LA GRIPE DE 1918. SU INCIDENCIA EN TORRES

María José Sánchez Lozano

22 Marzo 2020
LA GRIPE DE 1918. SU INCIDENCIA EN TORRES

El año pasado para conmemorar el centenario de la gripe de 1918 escribí un artículo y un pequeño resumen en el programa de Fiestas de Torres, mi pueblo, sobre dicha epidemia. Nunca pensé que volvería escribir de ella tan pronto y por tan distintos motivos: actualidad. Es mi intención aportar un grano de arena a las posibles lecturas de estos días.

Quedaban muy pocos días para el comienzo de la primavera de 1918. En la base militar norteamericana de Fort Riley los soldados esperaban partir para Europa a engrosar las filas de las últimas ofensivas de una sangrienta contienda que ya duraba cuatro años: la Primera Guerra Mundial. El lunes 4 de marzo uno de los soldados se sintió indispuesto. El diagnóstico fue gripe. En pocas horas sus compañeros padecían la misma enfermedad. En escasas semanas se contaban por cientos los contagiados.

Así comenzaba la pandemia más letal de la historia. Muy pronto se extendió por todo el mundo matando a más de 50 millones de personas[1]. Más que las dos guerras mundiales juntas. El movimiento continuo de tropas de un lugar para otro favoreció la transmisión del virus gripal. Tras registrarse los primeros casos en Europa, rápidamente llegaron a España. En la primavera de 1918 nuestro país ya estaba infectado, siendo uno de los más afectados con 8 millones de personas contagiadas y entre 260.000 y 270.000 fallecidos[2].

La mortífera epidemia que invadía el mundo enseguida se conoció con el nombre de “Gripe Española”. Acabamos de ver que su génesis fue en norteamérica. ¿Por qué entonces se llamó española? No olvidemos que apareció cuando aún no había terminado la Primera Guerra Mundial. Los países aliados no podían permitirse mostrar debilidad ante el enemigo ni desmoralizar a las tropas con noticias sobre nuevas muertes además de las bajas del frente. Por tanto, una fuerte censura se encargó de secuestrar la información. España era un país neutral. No tenía motivos para negar su existencia. Así que la prensa española fue la única que informó sin cortapisas. Esta circunstancia provocó que la epidemia se conociese como la Gripe Española[3]. En su defensa podía leerse en la prensa norteamericana que no se debía insultar así a “gente tan decente como la española…dejemos que esta (la pandemia) se llame La Maldición Alemana”[4].

En los diarios españoles aparecía con varios nombres, “Soldado de Nápoles” fue uno de ellos. Esta denominación hacía relación a la Canción del Olvido, zarzuela que se estrenó en Madrid el 1 de marzo de 1918. Uno de los números musicales fue Soldado de Nápoles, canción que fue tan pegadiza como la enfermedad. En las páginas del periódico Sol podía leerse: “La enfermedad de moda, la epidemia del soldado de Nápoles o la fiebre de los tres días, que de todas estas maneras se llama ahora la gripe, ataca, como es sabido, de un modo rápido y repentino”[5].

Otro insólito nombre con el que se la designó fue el de “Influencia”. Con él se aludía a la frase italiana “influenza di freddo”, influencia del frío. Hasta “Cucaracha” se le llamó porque decían que se desarrollaba y propagaba como este insecto[6]. Su denominación técnica fue gripe tipo A /H1N1.

En Torres se referían a ella como “La peste”. Y no solo en Torres. El periódico ABC comentaba que se trataba de la “Peste Negra”. Cuando pensamos en la Peste nos imaginamos el peor tormento vivido por la humanidad; sin embargo, la gripe fue mucho más mortífera que la Peste Negra de 1349.

