Ramón Guixá Tobar

8 Marzo 2019

A través de la ventana, silba con fiereza el vendaval  del suroeste, en el florear del  alba de esta neonata cuaresma.  Suena en el coche, mientras me  traslado a Jaén, la versión, en cuarteto de cuerda, de las Siete Palabras de Cristo en la Cruz, de Joseph Haydn;  un encargo realizado al compositor austríaco por el ilustrado sacerdote de origen indiano, José Sáenz de Santa María, marqués de Valdeíñigo, y no, como se ha venido sosteniendo hasta hace muy poco, por canónigo alguno de la catedral gaditana. La obra fue estrenada en el  precioso Oratorio de la Santa Cueva —hoy llamada Capilla de la Pasión—, joya neoclásica de la antigua Gades que alberga tres lienzos de Goya entre sus muros. Se oyó por vez primera  el siete de abril, Viernes Santo de 1787, para acompañar los oficios religiosos de ese día. 

Las veletas de las torres catedralicias danzan los compases finales de una, postrera y arrebatada,   tarantela de carnaval. La de la torre norte gira  enloquecida, más apaciguada la  sur, aunque  ambas, cuando se detienen, lo hacen señalando el coloso Jabalcuz, dirección de la rosa de los vientos  que marca la entrada de  ábregos en nuestra ciudad   del alma. Me acuerdo de  Paco Espinar, quien fuera mi profesor de dibujo en los Maristas, y al que más tarde tratara de cerca, cordialmente, como cofrade fiel del Señor de la Expiración. En los tiempos de su mandato como hermano mayor, su conocimiento intuitivo  del giro de las  veletas catedralicias, lo convertían en  un oráculo certero para saber si podría salir  la cofradía a la calle, cuando el tiempo era inseguro; hecho bastante frecuente, pues el Jueves Santo jaenero, tradicionalmente, ha sido uno de los días procesionales más castigado por la meteorología.

He cruzado  la solitaria plaza de Santa María como un Superman  con capa escarlata,  regresando de Krypton —a velocidad de AVE sin huelgas—,  mientras viene a la mente el refrán añoso: “En los tiempos cuaresmales, los ponientes vendavales”. Prefiero no pensar en la correlación que hacen algunos predictores populares del tiempo entre la lluvia de este día, y las de semana santa. Espero que en este caso no se cumplan.

Mi café del Manila está amenizado por una  noticia que habla de la presentación de la nueva cerveza “El Alcázar” que pretende imitar las glorias pasadas, lo que será difícil y costará ímprobos esfuerzos,  pero debemos  aplaudir esta iniciativa de recuperación de un símbolo tan jaenero. Volvemos a tener en nuestras manos  la simpar botella color verde, similar a  la  prístina  de 1928,  cuando salió al mercado, estampado en el vidrio el relieve de nuestro alcázar jaenero. Desde luego, la de otros tiempos, era cuidada con mimo,  y tenía una calidad indiscutible, un sabor inimitable, de cálido hogar jaenero, de terraza de la calle Maestra   tras la misa de una,  de comida familiar en torno a la gran  jarra colmada por el bodeguero  en el local cercano, de taberna del Arrabalejo, acodado el cliente en la barra oyendo y emitiendo dichos picantes, de reuniones conspicuas y diarias  en castizos locales cuyos componentes hablaban de todo lo humano y divino —algo más, quizá, de lo humano—...  

En los años cincuenta un afamado químico  cervecero alemán de apellido Wiegand, creo recordar,  que vivía con su familia en la Casa del Miedo,  de la plazuela de san Bartolomé, fue el responsable de refinar aún más las sutiles cualidades organolépticas   y el notable amargor   que yo descubrí en nuestra cerveza, en mi primera juventud.  Andaba mi hermano Antonio, por aquellos tiempos algo enamoriscado  de una hija de tal maestro cervecero; una absoluta belleza de cabellos solares, rostro rosicler y rasgos teutones, avalkiriados, inolvidables. Una mañana que salíamos juntos de misa, me señaló  su presencia. Desde entonces ha quedado impresa, en el hipocampo y en la corteza prefrontal,  la estampa de la familia al completo, saliendo de  aquel mistérico  portalón para iniciar su paseo dominical.  Yo, que atravesaba en frágil barquilla lopesca  la tormentosa marea de la pubertad, al contemplar la escena me convertía en un joven Sigfrido barbilampiño, en busca del tenebroso dragón Fafner, con la sangre hirviendo en las venas, y una ola de extrañas emociones arrasando los  movedizos arenales de las  entrañas.

