¿La vida es todo dinero?

Ignacio Villar Molina

28 Diciembre 2016

 

“El dinero no da la felicidad”, reza el tópico, pero ayuda mucho, añaden los más realistas. Recientemente se ha  publicado un estudio, “ Los Orígenes de la Felicidad”, realizado por  la London  School  of Economist, basado en encuestas hechas en varios países  a 200.000 personas  que confirma que, según los autores,  los ciudadanos valoran más las relaciones personales y la salud física y mental  que el nivel de ingresos.

Uno de los mentores de este estudio, economista  y coautor del libro, Lord Richard  Layard,  subraya que, a raíz de estas conclusiones, los estados deberían cambiar su enfoque a la hora de establecer las prioridades de sus programas  ya que  debería estar más preocupado del bienestar real  que de crear riqueza.

Las críticas recibidas  a estos planteamientos  se centran en  acusar a los autores  de infravalorar  la economía y de dar por supuesto que todo el mundo tiene un nivel de ingresos que les permite cubrir sus necesidades básicas, olvidándose de  que un gran número de la población mundial  viven bajo el umbral de la pobreza, por lo que todo hace suponer  que las entrevistas  realizadas se han centrado  en el nicho de población que tiene percepciones  dinerarias  mensuales suficientes  para atender  sus necesidades primarias, lo que les permite, obviamente,  aspirar a conseguir  escalones superiores  para cubrir  otras necesidades  instaladas en la parte menos básica,  según la pirámide de  Marlow,  como pueden ser su seguridad o  las afectivas,  autoestima,  etc.  Así resulta claro que, una vez  conseguidos unos  stándares  de vida  aceptables, podamos entender que, según señala el estudio,  los ciudadanos puedan  valorar  más su estabilidad afectiva  y emocional que una subida de su salario.

Por otra parte, en mi criterio,  no parecen estar muy  fundamentadas  las objeciones efectuadas a los gobiernos, en su preocupación por crear riqueza,  pues si los humanos  necesitamos alcanzar  un nivel de ingresos que nos permita  relegar un tanto  las necesidades fisiológicas, como la alimentación, la salud, la educación, el ocio y el  descanso, etc.,  algunas de éstas  dependen, en definitiva, de la gestión del propio Estado  para poder  proporcionárselas a sus ciudadanos  con la mayor amplitud y calidad,  lo que, en definitiva, requiere crear riqueza para que los propios ciudadanos puedan contribuir con sus impuestos a sufragar los gastos que  conforman el llamado  estado de  bienestar.

También tenemos que disentir sobre otro aspecto contemplado en el estudio relativo a la felicidad futura de la infancia pues, según el estudio,  “el factor más importante para predecir si tendremos un adulto feliz  no son sus notas escolares, sino su salud emocional”.  Cabría  preguntar  a los autores si la  salud emocional  no depende también  del nivel de ingresos y ésta, a su vez,  de los niveles educacionales  que puedan  obtener los ciudadanos.

En definitiva, no parecen muy acertados, en mi opinión, los resultados expuestos en este libro, ya que no sólo obvian el estado de pobreza  o semipobreza  de muchos habitantes,  sino que, por otra parte,  desvaloran las consecuencias que para el bienestar  de las personas tienen los niveles educacionales y de salud.

 

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