Tras la lectura de los numerosos estudios publicados sobre esta enfermedad infecciosa he podido comprobar que su comportamiento fue bastante similar, detectándose tres ondas epidémicas[7]. La primera afloró en la primavera de 1918. En mayo ya se había propagado por todo el país. Su número aumentaba por días. En el ABC podía leerse lo siguiente: “solo en el transcurso del día de ayer hubo que lamentar cuarenta casos de la extraña epidemia en el Cuerpo de Correos. Y en una Casa de Socorro de los barrios bajos las salidas de los médicos han aumentado de 8 diarias a 20 en menos de una semana”[8]. Aún así, sus efectos no fueron muy agresivos, por lo que la mortalidad fue baja.

A finales del verano se iniciaba una segunda onda que se prolongó en el otoño afectando a una gran parte de la población y con mayor virulencia que la primera. Según los cálculos de Echeverri los efectos de esta ola fueron los más dramáticos, alcanzando las cifras de mortalidad un 70%.

Terminado el año la crisis epidemiológica parecía haber desaparecido; a pesar de todo en 1919 se inauguraba una tercera ola. En enero comenzaron nuevos brotes que extendieron su acción hasta mayo. La mortandad causada por este tercer brote fue inferior a la anterior. En la provincia de Jaén, enero fue el mes que tuvo la tasa más alta de mortalidad[9].

Por último, en 1920, podemos contabilizar un cuarto episodio gripal que también conllevaba una gran mortandad sobre todo en niños menores de un año.

Veamos cómo se ajusta la localidad de Torres a esa periodicidad. Antes de adentrarnos en su estudio quiero precisar que en la cuantificación de defunciones no solo he incluido los fallecimientos por gripe. Certificados de padecimientos con patologías pulmonares que pudieron ser provocadas o potenciadas por el virus también se han tenido en cuenta ya que, sin duda eran consideradas víctimas de la enfermedad infecciosa. De hecho, según veremos más adelante, cuando Torres declara que la epidemia es un hecho innegable, solamente habían fallecido con diagnóstico de gripe cuatro personas. Es cierto que no tengo datos de morbilidad que nos permitan comprobar el número de enfermos, pero, en cualquier caso, para considerar la epidemia se incluyeron otros dictámenes como bronconeumonía, bronconeumonía gripal, neumonía, neumonía gripal, catarro gripal, tuberculosis pulmonar o meningitis gripal.

Primera oleada pandémica

En el mes de mayo, cuando se inicia la primera oleada pandémica, en Torres no se conoce ninguna defunción por gripe. En el pueblo se vive ajeno a la epidemia que está invadiendo el país, volcando su preocupación en otra contagiosa enfermedad, el tifus exantemático Una circular del Gobernador de Jaén alertaba de ella pidiendo a los ayuntamientos que extremaran el “servicio de vigilancia de entrada en los pueblos de pordioseros, vagabundos, gitanos, emigrantes y desaseados transmisores de piojos que son los vehículos del contagio de un lugar a otro y organicen bajo la dirección de los médicos municipales una estación de despiojamiento …donde la gente sospechosa de contener esos parásitos sea aseada y desinfectada” [10]. Acordaron instalar la estación, aunque no se concretó. Y es que el tifus dejó de preocupar. No era la enfermedad contagiosa de la que había que protegerse. Quizás sus síntomas se confundiesen con la espantosa plaga que ya estaba instalada en el país y de la que también se pensó que fuera Dengue, fiebre de Pappataci e incluso cólera y peste bubónica[11]. De hecho, quedaban muy pocos días para que la localidad de Torres se cobrara la primera víctima. Lo que ocurrió el primero de julio de 1918.

Hasta ese momento y desde enero he contabilizado dieciséis defunciones provocadas por enfermedades del aparato respiratorio. Los afectados eran niños menores de dos años y ancianos, perfil que se ajusta a las características habituales que definen las crisis gripales de los meses fríos. Con respecto a los otros años consultados podemos afirmar que tanto en 1916 como en 1917 ocurre igual. Los 38 y 32 óbitos provocados respectivamente por patología pulmonares están comprendidos en esas franjas de edad. Sin embargo, a partir del verano de 1918, el perfil de las víctimas será muy distinto como veremos más adelante.