Era una cerveza de una gran calidad, de  inolvidable y singular sapidez,   cuyo recuerdo me identifica  con el Jaén de mi infancia y primera juventud.  Calidad realzada  si además se “tiraba”  artesanalmente,  con la maestría  con que lo hacía algún  local  castizo de los aledaños de la catedral — que no pertenecía al SAS, aunque por su nombre podía haberlo hecho perfectamente,    además  de mantener  larga lista de espera en barra y mesas—, a través de un largo serpentín que ascendía desde el sótano —lo que la dotaba del  punto exacto de gelidez—,  unido al hecho    de tirar a diario  una ingente cantidad de cañas. Era servida más tarde en vaso pequeño con dos cm de espuma, suficiente para impedir la oxidación y evitar que se perdiera  la  justa carbonización con la  que venía de fábrica.  Todos estos factores   la hacían tener un regusto jaenero inimitable y su degustación resultaba toda una experiencia mística — sin ojos vueltos, eso sí—, para los componentes de aquellas  castizas  tertulias cotidianas de los cincuenta y sesenta.  

Para nosotros saborearla en corro de amigos  era  la meta  de nuestros escarceos callejeros. Toda una grata experiencia   paladearla en compañía de buenos camaradas,  con pretensiones de comernos el mundo.  La bebíamos en cualquier taberna de las alturas, o de los países bajos. Y lo hacíamos   en caña,  en botella grande , o en  “biscúter”, nombre popular  otorgado por los jaeneros al correlacionar el tamaño del botellín, con el del    minúsculo y lábil coche de color aluminio y forma de alpargata de Antón,  que  por los tiempos estaba tan de moda;  pequeña joya motorizada al alcance de muchos,  que destacaba entre las  drásticas limitaciones de una  economía autárquica. “Biscuti”,  pronunciaban en los barrios altos y en algunas planicies norteñas ciudadanas. Este último apelativo usado en plan algo guasón —lo reconozco—,   estuvo a punto de causarme algún que otro  contratiempo en Granada,  en mi primer año   de estudiante, cuando de esta forma lo pedí en un modesto aguaducho con vistas al Alhambra Palace, porque,  al  cejijunto camarero del Realejo, más granadino que Boabdil,  aunque con mucho más carácter, prominencia de la quijada inferior y desarrollo deltoideo, no le hizo demasiada gracia mi demanda, pues pensaba me estaba riendo de él en sus  propias barbas. No pasó la cosa a mayores…

Como ya es cuaresma  me abstengo de tomar  una copita de anís Castillo de Jaén, lo que hago en momentos puntuales para acompañar mis escritos o breves   contemplaciones ensimismadas   de una    calle Maestra por la que deambular  hoy supone cruzar el umbral del infierno dantesco, debido al airazo que desarticula chubasqueros, y azota sin compasión los rostros de los transeúntes.

En un alto de mi  toma de notas para construir este artículo me acuerdo de la desgraciada noticia,  publicada hace  unos días en la prensa local,  en la que se comentaban los resultados de un  estudio de la Fundación BBWA,  sobre las áreas urbanas funcionales españolas. Los datos de tan crudo informe  hablaban de  nuestro Jaén como una  de las ciudades de España con peor calidad de vida. Se deduce del estudio   que tenemos pocas zonas verdes,    estamos lejos de remontar aún la crisis económica, que el paro es lacra lacerante para muchos de sus habitantes, o   que  no existe espíritu emprendedor alguno en sus habitantes y, por ello, los jóvenes jaeneros  mejor formados deben buscar otros horizontes porque aquí pocos premian sus talentos.

