay un ‘alma caritativa’, naturalmente jienenses de todos los tiempos, que hicieron el papel de Judas, esos que se despepitan por todo lo que viene de fuera y que no tienen reparo en desprestigiar lo propio con un papanatismo que nos ha hecho mucho daño. Ahí están los casos de Teófilo Gautier o del propio Azorín, que mejor no recordar. En resumen otros lugares han sonado más siendo objetivamente menos.

 

“Hay quien dice de Jaén…”

 

No digamos del eterno debate sobre el papel de Jaén en Andalucía que ha sido muy tratado y que está presente incluso en las letras de canciones populares como la que cantaban Luisa Linares y Los Galindos, que nos  recuerda que “hay quien dice de Jaén que no es su tierra andaluza, yo quisiera que esas gentes me ayudaran a decir, a qué región pertenece”. Parece que a estas alturas ya no admite discusión alguna que somos una parte de las ocho en que está formada Andalucía, pero ha habido mucha literatura y se han establecido distintas interpretaciones.

En un libro del escritor jienense Manuel Medina Casado, “Andalucía desde Jaén”, se estudian precisamente las aportaciones jienenses al acervo cultural andaluz, y está tratado con rigor y respeto a la historia y a la realidad de hoy. Es ahí donde se reconoce lo que todo el mundo sabe, que la situación geográfica de esta provincia la colocó en el papel de “frontera”, con Castilla exactamente, la región que más contribuyó a la cohesión del Estado español, como reconoce el autor. Y no debe ser casual que se libraran batallas decisivas como la de Bailén o las Navas de Tolosa, y tampoco puede olvidarse con respecto a las señas andaluzas el enclave estratégico que Jaén jugó, por ejemplo con la Junta Suprema de Andujar en el año 1835.

Lo más fuerte con respecto a la identidad andaluza de Jaén aparecía escrito en el periódico “Democracia”, órgano del Partido Socialista, en el año 1933. Reproducimos: “Jaén no es Andalucía, que no se asombre nadie por esta verdad tan seca que casi parece un exabrupto”. Y tras decir que “esto lo está demostrando constantemente su geografía, su historia, su arte y su economía”, insiste en que Jaén tampoco es Castilla, ni la Mancha, ni el Levante, y defiende el articulista que “Jaén es Jaén: es decir, un pueblo aparte en el mosaico peninsular con sus características propias y esenciales…”.

Decimos que a estas alturas el debate no da seguramente para más, pero como tópico sigue con alguna vigencia, bien es cierto que no se es andaluz por decirlo más, ni por exhibirlo como categoría. También Úbeda y Baeza pueden parecer Salamanca y no lo son, precisamente constituyen orgullo del Renacimiento andaluz. Machado colocó a Jaén a medio camino entre andaluz y manchego, y él fue precisamente el que para alabar a los “benditos labradores” de esta tierra, enfatizó duramente contra ese espécimen de terrateniente del olivar: “los bandidos caballeros/los señores/devotos y matuteros/.”

 

Nada menos que la Puerta

 

El caso es que Jaén es la Puerta de Andalucía, y que en ese Geen (paso de caravanas) que ha sido nuestro signo desde siempre, no se ha aprovechado, tal vez por sus otros complejos, y recientemente por episodios que más vale dejar en el olvido, ese capital tan evidente de ser la llave para entrar y para salir de toda una comunidad autónoma. Este Jaén no puede ser llave y puerta sin ser al tiempo plenamente andaluza de hecho y de vocación. Por algo el recordado cronista Luis González López llamó a Despeñaperros “la puerta de la felicidad”.

En fin, no se trata de salirnos “por los cerros de Úbeda” y por ello no nos puede alegrar para nada el tópico de figurar en los últimos puestos de bastantes medidores y que cuando a alguien se le ha ocurrido que Jaén se merece un aeropuerto, aunque sea de juguete, soltemos la carcajada que es una muestra de lo contrario a la ambición, aunque el aeropuerto necesite acompañarse de otras realidades. Pero el tópico de ser la “única” nos estorba. Y por supuesto de aparecer a veces como una provincia pobretona y sin recursos, cuando no es verdad aunque esto sea compatible con la existencia de centenares de problemas, algunos realmente graves.

 

 

El Jaén profundo

 

También aquí hay que apelar al papel de los medios de comunicación, en especial los que se proyectan fuera de Jaén, que tienen la ineludible responsabilidad de hacer compatible su credibilidad y buscar el equilibrio para evitar recurrir a lo de toda la vida. Ahí es donde juega un papel de primera magnitud ese Jaén profundo de nuestras entretelas que ha fabricado una marca que nos ha ido situando simplistamente en el mapa del racismo, en un primer puesto en la crónica negra y la crónica de sucesos, en un lugar de privilegio en el llamado terrorismo doméstico o violencia de género, del que por desgracia han sido víctimas muchas mujeres jienenses, y nos pesa en la conciencia social como el problema que es.

Está asimismo el peso de ciertos hechos de ese Jaén singular y enigmático, como la aparición del fenómeno de las “Caras de Bélmez”, del que mañana mismo, día 23, se van a cumplir 33 años y parece tener vocación de dar para mucho. Está la historia de una ruta bastante numerosa de santeros y curanderos, con los emblemáticos Santo Manuel y Santo Custodio, conocidos dentro y fuera de nuestro territorio por millares de seguidores. Por si faltaba poco, para sumar tópicos, cada año se conmemora la muerte del torero Manuel Rodríguez Sánchez, “Manolete” el 28 de agosto de 1947, por una cogida del toro “Islero”, a punto pues de cumplirse los 57 años, y sigue siendo una imagen viva en el recuerdo de la feria linarense de San Agustín.

El cliché real, la representación de esta provincia, en su valor auténtico consiste sobre todo en gozar de lo que pasa en ella, expresando dolor y alegría, según los casos. En el conocido dicho de “A Jaén se entra llorando y se sale llorando” está recogido, al tiempo, el irritante desconocimiento y el sugestivo encanto que ejerce esta tierra. Hay una expresión que nació en el Islam y que decía “Habla de muchas ciudades pero vive en Jaén”. Aparte de ser slogan para promocionarnos, es un perfecto antídoto contra el último de nuestros pecados capitales, el de enterrarnos en tópicos y en vaciedades que en la forma y en el fondo obedecen a un interés de dudosa bondad, ver sólo una parte de Jaén, un Jaén difuminado, oscuro y hasta si me apuran, irredento.

 

 

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