El primer fallecido se llamaba Luis Lázaro y Lázaro. Tenía cuarenta años y vivía en la calle Real. A la muerte de Lázaro siguieron dos defunciones más en el mismo mes: Blas Hermoso Lorite y Ramón Molina Fernández. El verano terminaba sumando otras dos, la de Tomás Jiménez Molina en agosto y la de Francisco Pulido Baena el tres de septiembre. Sin duda la epidemia era una realidad, pero aún no había causado grandes estragos.

57 defunciones 

En el otoño la situación cambió. Septiembre terminó sumando tres víctimas más y octubre se cobraba otras cinco vidas. En noviembre la epidemia llegó a su punto álgido, murieron 40 personas, más de la mitad del total de bajas por gripe en el año de 1918. El menor síntoma de fiebre se recibiría con pánico. Eran tantos los contagios que los síntomas se reconocían fácilmente: irritación de garganta, dolor de cabeza y oídos, cansancio generalizado, diarreas y vómitos de sangre. Y todo en medio de convulsiones y delirios que ya anunciaban el fin de sus días. Todo era muy rápido. En pocas horas se presentaba y en apenas cinco días –recordemos que se le llamó la fiebre de los tres días- el cuerpo ya no aguantaba más sucumbiendo a la muerte. La peste era así. Un terrible fantasma que sembró el pánico entre los torreños. El dolor presidía la vida cotidiana.

El primero de noviembre, para evitar contagios, se cerraron las escuelas[12]. A los dos días la corporación municipal reconocía que se había “presentado en la localidad con carácter grave la epidemia de gripe reinante en muchos pueblos de la nación"[13]. Ya la consideraban grave. Lo que no sabían es que lo peor estaba por llegar. Habían enterrado a 13 personas y aún quedaban por sucumbir 44 desdichados más.

1918 terminaba registrando 57 defunciones. Todas producidas entre el 1 de julio y el 28 de diciembre. En este intervalo de tiempo murió el 1,36% de los torreños.

Impacto superior a la provincia

El impacto de la epidemia sobre la mortalidad en Torres fue muy superior al de la provincia de Jaén. Incluso duplicó las cifras. Lo que pone de manifiesto una realidad diferenciadora en la localidad. La mayor tasa de mortalidad se produjo en el mes de noviembre, llegando a alcanzar el 13,61 por mil. En la provincia de Jaén esta misma tasa osciló entre el 4 y el 6,99 por mil[14]. Este exceso de mortalidad evidentemente es consecuencia de una epidemia. Efectivamente, examinando la distribución mensual de la mortalidad general comprobamos que el número de fallecidos se eleva considerablemente en el mes de noviembre, y las causas anotadas en el Libro de Defunciones son siempre patologías pulmonares. En más de un 50% la muerte sobreviene por bronconeumonía en muchos casos gripal, seguido de neumonía, también en ocasiones gripal, bronquitis, meningitis gripal y dos casos aislados de tuberculosis gripal y congestión pulmonar. Curiosamente solamente se registró un óbito por gripe a secas, el de la primera víctima. Es lógico si pensamos que los síntomas no se ajustaban claramente a la gripe que hasta entonces se conocía.

Cotejando la mortalidad en los meses de noviembre de los años 1916 a 1920, vemos que la de 1918 fue muy superior a la de los años estudiados. 

Aunque octubre fue el peor mes de la epidemia en todo el mundo. El mortífero noviembre también lo fue en la provincia de Jaén y en otras provincias andaluzas como Córdoba, Huelva, Málaga y Sevilla, además de Baleares, Lugo y Orense[15]. Sin embargo, no ocurre igual con la incidencia de la mortalidad como hemos visto anteriormente.