Duele a cualquier habitante de la tierra  estas aseveraciones , que parecen ser establecidas en base a estudios objetivos y detallados. Algún amigo de uno de mis grupos, al comentar esta noticia afirmó: “Pues sin embargo yo no tengo esa sensación, no creo que se viva tan mal por aquí…” Me callé en ese momento, pero pensé de inmediato que nosotros, a veces no tenemos esa impresión, porque somos jubilados, con una más que aceptable pensión y alguna que otra entrada adicional, tenemos la vida resuelta, vivimos una existencia plácida y muelle,  gracias a Dios…pero existen otros mundos y están en este. Paro y pobreza en medio de nosotros. Barrios enteros donde cuesta trabajo  a muchos de sus habitantes   llegar a fin  de mes, de una manera digna, humana, justa. Comedores  parroquiales con colas serpenteantes en la calle. Marginalidad y exclusión social de muchos jóvenes de la tierra. Familias jaeneras,   afectadas aún  por  la reciente  crisis económica, que no tienen otros horizontes que luchar cada día por la existencia, con el gesto desencajado, y un poso de angustia en la boca del estómago. Y jóvenes de corazón jaenero,  muchos de ellos bien formados y con grandes cualidades,  que deben  volar  a muchos km de distancia si quieren tener alguna perspectiva, y trabajar según su formación específica, cuando hubieran deseado en el alma, quedarse entre los suyos, desarrollando su labor profesional; seguir  viviendo en la ciudad que les dio el ser, para lo que se han preparado con esmero.  De ordinario  no tenemos esto en cuenta; miramos la realidad circundante  con nuestros ojos confortables, nuestros estómagos pletóricos, nuestro habitual buen concepto de nosotros mismos. Se nos escapan otras imágenes, también reales,  que deberíamos tener en cuenta.

Y así, la pérdida de población es inapelable, por falta de innovación por inexistencia  de horizontes claros para los más jóvenes. Debemos reaccionar de una vez, porque ¡queremos tanto a Jaén!… que nos causa una honda tristeza  comprobar    cÓmo sigue paralizada    a través de los tiempos.  Es lastimoso que nuestros hijos  deban abandonar    el calor   de sus murallas para lamentar,   en los límites   del mundo,  su destierro forzoso  de la ciudad que aman. Tener que recordar en tan forzada diáspora   los versos del romance fronterizo  del moro granadino Reduán que grita   al  haber sido rechazado de la misma, y no haber podido ganar su terruño: “¡Ay Jaén como me cuesta no haberte tenido en nada…!” O derramar lágrimas  de acíbar  apreciando,  camino del éxodo granadino,   como quedaba atrás  la silueta  caliza,  aserrada, inolvidable,  de la ciudad amada, y sus montes protectores,  como lo hizo un jaenero que   debió cruzar sus murallas almohades,   tras  ser ganada   por el rey santo Fernando en 1246. Así   recogió tan amargas palabras  el sabio alfaquí, escritor y geógrafo,  Al Himyari:

“¡Adiós Jaén, ciudad mía! ¡Adiós Jaén!

                                                ¡Por ti derramo mis lágrimas

                                                como se dispersan las perlas!

                                                ¡No es cierto que yo quisiera separarme de ti !

                                                Y sin embargo así lo ha decidido

                                                nuestra época cruel!”

 

 

Tiempos acerbos e inapelables que no debemos permitir sigan existiendo. Ya no valen solo las palabras. Hay que abordar de una vez tanta inacción, tanto conformismo y abulia. Jaén no merece esto.

Miércoles de Ceniza en la ciudad. La catedral es un hervidero de creyentes que asisten a misa de nueve  para que sean signadas sus frentes con la ceniza procedente de la quema de palmas y  ramos del año anterior. Oímos  la sentencia: “Convertíos y creed en el evangelio”, mientras el oficiante   traza una cruz cinérea sobre nuestra frente. Me gustaba más la antigua fórmula grabada en la  mente desde la infancia: “Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris”. “Recuerda hombre  que polvo eres y en polvo te convertirás”. Era más dramática, más exacta,  más punzante; tenía más sentido penitencial que la actual. Nos señalaba con crudeza  nuestra propia  finitud, en la que habitualmente ni pensamos,  pues nos creemos  poderosos y eternos, cuando tan solo somos un futuro cofre de cenizas en cualquier tanatorio —quiera Dios que  nuestros deudos les den cristiana sepultura y no las desparramen bajo los almendros en flor para satisfacer a la Pachamama—. Por eso en este día debemos recordar el apotegma de san Juan Bosco que nos enseña a mirar de frente la realidad:  ¿Homo?,  humus,  ¿fama?,  fumus, ¿finis?, cinis. ¿Hombre?, barro, ¿fama?, humo, ¿fin?, cenizas. No resulta adecuado  expresarlo, en tiempos blandos,  pero lo creo conveniente; hace bien al espíritu en cualquier edad madura.

