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Disfruto de una riqueza franciscana: mi tesoro es la hermana tierra, la hermana luna, el hermano lobo. Lo que no quiere decir que el Tibet patrocine mis gustos: si pudiera comería chuletón de Ávila en días alternos y lubina en los pares. Si pudiera. La realidad es que las lentejas son mis compañeras de mesa. No es que no llegue a final de mes, es que no llego a final de semana. Aun así, me llaman facha los que saben del trigo por el pan en vez de por la siega. Los que ensalzan a Miguel Hernández, pero viven como Pemán.

Apadrino a un niño en África, colaboro con los refugiados, ayudo a críos de familias rotas y reparto limosna. ¿Por cuál de mis buenas obras me llamáis facha? Fachas sois vosotros, izquierdistas de salón que acumuláis trienios en cargos públicos con nóminas que sobrepasan en un par de ceros vuestros méritos. Fachas sois vosotros, que moldeáis una sociedad de vasallos sin traspasar la línea que los convierta en esclavos. Bien sabéis que el esclavo persigue la libertad mientras el vasallo agradece al cacique las tres comidas diarias.

Os llamo fachas porque ninguno de vosotros merece que se os llame rojos, un adjetivo que le cuadraba a mi padre, socialista yuntero, que salió de la política con menos caudal del que entró. Y eso que fue concejal de obras. No es vuestro caso. Así que de facha a fachas os propongo un trato: cambio sin mirar vuestro piso, vuestro coche y vuestra tarjeta de crédito por mi minúsculo apartamento, mi viejo turismo y mi devaluada visa. Mis trajes no, porque, aunque vivo con lo puesto, en mí, elegante como soy, lo puesto es de Armani.

 

 

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