"Las benevolencias del gobierno..."

En la provincia de Jaén, en el mes de junio se registraron 226 casos de gripe, cuando la media que se venía padeciendo era de 147 fallecimientos al mes[16]. A pesar de la evidencia hasta el mes de octubre la epidemia no tuvo reconocimiento oficial a nivel provincial[17].

En la capital, la prensa atribuía la epidemia a “las benevolencias del gobierno para el tránsito de ciertos contingentes desde Francia a Portugal, nos han acarreado una epidemia, que será más o menos grave, pero que realiza implacable su obra maestra”[18]. Se refería a la provincia, porque en la ciudad a principios de octubre, aún no se conocían “casos definidos”[19], por lo que las medidas de seguridad no fueron rigurosas. En principio se aplazó la apertura del curso y no faltaron buenos propósitos para la adquisición de aparatos que pudieran esterilizar el agua[20]. Se instaló una caseta sanitaria en el camino de Fuerte del Rey, lugar estratégico porque la vecina localidad ya estaba infectada. Estación que de nada servía porque no fue acompañada de ningún tipo de material. Ni siquiera de médico. Un diario local recogía la extrañeza de un viajero, procedente de Córdoba, estupefacto porque allí lo habían fumigado tanto a él como a su equipaje, y al llegar a Jaén nadie se cuidó de “decirle esta boca es mía”[21]. En realidad, el control sanitario sí estaba instalado en la estación de ferrocarril, pero al parecer tampoco funcionaba. A los pocos días, según podía leerse en la prensa, ya marchaba regularmente desinfectando a todos los viajeros, así como a los coches públicos que hacían el recorrido desde la estación. Tres brigadas fumigaban intensamente cafés, urinarios y calles, al extremo de dejar repletas de polvo blanco (hipoclorito de calcio) algunas zonas, como por ejemplo el acceso a la catedral por la calle Campanas[22] .

Se acercaba la feria y El Pueblo Católico advertía del riesgo de su celebración, ya que los preparativos se hacían con total normalidad. Las aglomeraciones indudablemente suponían un serio peligro, sobre todo la concentración de feriantes en el mercado de ganados, máxime teniendo en cuenta las precarias condiciones de las instalaciones del ferial, por lo que exigía las “necesarias e indispensables medidas de previsión sanitaria…si no queremos correr el riesgo de atraer acá la temible epidemia de que aún estamos libres en Jaén providencialmente”[23]. Con todo, no parecía haber demasiado interés por adoptar medidas preventivas. Parecía como si a Jaén nunca fuese a entrar la masiva infección. Desconocemos su incidencia en la capital. Las noticias de la prensa al respecto, durante todo el año de 1918, siempre nos remiten a casos aislados. Pero sí mantienen cierta unanimidad, a pesar de las contradicciones, a la hora de valorar la operatividad de las medidas de defensa higiénica: “Ante la epidemia, que se recrudece en la provincia y que amarga seriamente a la capital, se imponen menos preparativos y más realidades, más energía, más ir al bulto…y más caridad también”[24].

Volviendo a la localidad de Torres, la mortalidad anual por gripe esta muy por encima de la ocurrida en los otros años del quinquenio. Esta demasía queda también claramente reflejada en la elevada mortandad de 1918 con respecto a los otros años del quinquenio.

Del mismo modo, teniendo en cuenta las defunciones producidas entre 1916 y 1920, la media que arroja es de 118, incrementándose en 1918 hasta 147.