Por eso es bueno que nos recuerden nuestras limitaciones en una mañana ventosa de marzo, inclinada la cerviz  bajo el abismo del cimborrio,  mientras crujen las vidrieras  descarnadas por una implacable ventolera que ha remontado  las alturas circundantes para abatirse sobre la vida jaenera, y calmarse más tarde ante tanta  belleza, para dar paso,  más tarde,   a una lluvia mansa y feraz derramada,   como caricia celeste, sobre  las plazoletas de los resecos olivares.

Comienza la cuaresma, un año más. Una época litúrgica en la que en estos tiempos muy poca gente repara. Todavía quedan católicos, en las catacumbas de la postmodernidad,  que viven esta cuarentena replegados sobre sí mismos. Muchos cofrades también lo hacen, entre el fragor de preparativos de las casas de Hermandad, y de los múltiples actos y cultos que organizan  en estos días penitentes. Hay que tenerlo todo preparado para celebrar en nuestras calles una antigua manifestación de fe que siempre ha conmovido el corazón jaenero.

También existe en este mundillo un revuelo de fijadores de pelo, frases hechas, ridículas y pedantes, chaquetas entalladas, ajustados y rabicortos pantalones,  zapatos de punta, esquinas bullangueras, lengua bífida, léxicos hispalenses, y gestos prefabricados, que a veces causan  cierto  hastío, pero que no restan un ápice a la grandeza del mundo cofrade que tan larga y fecunda historia ha desarrollado en nuestra ciudad ventosa y amada. Me consta que hay núcleos de cristianos comprometidos dentro de las cofradías que viven estos tiempos cuadragesimales  intensamente, sobriamente, apasionadamente,  mientras por    veredas y ribazos van brotando los lirios que tapizarán el calvario  de nuestros crucificados. Esa flor simbólica en heráldica sagrada  que habla de la realeza de Cristo quien se despojó de su rango encarnándose  por amor, hasta entregar  la última gota de su sangre para eternizarnos.

Muy pronto se hará visible tras el orto  solar, la  tímida y cenceña  rodajita de plata, de esa luna que precede en nuestros cielos a la de Nisán.   Seguirá  Jaén su curso vital. Volará el incienso en los templos,  los costaleros ensayarán sus pasos por callejas veladas de sombras nocturnas, velarán sus armas los cofrades, para conseguir que, un año más todo esté preparado para celebrar estos misterios con solemnidad y fervor, como se ha venido haciendo a través de los siglos en esta ciudad, que no tendrá una excesiva calidad de vida, pero está repleta de amor, y de gentes de corazones acogedores y generosos, amantes de sus tradiciones. Falta tan solo que resuenen en las entrañas  las palabras evangélicas: “Jaén,  levántate y anda”, y de esta forma salgamos,  como Lázaro,  del sepulcro en el que yacemos  inanes  para construir, juntos, una ciudad mejor, más justa y habitable, en la que    existan oportunidades para todos. Donde jamás se pueda repetir la escena de un chico o chica joven con la cara aplastada contra el cristal del vagón del  tren donde viaja, con el corazón encogido,  hacia confines muy lejanos   de la ciudad que ama, mientras se   clavan en la mente,   como agudos puñales de pasión,  los últimos relieves calizos de la tierra amada que se pierden en el horizonte, mientras   queda desierto de vida su joven corazón, y una lágrima resbala,  como sosegada gota de lluvia, por el cristal del vagón cuyo traqueteo sonoro  se va perdiendo en la distancia, mientras unos labios temblorosos musitan suavemente el nombre sagrado  de la ciudad de los vientos y los sueños.

                       Ramón Guixá Tobar.

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