El mes más mortífero

Finalizando 1918 ya se hablaba en pasado de la peste, como ellos siempre la definieron. Las Actas Capitulares se refieren a ella como “epidemia gripal últimamente padecida en la localidad”[25]. Recién estrenado 1919 se cortó su desarrollo. Al parecer las infecciones estaban controladas. El último domingo de enero, presidida por el párroco don Maximino Torres, celebraron una solemne función religiosa en acción de gracias por haber terminado la epidemia[26]. En todo el año se produjeron ocho defunciones por enfermedades con patologías respiratorias: tres bronquitis, tres bronconeumonías, una gripe de forma intestinal, un catarro agudo y una tuberculosis pulmonar. En diciembre solamente se registraron dos casos. En la navidad el mortal virus volvía a deambular por el pueblo. El médico, Felipe Soto, le comunicaba al alcalde lo siguiente: “se han dado en la localidad varios casos de gripe con carácter epidémico que sin duda es reproducción de dicha enfermedad padecida en el año último”[27]. Sin más demora acordaron aumentar la cantidad de dinero consignada para medicinas a enfermos pobres y guardia civil. En enero de 1920 los certificados de defunción acusan un pavoroso ascenso: 23 óbitos de los cuales 17 son producidos por Bronconeumonía gripal[28]. Fue el mes más mortífero. Aunque sus efectos se prolongaron, esa cifra no volvió a repetirse, descendiendo a cuatro en febrero y a una o dos el resto del año. Este rebrote de enero se corresponde con el cuarto brote epidémico que señala Echeverri para muchas partes del mundo. Sus características no fueron como las de 1918. Ahora, los grupos de edades más afectados fueron los bebés que apenas habían cumplido un año[29]. El caso de Torres se ajusta a ese patrón. El virus en 1920 fue el responsable de una elevada mortalidad infantil: un 31%.

Grupos de edad

Con lo expuesto podemos afirmar que la repercusión de la gripe en Torres no se limitó a 1918. Cursó en dos brotes. El primero en el otoño de 1918 y el segundo en enero de 1920. En los dos casos la mortalidad fue muy alta. Ahora bien, no se pueden descartar otros episodios en los que el virus atacara de forma menos violenta puesto que la morbilidad no fue registrada.

Pasamos a valorar la incidencia de la pandemia sobre los grupos de edad de la población. Los datos conocidos de mortalidad por edades para todo el mundo oscilan entre los 20 y 40 años. En España también se ajustan a esa franja de edad, concretamente entre los 25 y los 39[30]. Singularmente, Torres, presenta algunas diferencias. Según percibimos, por décadas, el mayor número de afectados fue el de niños y jóvenes de 1 a 29 años, seguido del grupo de 20 a 39 años. Por sexos, en la distribución que adoptó la mortalidad en otros lugares no hay unanimidad. Porras Gallo, citando a otros autores, indica que la incidencia gripal fue mayor en las mujeres[31]. Otros trabajos señalan la mortalidad masculina superior a la femenina[32]. Los datos correspondientes a Torres corroboran lo señalado por Echeverri para el conjunto del país. Las cifras son de 34 hombres y 22 mujeres fallecidos por la exterminadora infección.

Sufrimiento humano

En esta escalofriante tragedia que vivió la humanidad, el sufrimiento humano fue indescriptible. A veces en pocas horas se presentaba la enfermedad y acaecía la muerte. Varios miembros de una misma familia fallecían en muy corto espacio de tiempo. De las familias de las víctimas conozco un caso bastante trágico. Recuerdo como mis padres me contaban aquel drama que, por supuesto no la habían vivido, lo conocían por transmisión oral. Yo podía ver en sus rostros cierto desconsuelo. Se trataba de la familia de su amigo, Antonio Gutiérrez Fernández. En el fatídico año de la gripe sus abuelos, José Gutiérrez Cobo y Juana Molina Tello, tenían una finca arrendada en Pulpite. Uno de sus hijos, Marcos Gutiérrez Molina, se encontraba en Melilla cumpliendo el servicio militar. Un día le avisaron de que tenía que volver al pueblo por una poderosa razón: en catorce días habían muerto, su padre, sus hermanos, Leonor, Francisco y Juan Manuel y su tío, Manuel Molina Tello. Únicamente quedó su madre. No podía irse. Tenía que recibir a su hijo para comunicarle tanto dolor.

De la misma manera que la gripe no entendía de fronteras tampoco respetaba edades ni condición social. Pobres, ricos, pequeños y mayores, todos enfermaban con velocidad inusitada. El mismísimo rey de España, Alfonso XIII, la padeció. No obstante, la mala alimentación y la falta de higiene siempre han sido factores de riesgo añadidos para las infecciones. De hecho, el mayor número de decesos que se registraron en Torres fue en la zona marginal de las Cuevas, viviendas cuya insalubridad facilitaba la transmisión del virus. Allí vivían Rafael Espinosa y su mujer Margarita Haro que perdieron a sus hijos, José María, un bebé de dieciocho meses y Gracia que acababa de cumplir trece. El virus también entró al hogar de Julián y Mª Dolores. Un lunes enterraban a su pequeño Manuel de dos años y el viernes moría su hermano Julián, un adolescente de quince años. Y por citar un caso más, los hermanos Josefa y Antonio Garzón Lanzas, de nueve y trece años respectivamente, como tantos otros no consiguieron vencer el mal y en menos de una semana dejaban en el más absoluto desamparo a sus padres Antonio y Mariana.

Nada más morir los enterraban para evitar los contagios. Con ello al dolor se unía el miedo porque aseguraban oír sus lamentos desde el cementerio. Su recuerdo permanece hasta nuestros días en la memoria de los mayores[33].

Condiciones socioeconómicas del pueblo

Un mejor conocimiento de las condiciones socioeconómicas de la población nos ayudará a comprender las dimensiones de la catástrofe. Cuando la gripe visitó a Torres encontró un municipio bastante debilitado. Contaba con 4.186 habitantes que vivían fundamentalmente de la agricultura. La miseria, propia de la época, sin duda que favoreció la propagación del virus. El año anterior los fuertes temporales habían provocado la ruina en la población. A saber: un buen número de casas derrumbadas y al menos veinte amenazando ruina; las cañerías de las fuentes que suministraban agua a los vecinos destrozadas; los bancales de las huertas hundidos; los árboles frutales arrastrados por la corriente de aguas; el caz lodado y cortado en casi todo su trayecto, y para colmo los caminos vecinales cortados dejando a la población incomunicada con Mancha Real, Jimena y Albanchez[34]. Al llegar 1918, todavía se encontraban esperando la ayuda solicitada al Fondo de Calamidades del Estado. La situación empeoró en febrero, cuando la escasez de trigo amenazaba con serios conflictos. Por el pueblo no se encontraba pan para el abasto cotidiano. Las autoridades locales, sobrepasadas y sin medios económicos para atajar el problema, convocaron a los mayores contribuyentes invitándoles a hacerse cargo de la situación, para al final tomar las riendas adquiriendo el pan en otras localidades y facilitándolo al vecindario al precio del costo[35]. En la primavera lo que escaseaba era la carne. Los precios eran prohibitivos con lo que apenas se sacrificaban reses[36]. Por otro lado, las condiciones higiénicas del matadero no eran las más adecuadas. Hacía unos años que había sido considerado el mejor que había dentro de los pueblos de su categoría. Contaba con un buen departamento para el ganado de matanza y un amplio local para ella con grifo de agua. Estas instalaciones y el buen estado del pavimento de piedra, la sillería y la cañería de desagüe, decidieron el buen veredicto de la inspección. Sin embargo, el tiempo había pasado y era preciso realizar obras de reparación. Estaban previstas, pero nunca se materializaban[37]. En definitiva, un escenario con escasa capacidad de respuesta que aumentaba las posibilidades de afrontar con fracaso al mortífero virus.

Las autoridades recomendaban al vecindario mantener las viviendas “con la mayor eficacia el mayor rigor en la limpieza y aseo… que se aumente el personal de barrenderos y se atienda a la higiene y desinfección del pueblo en la medida que sea necesaria” [38]. Del obispado se recibían órdenes para desinfectar la iglesia, aconsejando barrerla y ventilarla diariamente. El agua bendita sería cambiada todos los días previo lavado de la pila con una solución de permanganato potásico. Con el mismo esmero se limpiarían las rejillas del confesonario. Asimismo, sugería suprimir algunas fiestas y aumentar la celebración de misas con el fin de evitar aglomeraciones[39].

Se adquirió material desinfectante. Era lo preceptivo cumpliendo con las órdenes del Ministerio de la Gobernación[40]. No especifican nombres. Posiblemente se tratara de Zotal ya que su uso era muy común. Y no solo se aplicaba en los hogares, hasta los cuerpos de enfermos y sanos, para prevenir, eran rociados con este antiséptico. Se recurría a elixires, vapores de eucalipto y tónicos de todo tipo. Incluso se recomendaba fumar para matar los gérmenes. Una Real Orden del Ministerio de la Gobernación ponía en vigor otra de 1886 que prohibía, de forma inusitada, la circulación de trapos sin estar embalados en lonas embreadas[41]. Otras recomendaciones de las autoridades sanitarias era la utilización de aceite gomelonado al 10%, excelente remedio para desinfectar la rino faringe[42].

Habremos aprendido la lección

Los dos médicos del pueblo, uno de ellos fue Felipe Soto Martínez[43], se veían impotentes para atender a los enfermos. El desconocimiento y la escasez de recursos obligaban a dar palos de ciego. Al menos en otros lugares de España se sabe que recetaban aspirina en altas dosis, lo que según se ha estudiado después podía aumentar la mortandad por las afecciones neumológicas que podía desencadenar. Y es que, los remedios no eran eficaces. Recetaban y recetaban, pero de nada servía. Poco podían hacer ante la presencia de un virus, al parecer combinación genética entre porcino y humano. Tendrían que pasar 15 años para que los científicos consiguieran aislar el terrible A/H1N1[44] .

En la prensa se anunciaban muchos productos para aliviar el mal. Algunos aseguraban que curaban la gripe.

Hasta aquí el artículo que, como queda dicho, jamás pensé podría tener actualidad. Pasó aquel negro otoño. Y por supuesto que pasarán los días que ahora mismo tristemente vivimos. Todo terminará y habremos aprendido la lección, las numerosas lecciones que tanto sufrimiento nos está enseñando. Vivimos tiempos muy muy críticos, pero son otros. No en vano han pasado cien años. ¡Ánimo todo va a salir bien, pero quedaros en casa!

 

*(María José Sánchez Lozano es Cronista Oficial de Torres)

 

 

[1] ECHEVERRI DÁVILA, B. La gripe española. La pandemia de 1918-1919. CIS.1993, p. 165. La obra de B. ECHEVERRI es considerada un referente para el estudio de la incidencia de la gripe española a nivel nacional. Posteriormente a nivel provincial o comarcal se han realizado una serie de trabajos referidos a capitales españolas como Madrid, Logroño, Zamora, Córdoba, Málaga…que para evitar reiteraciones están incluidos en la bibliografía. 

[2] ECHEVERRI DÁVILA, B. Op., cit., p. 120.
[3]KAPLAN, M. M. y WEBSTER, R.G. “La epidemiología de la gripe”. Investigación y Ciencia, febrero de 1978, p. 53.
[4] A.W. Crosby, Epidemic and Peace 1918. Connecticut, 1976, p. 216.
[5] El Sol, 26 de mayo de 1918.
[6] La Vanguardia, 12 de septiembre de 1918.
[7] Seguimos la periodización propuesta por Beatriz Echeverri en su obra mencionada.
[8] ABC, 22 de marzo de 1918, p. 17.
[9] ECHEVERRI DÁVILA, B. Op., cit., p. 185.
[10] A.M.T. A.C. Acuerdo de 23 de junio de 1918.
[11] PIGA, A. y LAMA, L. Infecciones de tipo gripal. T. I. Madrid, 1919, pp. 66-99. El Pueblo Católico. 4 de octubre de 1918. 
[12] A.M.T. 326/2. Libro de actas del Consejo Municipal de Primera Enseñanza. Acuerdo de1 de noviembre de 1918.
[13] A.M.T. A.C. Acuerdo de 3 de noviembre de 1918.
[14] ECHEVERRI DÁVILA, B. Op., cit., p. 93.
[15] Ibídem, p. 183
[16] B.O.P.J. 29 de octubre de 1918. 19 y 23 de noviembre de 1918. 4 de enero de 1919. 
[17] B.O.P.J. 26 de octubre de 1918.
[18] El Pueblo Católico. 2 de octubre de 1918.
[19] El Pueblo Católico. 9 de octubre de 1918.
[20] El Pueblo Católico. 26 de septiembre de 1918.
[21] El Pueblo Católico. 17 de octubre de 1918.
[22] El Pueblo Católico. 14 y 21 de octubre de 1918.
[23] El Pueblo Católico. 4 de octubre de 1918.
[24] El Pueblo Católico. 5 de noviembre de 1918.
[25] A.M.T. A.C. Acuerdo de 29 de diciembre de 1918
[26] El Pueblo Católico. 7 de febrero de 1919.
[27] A.M.T..AC. Acuerdo de 14 de diciembre de 1919.
[28] Excepción de un enfisema pulmonar y dos bronquitis capilares.
[29] ECHEVERRI DÁVILA, B. Op., cit., p. 94.
[30] ECHEVERRI P. 168
[31] PORRAS GALLO, Mª I. “Las repercusiones de la pandemia de gripe de 1918-19 en la mortalidad de la ciudad de Madrid”. En Boletín de la Asociación de demografía histórica, XIV, I, 1996, p. 86.
[32] Así lo constatan Porras Gallo para Madrid y Echeverri para el resto de España.
[33] Agradezco la información facilitada por Antoñita Álvarez. Mujer que recuerda cómo su familia, con los ánimos perturbados, no podía olvidar los supuestos llantos de los muertos.
[34] A.M.T. A.C. Acuerdo de 10 de marzo de 1917. La incidencia destructiva de las tormentas en la población de Torres a través de los siglos constituye un infortunio que se ha convertido en una de sus señas de identidad. Véase: SÁNCHEZ LOZANO, Mª. J. Torres: su historia. Desde los orígenes a la consolidación de la libertad. Ayuntamiento de Torres. Jaén, 2008.
[35] A.M.T. A.C. Acuerdo de 10 de febrero de 1918.
[36] A.M.T. A.C. Acuerdo de 12 de mayo de 1918.
[37] A.M.T. A.C. Acuerdo de 16 de noviembre de 1919.
[38] A.M.T. A.C. Acuerdo de 3 de noviembre de 1918.
[39] El Pueblo Católico. 8 y 9 de octubre de 1918.
[40] Anales de la Real Academia de Medicina. Madrid, 1918,19.
[41] B.O.P.J. 14 de noviembre de 1918.
[42] B.O.P.J. 28 de mayo de 1921.
[43] Durante la epidemia de gripe tenía 76 años. Muy mayor para el ejercicio de su profesión. Pero sin duda que con su carácter generoso y desprendido ayudó a muchas familias, no en vano era muy querido en el pueblo. Profesionalmente gozaba de una gran reputación llegando a ser el Decano de los médicos de la provincia.
[44] En 1933 los doctores Smith, Andrewes y Laidlawp lo lograban en un laboratorio londinense. Desde entonces así se denominó al virus gripal.. SMITH, W. ANDREWS, C. H. y LAIDLAW, P.P. “A virus obtained from influenza patients”. En Medical Virologi. Vol. 5 (1995), pp. 187-191.

 

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